El único, el inigualable

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No hay nada más triste que ver cómo se apaga la última bombilla del juego de luces de un concierto, baja el telónde una obra de teatro que te ha emocionado o deja de brillar una estrella, y más si es el astro que más ha brillado en la constelación del pugilismo. Se nos ha ido el más grande, ese hombre de ébano que llenó estadios alrededor del mundo, que nos hizo vibrar a los que le vimos en diferido e hizo temblar a los que le vieron en directo. El único, el exclusivo, el inigualable, el que picaba como una avispa y volaba como una mariposa. La persona que sacrificó todo. Había luchado por unos ideales, sí, y le quitaron la licencia de boxear, pero no su espíritu. Durante muchos años no desarrolló su trabajo ni sus sueños por no desobedecer a sus principios. Podrá ser querido y odiado, pero jamás, olvidado.

–Ali, yo besaré por donde pise, puede que sí o puede que no esté de acuerdo con sus ideas, tanto políticas como pugilísticas, pero siempre estaré con usted como persona.

Peleó en el ring y fuera de él: los peores golpes se los llevó lejos de las 16 cuerdas. Nunca sabré cuánto había de persona o personaje, pero no cabe duda de que fue el protagonista de esta película llamada boxeo. Pertenecía a la terna de bocachanclas pugilísticas, junto a Jack Johnson y Floy Mayweather, tres de los boxeadores más grandes que no sobresalieron sólo por su calidad sino por una lengua viperina que llegaba al Empire State y daba la vuelta. Pero siempre destacará, y tardaremos mucho en volver a ver otro personaje como Cassius Clay. El boxeador que hacía de cada combate un espectáculo mediático con su bocaza. Ali mamó las enseñanzas del primer campeón del mundo de peso pesado negro, Jack Johnson, que era liarla un día y el otro, también. Aplicó esa lección y la desarrolló al máximo. Apoyado por su técnica incontestable y unas armas dialécticas fuera de lo común, hizo de su nombre leyenda. A veces se nos olvidará que quedó dos veces campeón mundial, en dos épocas distintas, y eso en boxeo no tiene parangón. Una en la máxima esencia del picoteo insectil y el vuelo amariposado y otra, años más tarde, cuando sus pies ya no bailaban como Fred Astaire, aunque su ración de testiculina rebosaba por las orejas: que lo cuente Foreman en esa noche aciaga de Kinshasa. Podríamos tirarnos horas relatando sus momentos heroicos, tanto dentro del encordado como fuera, pero ahora sólo le tengo en mi retina jadeando alrededor del Señor en el cielo. Le veo fintando a San Pedro y revolucionando a los ángeles, convenciéndoles de que el boxeo es el arte de pegar y de que no te peguen. Este aprendiz de entrenador ya le echa de menos. Sé a ciencia cierta que nunca se irá, que en nuestras mentes se mantendrá inmortal. Pero derramo una lágrima porque «el más grande» nos ha dejado, aunque una leyenda tan grande nunca nos abandona del todo. Ali, gracias y buen viaje.

*Entrenador de boxeo y boxeador