Un “Falstaff” que da el pego

De Verdi. Voces: Roberto de Candia, Joel Prieto, Christophe Mortagne, Mikeldi Atxalandabaso. Dirección musical: Daniele Rustioni. Dirección escénica: Laurent Pelly. Teatro Real. Madrid, 23-IV-2019.

Hacía seis años que Verdi, que ya era octogenario, había estrenado «Otello» (1887) y en este periodo se planteaba muchas dudas sobre escribir una nueva ópera. Su esposa, Giuseppina, no perdió la oportunidad de empujarle a ello y hasta brindó, en una cena con el editor Ricordi, por el nacimiento de un nuevo niño que habría de ser «Falstaff». Verdi vio «Las alegres comadres de Windsor» 50 años antes y le había atraído. ¿Por qué se resistía a abordar esta obra? Porque su segunda ópera –la cómica «Un giorno di regno»– había resultado un fracaso absoluto. También por estar pasando unos tiempos difíciles en lo económico, con varios fallecimientos de allegados y un distanciamiento con el director de la Scala. Sin embargo, no sólo le tentaba Giuseppina, sino también Boito, el compositor de «Mefistófeles», con el que se había llevado mal, pero con el que acabó haciendo migas para «Simon Boccanegra» y «Otello». Le escribió un libreto magnífico y la ópera vio finalmente la luz en la Scala en 1883. Desconcertó al público, pero se impuso su genio, su fama y el venerable anciano que era. La obra suponía un gran cambio en el estilo verdiano. «Otello» había conllevado un gran avance, un intento logrado de superar a Wagner por otras vías, pero ahora habían desaparecido las arias, los recitativos, surgía un ritmo impetuoso como rossiniano, casi ofrecía más interés la armonía que una música continua con cambios constantes y en la escena surgía un movimiento nuevo. Tan nuevo que Verdi pidió expresamente que la cuidaran hasta al director del coro y que la música, a la que no consideraba difícil, se cantase de una forma distinta. No sabía que acababa de inventar el germen de un nuevo género, el musical, el que sustituiría a la ópera en el siglo XX. Wagner inventó la telenovela en su «Tetralogía» y Verdi el musical en «Falstaff». Por eso el público actual disfruta mucho más con esta obra que el de hace cien años. El estreno fue un gran éxito porque se trataba de Verdi y la expectación fue enorme, llegando a instalarse en el teatro un cuarto de telégrafos para la Prensa y alcanzando los vítores el hotel del compositor. ¿Una ópera cómica? Sí y no. Verdi, tras aquel fracaso inicial, había bordeado los números cómicos en escenas como las de Melitone en la «Forza del destino», pero siempre con un poso de amargura, porque la vida está hecha de grises y por eso «Falstaff» es una ópera mixta. Un pasaje de Alice recuerda al Oscar del «Baile de máscaras» y notas en cuerdas y maderas la escena del Nilo de «Aida». Verdi siempre es Verdi. Se rememora a sí mismo y hasta se ríe. La obra, en do mayor, tiene tres actos. Muy modernos el I y el II y un peculiar tercero, en el que vuelve la ópera tradicional a través de Nanneta y Fenton, con aria y dúo, para concluir con una novedad total: la fuga en concertante con «Todo es burla en el mundo». Mozart apuntó otro tanto en el final de su sinfonía «Júpiter». Se ha dicho que «Falstaff» es la obra favorita de quienes «saben música» y «Otello» de quienes «saben de música». En mi memoria histórica figuran, entre otros muchos «Falstaff», Geraint Evans, Taddei, Gobi o Karajan con la Filarmónica de Berlín. El Real presenta esta coproducción con Bruselas, Burdeos, la Tokyo Nikikai Opera y Neoescenografia, y es quien la estrena. Ha pasado por varios incidentes hasta llegar a su escenario, con cambios importantes en el reparto. Roberto de Candia no tiene la voz para Falstaff ni le dota del empaque necesario. Simone Piazzola cumple discretamente como Ford. Eficaces Christophe Mortagne, Mikeldi Atxalandabaso y Valeriano Lanchas. La frescura de Ruth Iniesta sobresale entre los papeles femeninos. Correcta Maite Beaumont como Meg, mientras que la veterana Daniela Barcellona se encuentra fuera de papel, por físico y por falta de los graves siempre esperados en «Reverenza!» o «Povera donna!». Lo suyo es más Rossini que este Verdi. A Joel Prieto le falta la dulzura del fraseo. Pero todos actúan y eso tiene un valor. La orquesta es fundamental en una partitura llena de filigranas, con notas que acompañan y completan la palabra. Daniele Rustioni cumple sin más, controla pero escasea en el matiz. No bastan los fortes orquestales al final de cada escena. Precisan una mayor madurez. Laurent Pelly diseña una producción que, aunque traslade de época la acción, tiene la virtud de nacer de la música y no de «genialidades» y aún mayor virtud: ofrecer auténtico teatro. Funciona. En el escenario hay casi un musical y esta es la gran baza del espectáculo junto algo inherente a la obra: su homogeneidad. Por eso, aunque seguro que el término no gusta en el teatro «da el pego». No busquen genialidades. Pero, queridos lectores, ¿acaso éste no es el mundo en el que vivimos hoy? Verdi tenía razón: «Todo el mundo es burla», pero a nosotros nos corresponde no admitir las tomaduras de pelo cuando la burla se excede para tomarnos por tontos, algo frecuente en la ópera –y en la vida– que, afortunadamente, no es el caso de este «Falstaff» bastante disfrutado por el público.