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Puro capricho

Ciclo IbermúsicaObras de Sibelius, Mendelssohn y Chaikovski. Alina Pogostkina, Patricia Kopatchinskaja. Orquesta Philharmonia. Director: Vladimir Ashkenazy. Auditorio Nacional. Madrid, 18/19-V-2015

Tiempo de lectura 2 min.

21 de mayo de 2015. 00:48h

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21/5/2015

Penúltimo concierto de la espléndida serie de Ibermúsica. La Philharmonia es una de las mejores orquesta londinenses y así lo ha demostrado en sus frecuentes visitas a España con la propia Ibermúsica desde 1986. Salonen, Giulini, Sawallisch, Thilson Thomas, Thielemann, Dutoit, Sinopoli, Rozhdesvensky, Slatkin o Maazel son algunos de los directores que la han dirigido en nuestro país. Dicho lo cual hay que añadir que los dos conciertos de esta semana no se inscribirán entre los mejores de ella escuchados en Madrid. Ello por dos razones fundamentales. De un lado una posible falta de ensayos, que se tradujo en descoordinaciones en más de un momento. De otra las caprichosas lecturas de solistas y director.

Decía uno de nuestros mejores compositores, presente en ambos conciertos, que habíamos asistido al reestreno del «Concierto para violín» de Mendelssoh. El comentario, expresado con su habitual retranca, era plenamente acertado. Lo fue desde las primeras notas del violín de Patricia Kopatchinskaja (Moldavia, 1977), porque aquello sonaba de forma desconcertante. Todo ese primer movimiento fue especialmente arbitrario. Sin embargo, gustó mucho al público, posiblemente por la actitud de la solista, entusiasmada al tocar con sus gestos y hasta canturreando el acompañamiento orquestal. También tuvo sus peculiaridades el «Concierto para violín» de Sibelius del día anterior, interpretado por Alina Pogostkina (Leningrado, 1983), con las trompetas y muy especialmente las trompas acompañando con afinación extraña al violín en el tercer tiempo. Previamente se había escuchado una «Finlandia» de metálicas sonoridades pero exenta de grandeza. También pasó sin pena ni gloria la obertura mendelssohniana para «El cuento de la bella Melusina». La «Quinta» de Chaikovski pecó tanto de irregularidad en los tempos como de exceso de estruendo, con caprichosos balances sonoros. Mucho más en línea estuvo la «Quinta» de Sibelius, quizá la más original de sus sinfonías y claramente más dentro del repertorio de Ashkenazy.

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