Cultura

Pirro, la poco heroica muerte de un aventurero

En sus cerca de 46 años el rey de Epiro fue capaz de jalonar su vida con tan sorprendente sucesión de acontecimientos que garantizó su ingreso en las páginas de la historia.

En sus cerca de 46 años el rey de Epiro fue capaz de jalonar su vida con tan sorprendente sucesión de acontecimientos que garantizó su ingreso en las páginas de la historia.

Publicidad

«Al darse cuenta de que su hijo estaba trabado en combate con Pirro, fuera de sí ante el peligro que corría, cogió una teja con ambas manos y la arrojó sobre Pirro. Esta impactó en la cabeza, en la parte trasera del casco, y le rompió las vértebras que se encuentran junto a la base del cuello, por lo que se le nubló la vista y sus manos dejaron de sujetar las riendas». Corría el año 272 a. C. y Pirro se hallaba inmerso en el asedio de la ciudad de Argos, en el Peloponeso. Fue entonces cuando el belicoso monarca, veterano de numerosas batallas, halló su fin de este modo tan inesperado: a manos de una anciana temerosa de la vida de su hijo. El rey cayó del caballo, cegado a causa del traumatismo, y un soldado argivo lo remató en el acto. Pirro estaba emparentado con Alejandro Magno y se consideraba descendiente tanto de Heracles como de Aquiles. Tras distintos avatares y conflictos, logró hacerse con el trono de Epiro (pequeño reino al oeste de Grecia), que anteriormente había ocupado su padre. Como cualquier otro monarca de época helenística, su ambición no tenía límites y se lanzó a abrazar todas las oportunidades que le brindó el destino para engrandecer su poder. Así, en el turbulento contexto de las luchas entre los sucesores de Alejandro Magno, Pirro fue aliándose con unos y otros para medrar y extender su poder, llegando incluso a conquistar Macedonia por breve tiempo, antes de que su propia población lo expulsase.

A la conquista de italia

Por entonces, la ciudad de Roma amenazaba a la pequeña colonia griega de Tarento, y esta pidió auxilio al epirota, oferta que este no tardó en aceptar. Se lanzó, a la cabeza de un poderoso ejército, a la conquista de Italia. Allí se enfrentó a una potencia en ascenso, Roma. En los enfrentamientos de Heraclea y Ásculo obtuvo sendas victorias, pero muy ajustadas, que le permitieron mantenerse pero no imponerse de forma decisiva sobre los romanos. Fue esta, por cierto, la primera ocasión en que las legiones de Roma se enfrentaban a ejércitos helenísticos similares a los empleados pocos años antes por Alejandro Magno. A continuación, recibió una nueva petición de ayuda, en este caso proveniente de las colonias griegas de Sicilia, que a la sazón se hallaban amenazadas por Cartago, que ambicionaba controlar la isla. No se lo pensó dos veces y acudió, a la cabeza de su ejército, a la isla, donde fue recibido como un libertador. En una campaña relámpago fue capaz de tomar una tras otra todas las ciudades púnicas, a excepción de una, Lilibeo, que resistió un duro asedio merced a los suministros que recibía por mar desde Cartago. Emprendió entonces los preparativos de una campaña que debía desembarcar en África pero, en el ínterin, impuso condiciones muy severas a sus aliados y descuidó sus alianzas de suerte que, al poco, la mayoría le habían abandonado. Incapaz, por tanto, de afianzar su poder en la isla, decidió volver a Italia y probar suerte una vez más en la lucha contra Roma. Y en efecto así lo hizo, pero fue duramente derrotado en Maleventum, localidad rebautizada como Beneventum («buen viento») tras la victoria. Herido pero no muerto, Pirro regresó a Grecia, donde encabezó una invasión de Macedonia que le brindó por segunda vez el trono de este país. Después trató de entronizar a un rey afecto en Esparta y se encaminó hacia ella. Pero durante la noche, las mujeres, niños y ancianos de la ciudad excavaron un foso que a la mañana siguiente defendieron con éxito los soldados. La llegada poco después de refuerzos para los lacedemonios obligó al epirota a abandonar el asedio. Fue entonces cuando recibió una nueva oferta, esta vez proveniente de un aristócrata de la ciudad de Argos, para que lo auxiliara en su pugna con un rival político.

Publicidad

Y fue allí, precisamente, donde se produjo la escena que narrábamos al inicio de estas líneas, que puso fin a la vida del ambicioso rey, una vida colmada de altibajos, radiante y respetable a ojos de muchos de sus coetáneos conforme a la mentalidad de los príncipes helenísticos que trataban de emular a Alejandro Magno. Ahora bien, resulta difícil juzgar al personaje sin señalar su ambición desmedida por el poder y la gloria, el carácter aventurero y volátil de su trayectoria política y, sobre todo, la completa y total futilidad de todo lo que hizo, puesto que al término de su vida, ni logró fundar un imperio como hiciera Alejandro, ni estableció una dinastía consolidada, ni contribuyó a la propagación de la cultura griega; tan solo a regar en sangre la senda por donde pisara.

Publicidad

Para saber más

«Pirro (II). El ocaso de un

aventurero»

Desperta Ferro Antigua y Medieval

n.º 51

Publicidad

68 pp.

7€