Clay vs. Mayweather

Floyd, a lo Cassius, se ha autoproclamado número uno del mundo desde el siglo de Platón al actual: «Soy el mejor». Ali dijo: «Soy el más grande»

A la gente le gusta comparar. El hombre, como España, es plural. España, como se sabe, ha pasado de la castaña de ser una, grande y libre, a ser lo que ahora es: comunitaria, asimétrica y diversa.

–¿A que es mejor esta España? –interroga, comparando, un viejo del lugar.

Comparar: he aquí uno de los juegos del ser humano, como digo. Ciento cincuenta países (¿cuántos hay en el globalizado planeta azul? ¿Más de doscientos? Tengo que comprobarlo) verán en la madrugada del domingo (hora española) el combate del siglo entre Floyd Mayweather y Manny Pacquiao.

–¿Son tan excelsos estos pegadores como se proclama?

El marketing, hoy, lo es casi todo: en sociología, en economía, en política, en deporte. Los «medios» de todo el mundo, pero especialmente los de los 150 países que han telecomprado el enfrentamiento (un pastón hipergaláctico), llevan días avivando con leña y gasolina de letras, voz e imágenes el acontecimiento pugilístico.

–Para inflamar la emoción y el interés, y para que no decaigan ni el interés ni la emoción.

Así es. Es la pelea del siglo porque el siglo XXI es todavía un recién nacido. El boxeo, tan poco reputado por la progresía de la izquierda, le gustaba incluso a Oscar Wilde. Oscar se calzó los guantes dos o tres veces, bailó con ellos (poco, no era ágil físicamente) y apenas rozó la cara de sus contrarios.

–Este entretenimiento –dijo– no me va. No sé dar y me dan.

Lo dejó. Lo suyo era Grecia, la cultura griega.

–Oscar, que los griegos boxeaban.

–«Yes». Pero es que para que el boxeo –replicó– sea divertido, hay que dar, no que te den.

Ahí quedó la experiencia y la frase del señor Wilde.

He visto peleas de los dos protagonistas del combate del siglo.

–¿Quién le gusta más?

El boxeo es como el fútbol. El gol del boxeo es el puñetazo, la efectividad del tortazo. La estética es el complemento indirecto tanto en el fútbol como en el boxeo. Floyd Mayweather, a lo Cassius Clay, se ha autoproclamado número uno del mundo desde el siglo de Platón (a quien le gustaban todos los deportes) al actual:

–Soy el mejor.

Cassius era más aristocrático:

–Soy el más grande (de Grande, título nobiliario).

Lo fue y sigue siéndolo. ¿Lo ven? He caído ya en el humano cepo de la comparación. Como Cassius, o Muhammad Ali, que tanto monta, no ha habido nadie.

–¿Está usted seguro?

–Soy fiable. Soy como Rajoy, fíense de mí.

Clay era elegante, alto, elástico, veloz, bravo, con inteligencia, prudentemente inteligente, y sabía recostarse (refugiarse, vaya) en las cuerdas como nadie.

Yo –dijo riendo una vez– no sabría boxear en un cuadrilátero sin cuerdas.

Se cimbreaba entre ellas como flexionaba las piernas: con gracia, raudo. Comenté dos peleas suyas para TVE, las dos a quince asaltos. Contra Brian London y contra Karl Mildenberger. A éste lo «toreó», en Fráncfort, como toreaba Luis Miguel Dominguín (fue el número uno de su época, según él).

–Es más bonito que boxeador –dijo de él Cassius Clay, acabado el combate.

No, admirado Mayweather. El mejor y el más grande, para uno, ha sido Cassius.

–Se le nota a usted que es forofo de Cassius.

De Cassius en boxeo, sí, como de Di Stefano en fútbol. A nadie he visto hacer lo que a ellos: plurifuncionales.

Mayweather, sin embargo, es bueno también, muy bueno. Y listo, muy listo. Y desconfiado, muy desconfiado. No es de los que se arremolina o pierde la calma. Sabe medir las distancias. Evita, de poder, el cuerpo a cuerpo, si bien cuando no hay más remedio tiene mañas –¿marrullerías a veces?– para zafarse y huir de ese lance que dice que le entorpece.

–Cuando boxeo –opina–, me gusta ver. En el cuerpo a cuerpo no se ve. Un cuerpo contra otro cuerpo es bulto, no es boxeo.

Quizá tenga razón. Tampoco a los árbitros les gusta el barullo de dos cuerpos abrazados. Otra habilidad del americano es que «sabe» marcar las distancias y «hacer sombra».

–¿Qué es eso?

–Moverse, saltar, bailar, «gambetear» con el cuerpo. En eso sí que recuerda a Cassius, si bien no con su brío y brillo.

No voy a recrearme en lo que reiteran desde hace días los periódicos: «Mister Money» suma dinero como algunos países europeos suman paro laboral.

–El dinero es tan adorable como el boxeo – asegura este Creso con guantes.

No miente Floyd Mayweather Jr. Gana siempre: boxeando (47 combates y 47 victorias) y con el sustancioso dividendo las bolsas. No miente tampoco cuando ostentativamente declara:

–Nadie, en la historia del boxeo, ha ganado lo que he ganado yo.

En esto, sí es más «grande» que Clay.

Su rival es otro crack. El filipino Pacquiao es cuatro centímetros más bajo –ligera desventaja– pero en cambio –ventaja– es terriblemente y peligrosamente zurdo. Si hay que hacer caso de lo que opinan los «sabios» en boxeo, Pacquiao sólo tiene un modo de vencer: arrollando con el tornado de su velocidad y agresividad a «Mister Money» en los tres o cuatro primeros asaltos.

–Si en esos asaltos, lo caza, lo que no es fácil, ganará; de lo contrario, perderá.

Así se manifiesta la mayoría. El filipino, como el futbolista Chicharito, tiene un «amo espiritual» en el que cree a pies juntillas: Dios.

–Nací –refiere el púgil filipino cuando se le pregunta– pobre. Pobre de comida y hasta de agua. Nací así porque Dios lo quiso. Dios, luego, también porque así lo quiso, me hizo boxeador y campeón. Yo soy yo y lo que Dios quiere que sea. Respeto a Mayweather –no es fanfarrón– , claro que lo respeto. Pero a lo mejor Dios quiere que le gane.

No sé qué hará usted, pero yo, mañana, madrugaré para ver el combate.