Viva el folk: el auge de los hijos de Bob Dylan

La recién estrenada película de los Coen pone en órbita este género, que contra todo pronóstico goza hoy de millones de nuevos seguidores

La banda Neofolk
La banda Neofolk

«Para salir de América tienes que ir al Greenwich Village». La frase la pronunció Alan Lomax, el viejo archivista del folk, y con ella se refería a todo lo que ocurría en el barrio neoyorquino durante aquellos efervescentes primeros años de la década de los 60. El Village, antes y ahora, emerge como el gran testigo mudo de esta historia. Posiblemente sea quien mejor pueda contar sin palabras el extravagante viaje experimentado por el movimiento «folkie» durante los últimos 50 años.

Sí, ha pasado medio siglo desde que esa marginal forma musical comenzara a adquirir relevancia –más cultural que comercial– gracias especialmente a la llegada a la ciudad de un tal Bob Dylan. Y es ese momento, ese marco histórico, el que filman con la brillantez acostumbrada Joel y Ethan Coen en «A propósito de Llewyn Lewis».

Cuando Dylan llegó a Nueva York se encontró algo que no podía imaginar un chico que había crecido en una pequeña ciudad como Hibbing, situada en el monótono y lento estado de Minnesota. Como decía Lomax, el Village era el lugar en el que había que estar si te sentías parte de la contracultura. En ese barrio aparecían pequeños y humeantes clubes como The Gaslight, Wha? o The Commons. Por allí probaban sus chistes humoristas como Richard Pryor, Woody Allen o el irreverente Lenny Bruce. Además aparecían ventrílocuos, magos o malabaristas. También poetas y escritores. Y luego estaban los cantantes.

Por algo de comida y unas monedas actuaban músicos como Dave van Ronk, Jack Elliott, Tom Paxton, Lee Chandler, Paul Clayton, Judy Collins, John Sebastian o Karen Dalton. Y todos ellos hacían folk. Pero, ¿qué era eso del folk? El propio Dylan lo contaba con este lirismo: «Eran canciones evasivas, que tratan sobre la verdad de la vida, y la vida es más o menos mentira, pero así es como queremos que sea. De otro modo no nos sentiríamos cómodos con ella. Una canción folk tiene más de mil caras y de un momento a otro puede cambiar hasta resultarnos irreconocible. Todo depende de quién toca y quién escucha». Dylan se refería a canciones con formas primitivas, con melodías derivativas y con el empleo de pocos acordes. Que la melodía no distrajera de lo verdaderamente importante: la historia y su consiguiente moraleja.

En ese Village que tan vivamente filman los Coen se sitúan esos versos de canciones que hablaban de románticos bandidos, de balas que atravesaban el ojo del inocente, de guerras sin ganadores, de asesinatos sin culpables o de pobres soñando con tocar la basura que deja el rico. Ocasionalmente se mezclaban con baladas de marineros y de amantes dejados atrás por seguir ferozmente las reglas del destino, aunque lo cierto es que dentro del viril ambiente del Village, no había demasiado espacio para asuntos del corazón.

Joan Baez, contra el «padre»

Pero si los preceptos radicales fueron uno de los principales argumentos que posibilitaron el auge artístico del folk en esos primeros años 60, esa intransigencia también fue la causa de su prematura defunción. «Las cosas que te hacen vivir también pueden matarte al final», cantaría años más tarde Neil Young.

Las composiciones de Dylan y las interpretaciones de Joan Baez o Peter, Paul & Mary pusieron ese estilo en las tiendas y el mundo abrió los ojos a esta forma tan anticomercial de contar historias. Pero era un estilo con fecha de caducidad porque entonces el mundo se movía muy rápido, mucho más de lo que podía soportar el folk. En cuanto Dylan agarró la guitarra eléctrica se puso de manifiesto que cualquier anacronismo muere pronto. A mediados de los años 60, el folk ya era visto como una reliquia, mientras el Village echaba pestes de un «vendido» como Dylan. «Lo echó todo a perder», aseguraría Joan Baez con una evidente falta de perspectiva.

Pero todo vuelve, o eso parece en este mundo contemporáneo que únicamente propone «revivals» como respuesta a la ausencia de ideas. Y resulta que durante esta nueva década germinó lo que ahora se llama como «neofolk», grupos y artistas que recuperan la vieja bandera de los antiguos «hipsters», tanto sus formas estéticas como las musicales. Y llevar barbas, panas y camisas de cuadros es ir «a la última». Y vuelven a escucharse los banyos, las guitarras acústicas, las mandolinas y las voces nasales. Y todavía más sorprendente es ver cómo artistas como Mumford & Sons, The Lumineers o Avett Brothers venden millones de discos y llenan estadios. Aunque seguramente tipos como Van Ronk o Fred Neil se llevarían las manos a la cabeza al ver cómo estos «neofolkies» celebran con lágrimas en los ojos la consecución de premios Grammy o las recogidas de discos de oro. En vanidad lo nuevos «folkies» ganan a los viejos.

Y, de nuevo, queda el Village como testigo mudo de este viaje de medio siglo que encuentra su primera estación en el contracultural folk y que ahora se detiene en el masivo neofolk. Del viejo barrio neoyorquino quedan sus parques, sus estrechas calles, un par de tiendas de vinilos de segunda mano y un club como el Wha?, que se esfuerza por vender en su escaparate que un día pasaron por allí Bob Dylan o Jimi Hendrix. Más arriba bostezan las ventanas cubiertas con unas cortinas que protegen la intimidad de los propietarios de lujosos y carísimos apartamentos. De vez en cuando se escucha a un joven aspirante a músico recordar las canciones de Paul Simon o Eric Andersen, sonidos acústicos que salen de un pequeño bar que comparte manzana con tiendas exclusivas de Marc Jacobs, Michael Kors o Burberry. Es la fría metáfora que explica qué demonios ha ocurrido en la transición del folk al neofolk.

Van Ronk, el inspirador de Llewyn Lewis

Ya no es ningún secreto que los hermanos Coen utilizaron a Dave van Ronk (en la imagen) como inspiración para crear a Llewyn Lewis. Aquél era un músico inquebrantable, tanto en lo personal como en lo musical. Con su gorra y su barba, este gigante era uno de los grandes dominadores del Village. No sólo era un músico puro, sino que también supo actuar de mentor para los jóvenes talentos emergentes. Empezando por el propio Dylan. «Era apasionado y punzante, cantaba como un mercenario y sonaba como si ya estuviera de vuelta. Tan pronto aullaba como susurraba y era capaz de convertir el blues en balada y las baladas en blues. Adoraba su estilo, netamente urbano. En Greenwich Village, Van Ronk era el rey de las calles. No tenía rival», evocaría Dylan en sus «Crónicas».

Ignorado durante décadas, Van Ronk recibió en 1997 el premio Lifetime Achievement Award de la American Society of Composers, Authors and Publishers. Lo puso encima de la chimenea y sólo pudo contemplarlo durante cinco años, el tiempo que viviría antes de que su corazón se cansara de soportar las embestidas provocadas por un cáncer de colon.