AD10S a Diego Armando Maradona a los 60 años

El astro del fútbol ha muerto por una parada cardiorrespiratoria. Fue operado de un hematoma subdural a principios de mes

El mito de Diego Armando Maradona se ha desprendido de su cuerpo. Una parada cardiorrespiratoria ha acabado con su vida después de ser operado hace unos días de un hematoma cerebral.

Acababa de cumplir 60 años el pasado 30 de octubre, pero no había demasiados motivos para la celebración en su aniversario. Estaba en cuarentena y la gran fiesta que le había preparado el fútbol argentino, que había previsto el regreso de la competición haciendo coincidir el regreso de la competición con el partido que disputaba Gimnasia y Esgrima de La Plata, al que él entrenaba, tendría que haberla visto por televisión. Pero se presentó en el campo, con muchas dificultades, y aquella fue su última aparición pública.

Después llegaron su ingreso por el hematoma cerebral y su enfermedad televisada. La conexión en directo para narrar su traslado en ambulancia al hospital donde lo operaron como si fuera un partido más. Como toda la vida de Maradona. Hace tiempo que la persona y el personaje se confundieron. “No hablen de Maradona porque no saben lo que es ser Maradona. Este pibe, fuera de la cancha, no tuvo vida. No podía. Es muy difícil. A mí me encantaría ser Diego, pero adentro de la cancha. Afuera, no”, decía el día de su 60 cumpleaños en una intervención en Espn Óscar Ruggeri, compañero suyo en la selección campeona del mundo del 86.

La dificultad de ser Maradona es la dificultad de ser el primer futbolista que se convirtió en una multinacional. “Hablar con él hoy es imposible. ¿Llamarlo y que te atienda directo? No. Y eso que estuvimos once años juntos en la selección”, explicaba Ruggeri. “Los mensajes que te mandan sé que no son de él”, añadía.

Maradona vivió siempre atormentado por esa contradicción de no poder ser él mismo sin dejar nunca de serlo. De no poder regresar a Fiorito, la humilde villa que lo vio nacer, porque ya no era Diego, era Maradona. Y no lo dejarían dar un paso sin que lo persiguiera la multitud. Nunca se olvidó de sus orígenes, pero estaba obligado a alejarse de ellos.

“En Fiorito si se podía comer se comía. Si no, no”, contaba en su libro “Yo soy el Diego”. Allí pasó su infancia en una casa con dos habitaciones. Una para los padres. Otra, para los hermanos. “Para los ocho hermanos”, puntualizaba él. Y allí, en Fiorito, aprendió dos cosas, el significado de la palabra “lucha” y a jugar al fútbol. Aunque eso, quizá, ya sabía hacerlo cuando nació.

“Si la Tota [su madre] me mandaba a buscar algo, yo me llevaba cualquier cosa que se pareciera a una pelota para ir jugando con el pie: podía ser una naranja, o bollitos de papel, o trapos. Así subía las escaleras del puente sobre las vías, saltando en una pata, la derecha, y llevando lo que fuera en la zurda, tac, tac, tac…”, contaba Diego. Así iba al colegio. Y así, a todas partes.

Eso no lo perdió tampoco cuando era futbolista. Admiraba igual a los aficionados dando patadas a una pelota de papel de plata que a los compañeros en el vestuario haciendo malabares con los calcetines o con una naranja. Daba igual. La pelota era su vida. Y lo fue hasta el final.

Maradona era “un hombre pegado a una pelota de cuero”, como cantó Calamaro. Y no dudaba en utilizar su habilidad para hacer el bien. El mal, la autodestrucción, lo reservaba para él. En sus años de esplendor, en Nápoles, fue capaz de ir a jugar un partido benéfico a un campo de tierra a Acerra, una pequeña localidad cercana a la ciudad, para recaudar fondos a beneficio de un niño que necesitaba una operación en el paladar. Era el pueblo de su compañero Puzone, que lo acompañó en la aventura a pesar de la oposición del club. Pero Diego no pidió permiso, juntó a un equipo, en el que también estaban su compañero y su hermano Lalo. Los vistió a todos con la camiseta del Nápoles, marcó dos goles y donó 15 millones de liras de los 20 que se necesitaban para la operación. Los otros cinco los consiguieron de sobra con las entradas vendidas a las 12.000 personas que llenaron un campo con capacidad para 5.000.

Ese también era Diego Armando Maradona. El que se marcha ahora en el mismo día en que fallecieron su amigo Fidel Castro y otro tormentoso ídolo del fútbol, George Best. Se va el hombre. Queda el mito.