Walt Disney: no está Mickey, pero sí Warhol

El Real estrena mañana la oscura ópera de Philip Glass sobre el creador, en la que no aparecen sus creaciones por los millonarios derechos de autor

MUERTE DE UN DIBUJANTE: En el montaje, Walt Disney no se quita las botas vaqueras ni al morir
MUERTE DE UN DIBUJANTE: En el montaje, Walt Disney no se quita las botas vaqueras ni al morir

Marceline existe. Es un pueblo no muy grande de Missouri, en Estados Unidos, un pequeño nudo ferroviario donde Walt Disney pasó los mejores años de su vida: su infancia (llegó allí con apenas cinco años). A él, postrado en una cama unas veces, acarreando una bolsa de suero otras, vuelve una y otra vez en los últimos momentos de su vida. ¿Es Marceline como el Rosebud de W. R. Hearst en «Ciudadano Kane»? Apenas le queda tiempo para nada. Tiene 65 años y Roy, su hermano mayor, 72. Sólo puede tomar ya el último tren para viajar con su imaginación a la tierra de nunca jamás que le dio los mejores años de su vida. Ya sólo puede tirar del pasado.

Sombras de un creador

Cuando se levanta el telón del Teatro Real aparece una cama inscrita en un círculo. Allí está tío Walt. Suenan los primeros acordes de la música (toc-toc-toc-toc) e intuimos que el fin del personaje está próximo. Así arranca «The Perfect American», la nueva ópera compuesta por Philip Glass que se estrena mañana en Madrid, coproducida por la English National Opera de Londres y basada en la novela de Peter Stephan Jungk, con dirección musical de Dennis R. Davies y escénica de Phelim McDermott.

Deseo frustrado el de quien espere ver de Mickey Mouse sobre el escenario del coliseo o algún atisbo del Pato Donald: todos esos dibujos eternos, que han hecho y hacen soñar a miles de niños, están presentes en la obra, se insinúan, pero no se ven (cuestiones millonarias de derechos de autor). Pero la pregunta que subyace en este montaje es: ¿cómo era el hombre que repetía de manera insistente: «Durante toda mi vida me he escondido detrás de un ratón y un pato?» En este retrato que recrea los seis últimos meses de su vida hay más luces que sombras. Walt Disney se nos presenta como un hombre que navega en un mar de dudas: teme que después de su fallecimiento no se acuerden de quién es («Dentro de cincuenta años nadie sabrá que Disney fundó esta empresa», se lamenta en un momento) o convertirse en una marca («como Campbell», dice). Tiene frío y pide insistentemente un poco de abrigo a un enfermera, la rotunda Hazel George, a quien llama Blancanieves.

La primera visión que se nos ofrece de Marceline es idílica. Walt y Roy regresan a su pueblo y allí son recibidos por los ciudadanos. Elllos fuman un pitillo (en dos ocasiones estará presente el humo del tabaco en escena), recuerdan, se sienten satisfechos. La cámara proyecta desde lo alto imágenes que revocan a las pinturas de Hopper y otras más sincopadas trazadas en blanco: «Es un reino mágico, el corazón de América», escuchamos. Allí vieron su primera película, «La vida de Jesús».

«Salvar el mundo»

Apenas en unos trazos, declara abiertamente en una curiosa conversación con un autómata que reproduce la figura del presidente Lincoln (Zachary James, un bajo barítono que rebasa los dos metros de altura) su postura sobre los derechos civiles de los negros. Admira a quien fue el decimosexto presidente de Estados Unidos («A los nueve años recitaba de memoria su discurso») y compara los orígenes humildes de ambos, lo que no impidió que salieran adelante: «Cambiamos el mundo. Salvamos al mundo», dice, aunque le echa en cara si era necesaria tanta manga ancha con la población negra, tanta libertad que ha generado una «juventud con pelo largo y una música salvaje», comenta. El segundo encuentro con otro personaje «real», al arrancar la segunda parte, se produce con Andy Warhol, enfundado en un traje de terciopelo granate. ¿Similitudes entre ambos? Aman Estados Unidos, Warhol dice haber nacido el mismo año que Mickey, 1928, y los dos trabajan con ayudantes a los que hay que guiar en el trabajo. Warhol sólo tiene una pretensión: pintarle. «Dígale que le adoro y que somos una misma persona», se despide el artista.

Dentro de este retrato con regusto amargo (racista, anticomunista, egocéntrico en extremo), Philip Glass quiere puntualizar que «no se puede separar a las personas de su entorno. Disney vivió en un tiempo concreto y le marcaron los acontecimientos. Y fue un gran visionario», explica. Cuando la factoría Disney supo del proyecto que tenía entre manos el compositor de «Einstein on the Beach», no hubo bravos ni aplausos, pero tampoco, y así lo ha explicado Mortier, «el menor intento de censura ni de control». Veremos qué opinan del resultado. «The Perfect American» no es una biografía, sino una reflexión sobre un artista en la que se trata de crear una visión de América, porque Disney es el "American dream"», añade el director artístico del Real, que por fin puede ver materializado en escena un proyecto que se trajo en la maleta desde Nueva York (ciudad que acabó cambiando por Madrid al no llegar a un acuerdo económico).

Phelim McDermott, el director de escena, se ha enfrentado a un importante desafío: escenificar una ópera sobre Disney sin utilizar ninguno de sus personajes, nada de la factoría (aunque se intuyen orejas que dan pistas). Cuestión de pago de derechos. Aunque otro de los grandes retos ha sido ofrecer otra perspectiva de un hombre tan popular y sobre el que tanto se ha escrito: «¿Quién es Disney? ¿Es sólo una imagen corporativa o es también un ser humano con una historia ordinaria como cualquiera de nosotros?», se pregunta en voz alta McDermott. «¿Quién es realmente el genio que está detrás de esas creaciones? ¿Wat Disney, que no dibujó ninguna, o sus empleados, que estaban ahí trabajando como hormiguitas?». De hecho, en el libro de Jungk, el personaje de Dantine (cantado en la ópera por Donald Kaasch) lleva el peso del relato. Sobre el escenario, aparecerá en momentos puntuales, cargado con sus bocetos, hojas que van quedando en el camino, siempre desafiante. Al principio, Disney no le reconoce, posteriormente le reprocha que se haya aprovechado de su trabajo. Dantine le acusa de despedirle de la factoría Disney por «izquierdista y antipatriota». El jefe supremo no le quiere escuchar en uno de los momentos más tensos: «Disney es un mago más allá de reconocimiento. Es la inocencia en acción», dice de sí mismo quien ya se había comparado en escenas anteriores con Ford, Edison y Jesús.

La obra, según Davies, «otorgaba un tratamiento universal a los personajes. Es una ópera sobre un gran artista en los últimos meses de su vida». Y advierte de la dificultad vocal que entraña para los cantantes, porque «requiere una entonación vocal perfecta y una seguridad técnica musical absoluta. No perdona una nota en falso. Esto no es Wojcek o "Lulú"», compara. A un día del estreno mundial, ¿qué pasará mañana? Podemos responder como Disney: «Mañana está a un milagro de distancia».