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Woody Allen, lo divino es lo humano

Mientras en su país apenas puede asomar la cabeza sin convertirse en blanco móvil, Woody Allen tiene un refugio en España. Ya saben, tras las acusaciones de abusos sexuales resucitadas por su propia hija Dylan Farrow en el contexto del Meetoo llegaron los problemas. Primero la cancelación de su siguiente película por la productora Amazon y hasta el rechazo para la publicación de sus memorias por varias editoriales de Nueva York que consideraban ese material potencialmente «tóxico». Pero Allen ha encontrado refugio en España, tanto para su producción cinematográfica, que se pondrá de nuevo en marcha en San Sebastián con productora catalana, Mediapro, y también para su actividad musical, que es lo que nos llevaba anoche al estreno de Las Noches del Botánico en Madrid junto a otros 2.000 testigos.

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Después de su triunfal paso por Bilbao y Barcelona, recalaba en Madrid con su banda de amigos, la New Orleans Jazz Band, para dar rienda suelta a su pasión como clarinetista que suele desempeñar con humildad y disciplina en el Upper West Side. Anoche el jardín Botánico de la Complutense fue el Carlyle Cafe de su Nueva York natal y él y su banda de hombres blancos rindieron homenaje a la música de Nueva Orleans. Allen se levantó, menudo y tímido para recordar un hecho: «Madrid fue la primera ciudad en la que esta banda tocó en una gira europea. Esto lo hacemos por entretenernos, así que no deja de sorprendernos que vengan a vernos. Tocamos música de Nueva Orleans y vamos a hacer lo mejor que podamos para entretenernos», dijo asumiendo la portavocía. Sin pretensiones era la consigna. Jazz y blues tradicionales, profundos aunque tocados como si tal cosa, con la síncope de una verbena y el volumen de un club. Tanto, que las palmas del público a veces eran demasiado para el sexteto y el público tenía que aplaudir flojito, controlar el entusiasmo, para no abrumar. Porque anoche, de boicot, nada. Baño y masaje, sonrisas y parabienes fueron para los músicos, en particular para el director, agasajado con aplausos en cada solo, aunque parecía sestear a ratos con la barbilla en el pecho y un cruce de piernas olímpico (que duró unos 70 minutos). El concierto destiló aromas a Bourbon Street, con clásicos como «Down By The Riverside», de Louis Armstrong, o con la propia «Wild Man Blues». Y también «Say Si Si» enlazada con «Para Vigo me voy», justo antes de «Georgia Brown» y, tras el descanso, la preciosa «St. Louis Blues» de Bessie Smith. Si alguno iba solo por mitomanía con el neoyorquino, se llevó de regalo un dulce catálogo de clásicos tocados con alegría y ningún afán de perfección. Una demostración de lo humano que es lo bello y lo bello que es lo humano, quizá para recordarnos que por muy famosos que sean nuestros ídolos llenan sus pulmones de aire para crear y siguen el ritmo con los pies. Y Woody Allen, antes que otra cosa, es tan humano que resulta divino.