Lleno de sangre y fuerza; por José Carlos Plaza

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Miguel Narros es una figura imprescindible en el teatro español. Innovó en todos los conceptos de la dirección escénica y del trabajo con los actores. Ha sido un maestro de varias generaciones: somos muchos los que estamos tocados por él, los que llevamos la marca de Miguel, de su imaginación, su creatividad y fuerza. Ya en sus comienzos se distinguió por cambiar la parte exterior del teatro, la parte formal, lo que tenía de máscara, para trabajar desde la fuerza interior. También destacó por su capacidad de convertir a los personajes en seres humanos: buscaba la verdad, lo racional, lo que rompía por dentro y hacía que los personajes tuvieran carne y no fueran de cartón piedra, como era casi todo el teatro que se hacía entonces, que era un teatro de representación. Miguel creó uno vívido, lleno de sangre, de fuerza, de verdad, un teatro que escuchaba, una revolución en la escena. Junto con William Layton, de su mano, fueron los que modificaron el teatro español. Era un escenógrafo excepcional y un hombre de teatro al completo. Los vestuarios de Miguel marcaron una época, y en sus escenografías, en la luz, tenía un concepto total de la escena. Pero lo primordial para él, en lo que brillaba con una intensidad fuera de lo normal, algo que no he visto en ningún país del mundo, era su trabajo con los actores. Vivía, convivía con ellos en el desarrollo del personaje, los llevaba de la mano. Nos llevaba, diría, porque todo lo que he aprendido yo sobre los actores se lo debo a él. Empecé en el teatro con Miguel en 1961: yo tenía 16 años y entré, enseñado por él, en la Escuela. Trabajé muchísimo con Narros como actor; mi primera oportunidad como director me la dio con «Proceso por la sombra de un burro», en 1961. Con aquel título se creó el TEM, con Layton y con Miguel, que era nuestro profesor, y daría comienzo a una larga lista de obras juntos, hasta que, cuando fue nombrado director del Español, en 1984, tuvo la generosidad de llamarme para dirigir «La casa de Bernarda Alba». Podría hablar de miles de ensayos, en los que recuerdo ver a Miguel gritando, susurrando, haciendo de hombre, de mujer, de animal y de Dios. He tenido suerte porque he convivido mucho con él. Verle trabajar, cómo analizaba los textos, era un prodigio, un desbordamiento de detalles. Sin embargo, de toda su carrera, aún recuerdo una función en la que yo no participé, pero de la que fui privilegiado espectador: «Largo viaje hacia la noche», en la que dirigió a José Pedro Carrión, Alberto Closas, Marieta lozano y Carlos Hipólito. No ha habido en nuestro teatro nada tan grande como ese montaje: era como un puño que te agarraba. Eso era lo importante en el teatro, lo que me enseñó Miguel: que del escenario salga una mano que agarre las tripas del espectador. No son los detalles, es el conjunto de todos los elementos que llegan al público. Mucho de eso está en el alma de tantos actores que han trabajado con él. Miguel es irremplazable, pero muchos de nosotros llevamos su herencia en los genes. Su esencia no se pierde, se transforma, aunque el alma que tenía no podrá ser sustituida. Nos ha dejado un vacío que nos va a costar mucho llenar.