«Tenemos obras estupendas, pero no se estrenan»

Tres teóricos de la escena española, José Sanchis Sinisterra, Javier Huerta Calvo e Ignacio García May, hacen un diagnóstico positivo del momento actual para LA RAZÓN

De izda. a dcha., Huerta Calvo, Sanchis Sinisterra y García May, en La Corsetería
De izda. a dcha., Huerta Calvo, Sanchis Sinisterra y García May, en La Corsetería

Tres teóricos de la escena española, José Sanchis Sinisterra, Javier Huerta Calvo e Ignacio García May, hacen un diagnóstico positivo del momento actual para LA RAZÓN

En un panorama de cifras desalentadoras –1,5 millones de espectadores menos en 2012, como avanzamos en estas páginas el pasado martes–, la situación de los escenarios españoles permite además un diagnóstico cualitativo y un análisis teórico algo más reposado. LA RAZÓN ha querido profundizar un poco más, juntando para ello a tres hombres de teatro con bagaje intelectual y capacidad reflexiva: el dramaturgo e investigador José Sanchis Sinisterra, el también dramaturgo y profesor de la RESAD Ignacio García May (además es actor, estos días pueden verle en Cuarta Pared en la obra «Tres Tiki Tigres») y el catedrático de la Complutense y director del Instituto del Teatro de Madrid, Javier Huerta Calvo. Cuando aún están poniendo las calles en su sitio, nos reunimos ante un café en el espacio de Lavapiés que dirige el primero, el Nuevo Teatro Fronterizo –La Corsetería, si prefieren– y abrimos el encuentro con una pregunta: ¿la dramaturgia y los estrenos actuales están reflejando la realidad de la calle y las preocupaciones de la gente?

-José Sanchis Sinisterra (J. S. S.): yo creo que el concepto de reflejar pertenece a otros planteamientos estéticos; en el fondo, el teatro nunca refleja, sino que, en todo caso, responde, reacciona a la realidad. En ese sentido, no hay una diferencia notable entre esa réplica del teatro que se manifiesta hoy y la que podía haber hace diez o quince años. Esa respuesta puede ser «El club de la comedia», un alud de carcajadas, o hablar de la pareja. Siempre ha habido esa especie de diversidad entre el empresario y nosotros.

-Ignacio García May (I. G. M.): la identificación de la dramaturgia con el periodismo es peligrosa. A veces, parece que para ser contemporáneo tienes que escribir de lo que hablan los telediarios. Esto es absurdo. Por ejemplo, esta historia de Amy Martin, que es fabulosa, porque la realidad supera al arte: para cuando te pongas a escribir de ella, ya forma parte del pasado. Lo que permanece al margen del mundo real es la producción, porque sí hay un montón de obras estupendas, pero no las vemos porque lo que se programa en los teatros es otro tipo de cosas.

-Javier Huerta Calvo (J. H. C.): la oferta en Madrid es suficientemente variada, desde los teatros públicos a las salas alternativas, que son a veces las que están respondiendo más a los problemas de hoy en día. Pero eso es lo que menos está respaldado por la gran industria teatral.

-J. S. S.: no hay que confundir la realidad con la actualidad. Se puede producir una redundancia si se le exige al teatro que haga telediarios de hora y media de duración. Sin embargo, sí que hay un aspecto de la realidad, el predominio del imperialismo del mercado, que está incidiendo en un tipo de oferta y supuesta demanda de entretenimiento. El sistema mercantilista invade el teatro comercial y muchos sectores del público, como si el criterio de audiencia fuera prioritario. Y hay muchísimos autores. Yo lo noto por la demanda de formación dramatúrgica. Hay un retorno del texto, con muchas obras estimulantes: el problema es cómo llegan a los canales de distribución. El sistema teatral hace un filtro feroz.

-J. H. C.: que después de una época en la que ha habido bastante frivolidad se haya vuelto al texto me parece importante; ahora que tanto se maltrata a la lengua, desde la más alta institución del Estado al último futbolista. Y en el teatro se escribe muy bien. Me gusta el teatro como templo de la palabra.

-I. G. M.: una de las cosas buenas, si se puede decir así, de la crisis es que va a haber un retorno de la importancia de la autoría contemporánea en el teatro, que por una serie de razones ha desaparecido. Ha predominado el gran repertorio, los títulos que son seguros, los clásicos entendidos en el peor sentido del término. Ahora mismo hay saturación porque ya has visto Lorca doscientas veces, y Shakespeare quinientas. Y sospecho que el regreso del texto de nueva creación tiene que ver más con el aspecto económico. Bueno, bienvenido sea.

-J. H. C.: pero es necesario que haya ese repertorio también. Hay generaciones que no lo han visto.

-I. G. M.: por supuesto, lo que no es normal es el porcentaje. Cada época ha hecho su teatro: si en la época de Shakespeare se hubieran pasado el 80% del tiempo haciendo obras de Sófocles, hubiera sido un desastre. Y yo creo que eso es lo que ha pasado en los últimos años. Y además hay una cosa absurda en el teatro español: se da por hecho que los jóvenes tienen que empezar haciendo sus cositas, pequeñas, en teatros alternativos, y luego, cuando se hacen importantes, pasan a hacer el repertorio en los grandes teatros. Yo creo que el proceso debería ser justo al revés: aprendes de los clásicos y luego entras en lo tuyo.

-J. S. S.: no sé si estáis de acuerdo en que existe una diferencia sustancial entre los polos de actividad teatral, que son Madrid y Barcelona. En Barcelona, y también en Cataluña, yo notaba una permeabilidad entre teatro alternativo, comercial e institucional. Eso hizo que a mediados de los 90 y principios del siglo XXI la proliferación de autores que se movían en los tres niveles daba sensación de dinamismo. Cuando vine a Madrid a finales de los 90 noté tres compartimentos estancos.

La conversación cambia de terreno: ¿la crisis ha cambiado la forma de plantearse la escritura dramática en estos años? «Bueno, hay muchos monólogos», sentencia Sanchis Sinisterra. Pero es un hecho: «El elenco de "dramatis personae"se ha reducido», corrobora Huerta Calvo. Y sigue la conversación...

- I. G. M.: en los 80 eso ya existía. Yo escribí mi primera obra, que tenía 22 personajes, con total inconsciencia. Me dijeron: «Tú estás loco. Esto tenía que hacerse con dos personajes y un sofá». Eso viene de lejos. Ahora hay varias generaciones escribiendo y múltiples estilos, y eso forma parte del lado bueno.

-J. S. S.: yo sugiero en mis talleres que, aparte de hacer obras posibilistas, todo autor debería tener una especie de rincón para el texto irrepresentable, y que en éste ponga toda su voluntad de experimentación y creatividad..

-J. H. C.: a mí me llegan muchos que no son textos para representar: es teatro de papel. Tengo una sensación de un «déja vue»: en los años 30, por ejemplo, había lo mismo: el teatro institucional, el comercial y luego la vanguardia, con Rivas Cherif o Gómez de la Serna.

-I. G. M.: para mí sí hay una diferencia importante: en 1920, la gente que se dedicaba a la música, a la pintura, al teatro, eran una minoría. Hoy todo el mundo hace de todo. La base de la sociedad moderna es el populismo, que ha sustituido en todas partes a la democracia. Y ha llegado a las artes: ¡la cantidad de gente que tenemos que dice que es cantante por los programas de televisión! De la mala comprensión de la teoría del arte moderno, que era lógica en su contexto, en las vanguardias, hemos llegado a un delirio. Creo profundamente en las poéticas y los cánones. Están por una razón: para ayudar a la gente, no para atarle las manos.

-J. S. S.: aparte del populismo, está el síndrome de la novedad, del descubrimiento, de lo último, esa máquina que devora y regurgita novedades, modas y autores.

Quedan mil temas por tratar, pero se acaban el tiempo y el espacio y les pido conclusiones. Algunas han ido cayendo ya por la entrevista, como el «raquitismo intelectual» que denuncia Sanchis Sinisterra: «Teatro de ideas, casi no hay, salvo Mayorga». O la emergencia de dramaturgas, algo saludable. Los tres dejan sus diagnósticos del sector:

-I. G. M.: Yo creo que el teatro no tiene ningún problema específico. Lo que pasa es que la sociedad española los tiene y serios, y le afecta. Pero el teatro está tan vivo como siempre. Al menos en Madrid está bullendo, hay un montón de gente escribiendo cosas interesantísimas y si no se ven más es por problemas ajenos.

-J. S. S.: Yo que soy optimista histórico creo que esta especie de debacle, de persecución del mundo de la cultura y sus márgenes de viabilidad, puede tener un bien colateral: se están inventando fórmulas para esa pervivencia del teatro que van a generar, en los alrededores del sistema teatral, acontecimientos muy interesantes. Es posible que éste, tal y como lo conocemos, cambie a consecuencia de la crisis, pero eso no es la decadencia. Percibo una metamorfosis en las formas de producción, de escritura, de búsqueda de público. Echo de menos que se salga de esa necesidad de entretener y que el teatro se cargue de temáticas de calado más hondo.

-J. H. C.: a pesar de estas dificultades, la crisis, el IVA, una medida hostil que debería replantearse el Gobierno, el carácter primitivo del teatro, el hecho de que necesite pocos medios, hace que haya una efervescencia. Yo también soy optimista. Hay quien, con cuatro duros, está haciendo un teatro magnífico.

-J. S. S.: se va a producir una «latinoamericanización» de la escena. La gente se gana la vida como puede, pero rescata un tiempo para sobrevivir espiritualmente haciendo obras en espacios muy peculiares.

El detalle

UN PAÍS QUE NO ENSEÑA A SUS CLÁSICOS

Los tres imparten clases y saben qué falta y qué funciona en la enseñanza teatral en España. «Hay una demanda increíble. Nosotros lo hemos notado en la universidad, donde, como sabemos, el teatro no es área de conocimiento», lamenta Huerta Calvo, director del Instituto del Teatro de Madrid, de la Universidad Complutense. «El país de Lope de Vega, Arrabal, Buero Vallejo, Valle-Inclán y Lorca no reconoce el teatro como área de conocimiento». Y señala otro problema: «La desconexión entre escuelas de arte dramático y la universidad». Y añade Sanchis Sinisterra: «El teatro sigue siendo el furgón de cola de la literatura».