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Por qué «¡Qué bello es vivir!» sigue siendo la película de la Navidad

  • James Stewart, que encarna a George Bailey, aquí con toda la familia del filme
    James Stewart, que encarna a George Bailey, aquí con toda la familia del filme
Valencia.

Tiempo de lectura 8 min.

23 de diciembre de 2017. 23:13h

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Valencia. 25/12/2017

Cuando se estrenó «¡Qué bello es vivir!» (1946), recién terminada la II Guerra Mundial, renacía en el corazón de los estadounidenses el espíritu de la Navidad olvidada. La película de Frank Capra, conocido por sus filmes ternuristas como la «abuelita Capra» –término acuñado en 1948 por un rendido admirador suyo, Juan Antonio Bardem–, celebraba justamente ese espíritu navideño con un final apoteósico. Frente al mundo desalmado que acababan de derrotar en Europa, después de una espantosa guerra, los crímenes del holocausto y la muerte de millones de personas, nada más adecuado que reafirmarse en la bondad del ser humano, el calor del hogar, el amor a la familia y la ayuda de la amistad. Frank Capra nunca olvidó el «New Deal» del presidente Roosvelt, del que su cine es uno de los mejores representantes durante los duros años de la Gran Depresión. Para Capra el individuo es el eje sobre el que gira la historia, una mezcla de melodrama y comedia, en la que éste se enfrenta a un grupo de presión y lucha solo para defender sus derechos individuales que no son otros que los colectivos. Su prototipo es «Juan Nadie». El hombre común, pero con uno atributos muy especiales: la defensa de la libertad y la entrega a los demás.

Libres e iguales

El director, como sus personajes, es de un optimismo moderado ante la vida. La mejor definición de sí mismo y de su cine la dio él mismo en uno de los muchos homenajes que le rindieron: «El arte de Frank Capra es muy sencillo: es el amor a la gente, a la libertad de cada individuo y a la igualdad de todos los hombres». «¡Qué bello es vivir!» es una celebración de esa bondad, del desprendimiento de su protagonista, un líder anónimo de la comunidad de Bedford Falls, capaz de sacrificar sus aspiraciones por ayudar a sus conciudadanos. Un individualista solidario, en lucha contra el lado tenebroso del capitalista egoísta y envidioso que encarna Lionel Barrymore como Sr. Henry F. Potter, emblema del corporativismo y la avaricia. La lucha del liberal, del libre mercado y la iniciativa privada contra el capitalismo que impone a los demás un estado totalitario, que conduce, como la visión ingenua pero metafóricamente adecuada de Potterville, el pueblo burdel, a la insolidaridad y el caos.

El autor de la novela «The Greatest Gift» («El mayor regalo»), Philip Van Doren Stern, publicada en 1939, debía haber pagado derechos de autor a Charles Dickens por el parecido razonable con el «Cuento de Navidad» y sus personajes, comenzando por Mr. Scrooge, aquí representada por el avaro Potter, enfrentado al bondadoso George Bailey. Los espíritus de la Navidad quedan fundidos en el ángel de segunda, sin alas, Clarence Odbody, que le hace ver al protagonista cómo ha sido su vida pasada y cómo hubiera sido ese mundo amable si él no hubiera nacido: una ciudad sin ley.

«¡Qué bello es vivir!» era la película preferida de Frank Capra. Cada Navidad la veía con su familia hasta convertir el pase en una tradición. Que fuera además una tradición mundial se debió a un problema de copyright y derechos de autor, cuando el filme pasó al dominio público en 1974 por un olvido de la productora, año en el que las televisiones norteamericanas comenzaron a emitirla la tarde del día de Navidad, hasta que el autor de la novela reclamó sus derechos, en 1993, poniendo fin a este rito navideño. En esos años, se convirtió en la forma de desear a los telespectadores unas Felices Pascuas, emitiendo una de las películas favoritas de las familias norteamericana. Por las mismas razones, «¡Qué bellos es vivir!» fue una cita ineludible de Televisión Española.

Hasta entonces, en España se había mantenido la tradición católica del belén, el día de los inocentes, los aguinaldos, las cestas navideñas, los niños de San Ildefonso cantando la lotería y los tres Reyes Magos. Poco a poco fueron añadiéndose costumbres foráneas como Papá Noel, los «christmas», el árbol de Navidad y los regalos el día 25 y no la Noche de Reyes. Cambio que acabó con la felicitación del Año Nuevo en los almanaques navideños del Guerrero del Antifaz y el Capitán Trueno.

De las pocas películas que tratan el tema navideño, donde no se hace mención de su espíritu, algo netamente anglosajón, una es «Plácido» (1961), de Luis García Berlanga, donde retrata con un trasfondo crítico la caridad cristiana burguesa. Unas damas ricas buscan pobres para invitarlos a cenar la Nochebuena en familia, parodiando la campaña franquista «Siente a un pobre a su mesa». El esperpento es tan deprimente como divertido, en la línea de la comedia cumbre de Billy Wilder «El apartamento» (1960), no apta para la Nochebuena ni para el día de Navidad.

«¡Qué bello es vivir!» sigue siendo un filme bellísimo. Con los típicos excesos de la última época de Frank Capra. El tipo de comedia vitalista con tintes agridulces que emocionan desde su estreno. Todo en ella es amable, conservador, con ese punto cursi y un tanto melodramático que consigue que al espectador se le haga un nudo en la garganta de emoción y derrame alguna lágrima furtiva con la apoteosis de los buenos sentimientos del final.

Charles Dickens está en el mismo centro del espíritu de la Navidad cuestionado ya entonces por el capitalismo salvaje e inmisericorde representado por Mr. Scrooge, el malvado que «robaba a las viudas y estafaba a los pobres», y que odiaba la Navidad. Y lo sigue estando desde entonces en las sucesivas versiones cinematográficas del «A Christmas Carol», comenzando por el clásico de Walt Disney «La Navidad de Mickey» (1983), con el avaro Tío Gilito como Mr. Scrooge, seguido por el musical «Muchas gracias, Mr. Scrooge» (1970), interpretado por Albert Finney, y la actualización del cuento en la versión posmoderna de «Los fantasmas atacan al jefe» (1988), con Bill Murray.

Los años 80 fueron pródigos en cuentos navideños en los que se cuestionaba el espíritu de la Navidad. Desde los Simpsons hasta «Los Teleñecos en Cuento de Navidad» (1992). De todos ellos, el relato más singular es, sin duda, «Gremlins» (1984), con ese regalo envenenado que trae Papá Noel las navidades de 1984: el dulce «Mogwai», que en cantonés significa «espíritu maligno». Así comienza el secuestro del espíritu de la Navidad, cuando esos ositos amoroso se convierten en los temibles Gremlins, culpables de hacer saltar por los aires el espíritu navideño al introducir un espíritu maligno ajeno a la tradición.

Es justamente lo que pasa en otro clásico navideño: «Solo en casa» (1990). Una divertida comedia familiar convertida en el sustituto ideal del filme de Frank Capra. La preferida de los padres que la vieron de niños en las salas de cine y que tratan de trasmitir a sus hijos y nietos que un niño es capaz de defender a la vez la propiedad privada y el espíritu de la Navidad, a pesar de que sus padres se olviden de él en esas fiestas familiares. El canon contra el que se rebelan dulcemente estas películas un tanto iconoclastas, lo estableció Hollywood en los lejanos años 30 de siglo pasado con la primera y mejor versión del «Cuento de Navidad» (1938), con Reginald Owen en el papel de Ebenezer Scrooge, y el suntuoso musical «Navidades blancas» (1954), en la que Bing Crosby cantaba el tema de Irving Berlin «White Christmas», la canción más vendida de la historia: 50 millones de copias.

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