Literatura

Pilar de Arístegui: «Ana de Austria fue una mujer malquerida que jamás se hundió»

Recupera en «Laberinto de intrigas» la fascinante figura de la hija de Felipe III que se convirtió en uno de los personajes más importantes, y también desconocidos, del siglo XVII.

Foto: Luis Díaz
Foto: Luis Díaz

Recupera en «Laberinto de intrigas» la fascinante figura de la hija de Felipe III que se convirtió en uno de los personajes más importantes, y también desconocidos, del siglo XVII.

Ana de Austria, hija del rey Felipe III de España, es una de esas figuras que parecen haber pasado de puntillas por la historia y que, sin perseguirlo, ésta le reservó un papel trascendente. Con solo trece años salió de España para casarse con Luis XIII de Francia y tras una vida apartada a la sombra de su marido le tocó la difícil misión de encarnar la regencia de Francia en tiempos convulsos y la importante tarea de preparar a su hijo, Luis XIV, para el trono francés. Pilar de Arístegui ha novelado su vida en «Laberinto de intrigas» (La esfera de los libros), «unas memorias apócrifas con las que he tratado de profundizar en el alma de una mujer que nunca olvidó quién era ni de dónde venía, algo que tuvo muy presente en la educación del gran Rey Sol», asegura.

–¿Por qué se fijó en ella para novelarla?

–Para la gran mayoría, Ana de Austria es una gran desconocida. Descubrí su figura hace tiempo buscando grandes mujeres que habían destacado en diferentes disciplinas y me resultó muy atractiva. Encontré que su misión y trabajo habían sido borrados de la Historia, lo que me motivó a profundizar en su vida a través de documentos e historiadores como Simone Bertière y Claude Dulong, quienes han hecho una labor histórica muy seria reconociéndole unos méritos que no le reconocieron los historiadores del XIX, que la trataron muy mal.

–¿Qué encontró?

–A una mujer muy interesante. Regente de Francia durante ocho años, con personajes muy poderosos en su contra y graves problemas como la Fronda con astucia, habilidad y, sobre todo, mucho sentido común, consiguió salvar el trono para sus hijos de las ambiciones de grandes y poderosos y, además, educarlos para ser reyes.

–Olvidada y despreciada por su marido.

–Sufrió indiferencia y desamor, fue una malquerida, pero nunca se hundió. Una experiencia muy dura, inestable, con muchos altibajos. El deseo de afirmación de Luis XIII, que quería quitarse el yugo de la autoridad de su madre María de Médici y ciertos celos de la corte española, lo llevaron a hacerle algunos desprecios en público.

–¿Supo aprovechar ese segundo plano?

–Totalmente, para observar y aprender, para estudiar a los personajes de la Corte. Sabe sus debilidades, veleidades... eso le será muy útil como regente. Fueron años de observación, de saber el terreno que pisaba.

–¿La acusaron de débil o poco inteligente?

–Fueron sus enemigos, pero no es así. Mazarino, que la conoció como pocos, afirma que encontró una mujer que no había sido preparada para los asuntos de Estado. Él descubre una hábil alumna, inteligente y con un gran sentido común que le resultaría extraordinariamente útil para resolver los problemas a los que se enfrentó y eso es un claro síntoma de inteligencia.

–¿Uno de sus grandes aciertos fue apoyarse en Mazarino?

–Sin duda, nombrarlo primer ministro y apoyarse en él fue trascendente. El resultado fue magnífico. Mazarino fue absolutamente fundamental en su vida, colaboró estrechamente con ella en el gobierno y en la educación del futuro rey (era su padrino).

–¿Hubo algo más que política entre ellos?

–Fue una relación enormemente rica, intelectual, afectiva, política y evidentemente trajo comentarios. Pero, ¿cuál fue el meollo? ¿Hubo amor por sus cualidades y su espíritu, más allá de los sentidos? El libro despeja dudas, pero fue una relación preciosa de confianza, colaboración, afecto, respeto y admiración mutua.

–¿Cuál fue su acierto como madre?

–En aquella época ninguna mujer de su rango se ocupaba directamente de sus hijos y ella sí lo hizo. Había recibido el cariño y la cercanía de su padre y decide cambiar drásticamente el modelo, encargarse personalmente de su educación, algo que sus hijos agradecieron siempre. Luis XIV estuvo muy cerca de ella, la admiró, valoró sus consejos y la vio bella hasta en el lecho de muerte.

–Y les inculca el legado histórico-español.

–Se habla mucho de «la grandeur de la France» y yo creo que viene de esa educación que Ana de Austria dio a sus hijos. Les habla de su herencia española, de la grandeza del Imperio español, es una mujer orgullosa de su origen porque ha sido feliz en su infancia y les transmite su gran afición al teatro y las artes. Luis XIV, por ejemplo, tocaba muy bien la guitarra española.

–¿Cómo cree que pudo sentirse teniendo que enfrentarse a España?

–Fue un asunto importantísimo para ella, dado el amor por su país y su familia. Debió ser muy doloroso enfrentándose a su hermano, pero eran intereses encontrados. La paz con España fue siempre un objetivo perseguido y no paró hasta lograrlo con Mazarino en la Paz de los Pirineos, obtenida con el matrimonio de Luis XIV con María Teresa de Austria, hija de su hermano Felipe IV, a su vez, estaba casado con Isabel de Borbón, princesa francesa.