Nachtwey: «Ojalá no hubiera hecho ninguna de esas fotos»

El fotógrafo, en un momento de la charla junto a una de sus fotografías más emblemáticas
El fotógrafo, en un momento de la charla junto a una de sus fotografías más emblemáticas

El mejor fotoperiodista de guerra del mundo, un maestro que lo ha visto y retratado casi todo, reflexionó en Madrid sobre su trabajo antes de visitar el Museo del Prado.

Todos los fotógrafos viven dos guerras: la que fotografían y la que llevan en su conciencia. Son los demonios de un oficio que quedan fijados a la retina igual que las imágenes se adhieren al papel durante el revelado. «Ojalá no hubiera hecho ninguna de esas fotos», asegura James Nachtwey, que lleva media vida pagando el peaje por contar lo que sucede en el mundo. Y añade con pesadumbre una frase de Robert Capa, aquel pionero del fotoperiodismo que también conoció muy pronto las devastaciones personales que dejan los conflictos bélicos: «El mayor deseo de cualquier fotógrafo de guerra es quedarse sin trabajo.»

Nachtwey, ciudadano de Nueva York, licenciado en Historia Arte, es considerado como uno de los mejores reporteros gráficos de la historia, y no sólo de las últimas décadas. Uno de esos clásicos cuyos méritos todavía se pueden conjugar en presente y no en pasado. Ha conocido lo mejor y lo peor que da la naturaleza humana. Ha estado en los conflictos que asolan países enteros, en las hambrunas que han despoblado áreas completas de África y en docenas de desastres que ha cubierto, jugándose la vida, como sucedió durante el 11-S, cuando la explosión de una granada le hirió gravemente mientras iba empotrado en un vehículo con tropas norteamericanas. Gajes del oficio.

Fe en el hombre

Pero su mayor éxito no son los premios que ha recibido (decenas, entre ellos, dos World Press Photo) ni las portadas publicadas (todas memorables, algunas forman parte de la historia del fotoperiodismo), sino porque después de todo lo que ha presenciado, cuando aún lo tienes enfrente ves que no ha perdido un ápice de humanidad ni de fe en el hombre. No ha dejado atrás la esperanza como le sucede a los héroes del «horror» de Joseph Conrad. «Todo lo que tenemos es eso: a unos y a otros. No podemos renunciar a ellos. A nosotros. Este es nuestro mundo. Si hubiera renunciado a las personas que fotografío y perdido la esperanza, ¿por qué iba a retratarlas?». Vital, optimista, llegó a sujetar una cámara empujado por la necesidad de contar qué pasaba en la actualidad y cambiar las injusticias. Y, después de tantos años, todavía sigue creyendo que el trabajo puede ayudar a las personas y que, al contrario de lo que anuncian los pesimistas, aún se puede enderezar el rumbo de la historia y tomar la dirección correcta. Y no es una utopía. Ya lo consiguió en Darfur, cuando las imágenes que captó y publicó la revista «Time» provocaron una ola de indignación en el planeta y desencadenaron quejas y movilizaciones que acabaron salvando a más de 1.5 millones de personas. «Creo que la sociedad no puede funcionar correctamente sin conocer las historias que contamos», dice.

Nachtwey, que, tras recibir en la Universidad de Navarra el XIII Premio Luka Brajnovic de Comunicación, hizo ayer una breve parada en Madrid para mantener un encuentro con periodistas, fotógrafos y entusiastas de su labor. En una conferencia, conducida por el fotoperiodista español Gervasio Sánchez, que llenó la sala, y con las luces oportunamente apagadas, repasó su trayectoria foto a foto, desde sus inicios en las contiendas y enfrentamientos que sacudían Centroamérica pasando por el Líbano, Somalia, Bosnia, Ruanda, Zaire, Chechenia y Kosovo. Del color de las selvas de Nicaragua al blanco y negro de las arenas de Darfur.

Nunca más

Y lo ha hecho de una manera inusual, rehuyendo los tópicos, dejando de lado los detalles técnicos de exposición, encuadres o los socorridos trucos para aprendices. Solo estaba él, la imagen que un proyector dejaba en una pantalla, y su voz grave, lenta, entreteniéndose en el relato hipnótico de esas narraciones de barbarie que ha presenciado a lo largo de su trayectoria. «Que estos hechos no sean olvidados ni repetidos jamás», repite casi masticando cada letra. Para Gervasio Sánchez, Nachtwey es un faro que ilumina a sus compañeros, a los colegas con los que coincide en la primera línea de las noticias pero, también, que inspira a los que empiezan y a muchos de los que ayer acudieron a verle y escucharle. Él representa, hoy en día, cuando se dañan de mil maneras los muros de la integridad y la moral, los valores más sagrados del periodismo, no solo el fotoperiodismo. Nachtwey encarna la denuncia como misión y el respeto al indefenso y al oprimido como arma para agitar las dormidas miradas de hoy. Mientras pasa sus imágenes, una a una, las caras de aquellos que acudieron ayer al auditorio reflejan mil preguntas, que, muchas veces, son más bien pensamientos admirativos: «¿Cómo lo ha conseguido?». Acercarse a una persona que presenta amputaciones por la explosión de una mina o a un hombre reducido a las láminas de su esqueleto por la falta de alimento, no es una lección que se enseñe en un taller de fotografía: «Con respeto, siempre tienes que tener respeto. E ir despacio, que ellos sepan que estás allí, porque la única manera de hacerlo es si la gente a la que estas fotografiando quiere que estés con ellos». En cuanto a la mente que un periodista debe tener para ver lo que él ha visto y saber digeririlo, sentencia con sencillez: «Nadie puede estar preparado para algo así».

–¿Qué le ha resultado más difícil cubrir: las hambrunas o las contiendas armadas?

–Es imposible de decidir, porque no se refiere a mí; este trabajo es sobre la gente que estoy fotografiando. La forma en que cada uno de ellos lo sufre.

–¿Y lo más importante de fotografiar en una guerra?

–Descubrir la verdad. Intentar ser sincero y honesto. Transmitir la lucha y el dolor de las personas.

Nachtwey acudió ayer a Madrid, pero con una intención: visitar el Museo de El Prado. Hace años, cuando terminó la carrera, decidió dedicar su vida a retratar los horrores de la humanidad delante de unos grabados «brutalmente honestos»: «Los desastres de la guerra». «Goya me puso en el camino», reconoce sin duda. En el pintor encontró una vocación y, también, una premisa que nunca ha olvidado: pese al mensaje de dolor y realidad que intenta transmitir un lienzo o una fotografía no se debe prescindir de la belleza, porque en el fondo, la belleza no es más que otro vehículo que emplea la verdad para llegar a las personas. Sus fotos comparten similitudes con la pintura que él mismo ha admirado desde su juventud (por algo es historiador de arte). Y un ejemplo es el cuerpo de aquel un hombre quemado en una carretera y que a Nachtwey siempre le ha recordado a una pintura rupestre, quizá porque el arte, como la crueldad, lamentablemente han caminado juntos desde los albores de la humanidad.