Ciclismo

Apoteosis y despedida del “landismo”

Mikel Landa atacó en la etapa de los Lagos de Covadonga, pero se bajó de la bicicleta antes de llegar a la cima

Mikel Landa
Mikel Landa FOTO: Manuel Bruque EFE

El landismo ha pasado de ser un género cinematográfico a convertirse en una forma de vivir el ciclismo. Por eso Mikel Landa es algo más que un ciclista. Es una esperanza continua que frecuentemente acaba con final infeliz. En un momento de crisis para el ciclismo español, Landa es un motivo para soñar.

Desde que fue podio en el Giro de 2015 por detrás de Contador y de Fabio Aru, por entonces compañero suyo en el Astana, se espera de Landa que regrese a las posiciones principales de una grande. Pero son ya seis años de espera sin resultados. No gana una etapa en una grande desde 2017.

No eran pocos los que le imaginaban en el podio en esta Vuelta, más como deseo que como análisis realista. Pero se ha despedido sin opciones y antes de tiempo. Se bajó de la bici antes de llegar los Lagos, pero antes dejó un detalle de esos que se le piden a Mikel. Atacó en la primera subida a la Collada de Llomena, a cien kilómetros de meta Un fuego de artificio, quizás, una manera de comprobar si estaba en condiciones de ir a algún sitio. Y vio que no, que el único lugar al que tenía sentido ir era a su casa. Y se retiró antes de comenzar a subir los Lagos.

Landa estaba en el puesto 27 de la general, a más de 48 minutos de Eiking, el líder antes de comenzar la etapa que conducía a los Lagos. Era consciente de que su única oportunidad de brillar era ganar un tiempo. Un imposible en sus condiciones.

Mikel llegó la Vuelta después de ganar la Vuelta a Burgos, pero aún no recuperado completamente de la caída que sufrió en el Giro en la que se fracturó la clavícula y cuatro costillas. “Vengo como vengo”, decía, y parecía más una excusa que una confesión. Pero Landa venía como venía y la Vuelta se le hizo larga desde el principio.

Ahora ya está en casa, cerca de cumplir los 32 años y sin contrato para la próxima temporada. Con otra oportunidad perdida por la mala suerte y con la duda de lo que pudo haber sido y no fue. Pudo ser podio en el Tour de 2017. Le sobró un segundo y algo de trabajo para Froome, pero el año pasado volvió a ser cuarto. Como en el Giro de 2019, cuando llegaba como líder de Movistar y acabó trabajando para Carapaz.

Nunca se ha escondido cuando le ha tocado trabajar para otros. Lo hizo con Aru en el Astana, cuando parecía estar en el mejor momento; con Froome en el Sky y con Carapaz en Movistar. En Bahrain es el jefe, pero le ha faltado suerte.

Aunque la esperanza nunca se pierde. El landismo sigue vivo.