Nunca tantos debieron tanto a tan pocos

Con estas palabras reconocía Churchill el sacrificio de los pilotos de la RAF y su defensa en 1940 de la amenaza nazi

Duelo aéreo de la RAF y la Luftwaffe en los cielos de Inglaterra. © Pablo Outeiral/Desperta Ferro Ediciones
Duelo aéreo de la RAF y la Luftwaffe en los cielos de Inglaterra. © Pablo Outeiral/Desperta Ferro Ediciones

Hacía casi mil años, desde 1066, que ningún invasor del continente había puesto el pie en Inglaterra con éxito. Entonces, el enemigo había sido Guillermo el Conquistador, duque de Normandía, quien se hizo con la corona. En cierto modo, lo mismo pretendían ahora los alemanes, agazapados al otro lado del Canal de la Mancha, vigilados atentamente desde los acantilados de Dover. Sin embargo, para llegar hasta aquellos farallones blancos las fuerzas de Hitler tenían que enfrentarse a un adversario singular, contra el que de nada iban a servir las divisiones Panzer, tenían que derrotar a la Royal Air Force.

La batalla de Inglaterra comenzó en el Canal de la Mancha. Para hacerse con el control del cielo sobre la isla, los jefes de la Luftwaffe comprendieron que primero debían de ser dueños de las alturas sobre el foso de mar que la separaba del continente. La Kanalkampff, que así se llamó esta primera fase de la batalla, fue una sucesión de ataques a los convoyes y los puertos, como Dover, bombardeado por los Ju-87 Stuka el 19, el 27 y el 29 de julio, y el 9 y el 11 de agosto, hasta que los británicos renunciaron a utilizar sus instalaciones, y también a seguir navegando por el canal. La decisión no era baladí pues el Fighter Command, el mando de las fuerzas de caza de la RAF, comprendió con rapidez que luchar sobre el mar era arriesgarse a perder unos pilotos que eran preciosos, como casi le sucedió al comandante Peter Townsend, del 85.º Escuadrón, milagrosamente rescatado por un pesquero; o al sargento Eric Bann, del 238.º, que se precipitó al mar frente a Portsmouth y tuvo que nadar por su vida. Una vez dueños del canal de la Mancha, los alemanes se internaron en los cielos sobre la isla y las alturas se poblaron de cerrados combates a corta distancia, de confusas melés, cuyo peligro atestiguó Ian Gleed, del 87.º Escuadrón, en sus memorias de la batalla. «Vi a uno de mis chicos caer, pudo ser Dennis, o Horsham, ambos están desaparecidos en combate en este momento. Nunca había visto tantos aviones en el cielo. Me fijé en que un ''Hurry'' se estrellaba cerca de Weymouth, el piloto debió de salvarse. ''Mitch'' alcanzó a dos, un 87 y un tronco (se refiere a un Junkers Ju-87 Stuka y a un Dornier 17, respectivamente); y ''Bea'' logró derribar un Messerschmitt Bf-110, confirmado, y otro probable. Dios sabe dónde estará ''Shuvvel'' , nos llevó directamente hacia un montón de aviones, eso fue lo último que supe de él». Gleed lograría trece victorias, antes de ser abatido, en Túnez, en 1943. Durante el mes de agosto la Luftwaffe atacó fundamentalmente los aeródromos de la RAF, y aunque en ocasiones malgastó sus esfuerzos contra aeródromos que no eran del Fighter Command, poco a poco fue mermando la capacidad defensiva de la caza británica, que cada vez tenía menos aviones, y menos pilotos. El 18 de agosto fue The Hardest Day, el día más arduo, en el que los Hurricane y los Spitfire tuvieron que lidiar con formaciones de cientos de bombarderos escoltados por una ingente cantidad de cazas Messerschmitts Bf-109 y Bf-110.

No volar recto

En el aeródromo de Kenley, Reg Sheldrake, que estaba al mando del equipo de extinción de incendios, recordaría: «Tras el ataque, la base era un infierno. Todo estaba en ruinas, pero queríamos salvar a los heridos y apagar los fuegos [...]. Los del hangar eran especialmente difíciles de sofocar. La estructura de los techos era de madera, recubierta con asfalto. En ellos se almacenaba pintura, y en algunos de los depósitos de los aviones todavía había combustible. Cuando todo eso prendía, ya no había nada que hacer».

Para vencer, los británicos establecieron una serie de reglas de enfrentamiento: no volar recto, estar siempre atento, atacar desde las alturas y, como rezaba una de las reglas de enfrentamiento más importantes: «Iniciativa, agresividad, y disciplina en el aire, y trabajo en equipo, son palabras con gran significado en un combate aéreo»; aunque la regla de oro era «¡acercarse rápido!, ¡golpear fuerte!, ¡salir de allí!». Ingleses, polacos, checos, canadienses, franceses, estadounidenses, australianos, neozelandeses, surafricanos, jamaicanos, irlandeses. Gente venida de los países sojuzgados y voluntarios de territorios todavía libres se unieron para derrotar a la Luftwaffe en la que, sin duda, fue «su mejor hora».

RADAR, EL ARMA DE LA VICTORIA

El mito popular decía que desde lo alto de aquellas torres se disparaba el «Rayo de la Muerte», un arma ultrasecreta que podía detener el motor de un avión en pleno vuelo y hacer que aparato y piloto se precipitaran desde las alturas. Desde luego, la denominación AMES, acrónimo de Air Ministry Experimental Station («Instalación Experimental del Ministerio del Aire»), hizo mucho por datar a las torres de radar de un aura de misterio, sobre todo en una época en que aquel extraño aparato capaz de ver a los aviones alemanes era toda una novedad científica. Una doble cadena de estos aparatos rodeó toda Gran Bretaña antes de la guerra. Las estaciones Chain Home (CH) disponían de varias torres de acero de unos 105 m de altura para el emisor, mientras que las estaciones Chain Home Low (CHL) tenían una única torre más baja, de 20 o 56 m de altura, según el modelo. Las primeras solo servían para detectar a los intrusos que se acercaban en altura, mientras que las segundas podían detectar aviones que volaban muy bajo. Ambos tipos de instalaciones fueron los ojos del Fighter Command hacia el exterior de la isla, y su labor, junto con los observadores que actuaron sobre el territorio propio, fue vital para que los jefes de la caza supieran dónde, cuándo y, sobre todo, a qué altura, colocar sus escuadrillas.

Para saber más

«La batalla de Inglaterra»

Desperta Ferro Contemporánea n.º 35

68 pp.

7€