Ópera 4.0 en el museo

CaixaForum inaugura en Madrid una muestra que a través de una «experiencia de inmersión» recorre la historia del género de la mano de compositores como Verdi, Mozart, Wagner, Albéniz y Strauss

CaixaForum inaugura en Madrid una muestra que a través de una «experiencia de inmersión» recorre la historia del género de la mano de compositores como Verdi, Mozart, Wagner, Albéniz y Strauss.

La ópera tiene la mala reputación de ser un pasatiempo aristocrático al que el ciudadano medio ni puede ni, francamente, quiere acceder. Los grandes teatros de Europa y el mundo hace años que intentan, algunos con más éxito que otros, cambiar esa percepción. Quizá sea un museo, el Victoria and Albert de Londres, el que finalmente haya descorrido el telón de este arte para «democratizarlo», como comentaba ayer la comisaria de la muestra «Ópera. Pasión, poder y política», que se inaugura hoy en el CaixaForum de Madrid. Lo han logrado a través de lo que Kate Bailey, conservadora senior de la institución británica, llama «una experiencia de inmersión» en la historia de un género que ha estado vinculado íntimamente con los cambios sociales y políticos de las ciudades que lo han acogido, desde la decadente Venecia de mediados del siglo XVII hasta la Barcelona modernista de finales del XIX y el San Petersburgo de Lenin y la censura soviética.

La protagonista de la exposición es, por supuesto, la música. A cada visitante se le entregan unos auriculares que, gracias a la magia de la tecnología, le permiten hacer el recorrido acompañado por un «soundtrack» que se ajusta a lo que va mirando en cada una de las ocho salas que componen la muestra, empezando por Venecia, donde escuchará «L’incoronazione di Poppea», mientras observa la partitura manuscrita de la ópera de Monteverdi. En 1642, cuando se estrenó, la ciudad todavía se recuperaba de la peste que una década antes había acabado con un tercio de la población. Sin embargo, y a pesar del tumulto político, en lo cultural Venecia vivía un auge, especialmente la ópera, por entonces un nuevo género artístico abierto al público.

El piano de Mozart

El furor llegó también a Londres, donde para comienzos del XVIII habían prosperado decenas de nuevos teatros gracias a la estabilidad y el intercambio comercial por los que se caracterizó el reinado de Ana Estuardo. Händel terminó de consagrar el género en 1711 con «Rinaldo», una de las primeras óperas en italiano que se estrenó en la que entonces era la ciudad más grande de Europa. Allí surgieron también «las primeras estrellas pop», en palabras de la comisaria, los «castrati», cantantes que se sometían antes de la pubertad a una cirugía para preservar el timbre agudo de la voz y que eran seguidos por el público con devoción. Los vestuarios que utilizaban, préstamo de la colección del Victoria and Albert y que rara vez se muestran al público, son la joya de esta sala.

De Londres, la música de Mozart guía al espectador hasta el espacio dedicado a Viena. Le guste la ópera o no, encontrarse frente al piano del compositor austriaco mientras escucha «Le nozze di Figaro» despierta una sensación única. Al fondo se proyecta un extracto de su ópera perfectamente coordinado con la música de los auriculares. Una selección de vestidos de la época recuerda que Mozart decidió utilizar para su «Figaro» indumentaria contemporánea, de manera que el público identificara las distintas clases sociales de los personajes, aspecto imprescindible en esta ópera cómica en la que los criados son representados como iguales a los aristócratas.

Más adelante –después de que el espectador atraviese el Milán de Verdi y el París de Wagner, con su correspondiente banda sonora: «Nabucco» y «Tannhäuser», respectivamente– llegará a Dresde en 1905, cuando «Salomé», que había sido rechazada en Berlín y censurada en Viena, causó estupor entre el público. Muchos la denunciaron por explosiva e indecente, pero la ópera de Richard Strauss ponía sobre las tablas el cambio de percepción de la mujer que se vivía entonces, cuando comenzaban a luchar por sus derechos. También se enfrentó a la censura Dmitri Shostakóvich en Leningrado con su «Lady MacBeth del distrito de Mtsensk», aunque esta vez no por el público, sino por el propio Lenin, que no aceptaba a la burguesa asesina protagonista de esta ópera como referente de la buena mujer soviética. Asustado después de la Gran Purga, Shostakóvich no volvió a componer.

La exposición llega a Madrid –después de su inauguración en Londres y de su éxito en Omán– antes de ser trasladada a Barcelona. Especialmente para su paso por España, y coincidiendo con el aniversario de la reconstrucción del Teatro del Liceo después del incendio, se ha añadido una sección dedicada a Barcelona y a «Pepita Jiménez», de Albéniz, que se estrenó allí en 1896, cuando en la ciudad todavía se sentía el auge que supuso la Exposición Universal de 1888. Sin nada que envidiarle a las demás salas, esta cuenta con la partitura original de «Pepita Jiménez», cedida por el Museo de la Música de Barcelona, y con tres cuadros de Ramon Casas, entre ellos un retrato del compositor.