«Tienes la desgracia de que te quiera muchísimo»

El nuevo libro de Camilo José Cela Conde sobre su célebre padre aporta numerosa documentación desconocida sobre el Nobel.

El nuevo libro de Camilo José Cela Conde sobre su célebre padre aporta numerosa documentación desconocida sobre el Nobel.

Camilo José Cela publicó solamente dos libros de memorias: «La rosa» y «Memorias, entendimientos y voluntades». El primero estaba centrado en su infancia y el segundo nos llevaba desde su adolescencia hasta la publicación de «La familia de Pascual Duarte». Por desgracia, el gran autor gallego nunca redactó ese tercer tomo, pero lo que él podía narrarnos en primera persona sobre sus andanzas viajeras y literarias lo podemos encontrar en la larga correspondencia que a lo largo de su vida mantuvo con Charo Conde, la que fue su primera mujer. Ese material, hasta ahora inédito, es el que podemos encontrar en «Cela, piel adentro», un maravilloso retrato del Nobel escrito por su hijo, Camilo José Cela Conde, que publica Destino. Las misivas fueron entregadas a Cela Conde por su madre, guardadas cariñosamente en una caja pequeña de madera durante años. La primera esposa del autor de «La colmena» conservó los documentos manuscritos que hablan de cuatro décadas de matrimonio, sin olvidar el tiempo en el que fueron novios.

Los fragmentos que se reproducen en «Cela, piel adentro» nos ofrecen una imagen más íntima y humana del novelista, alejada de la que en ocasiones se ha querido brindar sobre su figura, especialmente en sus últimos años de vida. Las cartas nos demuestran el gran afecto que hubo entre ambos, así como el hecho de que Charo Conde se convirtiera en testigo de las andanzas celianas y apoyo clave en la construcción de la obra de Camilo José Cela, con sus luces y sus sombras.

Un buen ejemplo lo tenemos en una carta del 30 de junio de 1941, cuando las cosas no pintaban bien hasta el punto de que ve que no está llamado a ganarse la vida con las letras: «Tan pronto como llegue a Madrid he de ponerme a trabajar; mejor dicho, de ponerme a buscar dónde trabajar. (...) ¿Sabes tú de algo donde pueda meter la cabeza? Estoy tratando de convencer a mi tío Eduardo para que ponga un bar; yo creo que podría ser un gran negocio ¿qué te parece? (...) Yo no sé si acabaré de director de una revista, de barman, o de chupatintas, lo único que puedo asegurarte es que de algo tengo que terminar porque si no no sé lo que va a ser de mí. Tienes la desgracia de que te quiera muchísimo, tu Camilojosé». Era 1941, un año antes de la publicación de «La familia de Pascual Duarte».

Algunos de los acontecimientos más importantes en la vida. El 21 de febrero de 1957 fue elegido miembro de la Real Academia Española, momento en el que cuenta cuarenta años. Un día más tarde escribe a su queridísima Charo que «resulta que soy académico. Resulta también que no se siente nada. En fin... He dormido mal y desasosegado. Me cogió una desvelada de cojón de pato. ¿Qué tal cayó la noticia por ahí? Cuéntame un poco cómo la encajó la gente. Y los periódicos. (...) Mary y César [González Ruano] me pusieron un telegrama en verso: En principio fue la anemia/ y a la mitad la Academia./ Donde las toman las dan,/ ya lo decía el refrán./ Te abrazan como gusanos/ desde Madrid los dos Ruanos».

Por las cartas también podemos saber de los movimientos que Cela realizó para alcanzar el Premio Nobel de Literatura. La operación, que no con poca sorna la denominó «Fittipaldi», como el célebre piloto de Fórmula 1, se puso en marcha en la década de los setenta. Si bien al principio fue el hijo del narrador a instancias del padre el primero en iniciar las gestiones, finalmente fue él mismo quien cogió el rábano por las hojas. El 15 de mayo de 1972, desde Estocolmo, Cela se dirigió a su esposa para comentarle lo que había sido «una odisea surrealista»: «Al llegar a Estocolmo no había nadie esperándome porque mi anfitrión, el poeta lírico, había confundido el nº de vuelo. Lo llamé por teléfono, pero en su casa tampoco había nadie; entonces tomé un taxi –el aeropuerto está a 40 km. de la ciudad – y llegué, pero tampoco había nadie. Me senté con mi maletita en la escalera, ante el estupor de los vecinos, que abrían sus puertas y me decían cosas que, como es lógico, yo no pude entender; yo, con mi mejor sonrisa y mi más dulce voz, les llamaba hijos de puta, con lo que les tranquilizaba. A las tres horas llegó el joven matrimonio y todo pudo arreglarse. Se me olvidaba: durante mi espera me entraron ganas de mear; quise hacerlo por el vertedero de basuras, que está en el rellano, pero como no alcanzaba, meé por el hueco de la escalera. Hacía un ruido muy agradable al llegar al suelo».

En el libro encontramos cartas deliciosas, como una que escribe borracho y en la que anuncia que planea acabar con Stalin. En otras informa de sus problemas para acceder por primera vez a Picasso, con quien realizará uno de sus libros más desconocidos y hermosos, es decir, «Gavilla de fábulas sin amor». Pero, por encima de todo, nos encontramos al Camilo José Cela enamorado de Charo Conde, un hombre al que le daba miedo estar solo. Así lo expone el 16 de septiembre de 1953, desde Caracas, lejos de su familia: «Vivo en un hotel de lujo; como caviar; bebo whiskey. Añádele todos los etcéteras que quieras. Bien. ¿De qué me sirve? Me encuentro infinitamente, injustamente solo. Y abandonado como nunca. Si no fuera por lo que es –lo que es. Sois el nene y tú– habría cortado ya amarras. Pero debo esperar. Mi estado de ánimo es muy parecido al que tenía en el frente. Me sería exactamente igual –si no fuera por lo que es– una fortuna que un tiro en la sien».