Fútbol
Carlo Ancelotti cuenta en "El sueño" sus Copas de Europa y su arma secreta: pasta con salsa de salmón
El ex entrenador del Real Madrid ha escrito sobre su legado en Europa, su relación con los futbolistas... y lo que siempre come antes de un partido
Cuando un futbolista juega un partido en un equipo capitaneado por Bertolucci contra otro liderado por Pasolini, sabe que lo que le depara el futuro solo puede ser excepcional. Carlo Ancelotti era entonces un juvenil del Parma y lo llamaron porque aquellos dos directores de cine habían decidido resolver sus diferencias en un campo de fútbol. Bertolucci le dijo a Pier Paolo Pasolini que Ancelotti era un mecánico contratado para un rodaje.
Y después de aquello: siete Copas de Europa. En el libro «El sueño», Ancelotti repasa su legado continental, único en el mundo, y revisita las finales que ganó, las que perdió (como aquella de Estambul) y las lecciones que lo convirtieron en un entrenador flexible, afectuoso y ganador.
Un mal comienzo
Su historia europea, sin embargo, no comenzó en la gloria, sino en la ausencia: la final de 1984, la que vio desde la grada del Olímpico de Roma, lesionado, sin poder ayudar a la Roma en su ciudad. Desde allí contempló cómo el Liverpool convertía la noche en un examen insoportable. Vio las «spaghetti legs» de Grobbelaar, el fallo de Graziani, el silencio posterior. Aquella herida fundacional sería el comienzo de su trayecto.
Pero su aprendizaje futbolístico y personal comenzó con la humanidad de Nils Liedholm, un entrenador que equilibraba todo con una ironía que desarmaba a cualquiera. Carlo recuerda el día en que el sueco descubrió a varios jugadores en un coche con dos mujeres: en lugar de regañarlos, se inclinó por la ventanilla con naturalidad preguntó: «¿Hay un huequecillo ahí para mí?». Liedholm le enseñó que la autoridad no se impone; se contagia y ahí está la madera de un líder.
El contraste llegó con Arrigo Sacchi. En el Milan, Ancelotti descubrió un rigor casi quirúrgico. Sacchi unía a sus jugadores con una cuerda para que interiorizaran las distancias entre línea. Pero la relación con los jugadores acabó siendo insoportable. Por eso, en su transición al banquillo, decidió que, a pesar de todo, no sería un imitador de Sacchi.
En la Juve aprendió que no en todos los lugares encaja el alma. Pero de eso le sobraba en el Milan, un lugar donde tuvo que torear con la autoridad. En una semifinal de Champions, Berlusconi irrumpió en el vestuario exigiendo cambios tácticos. «Tienes que cambiar a los laterales», ordenó. Ancelotti, sin perder la compostura, respondió: «Vale, no te preocupes, puedes irte». No cambió nada. El Milan ganó y el entrenador italiano entendió que, a veces, hay que saber plantarse.
El triunfo en el Real Madrid
Tuvo que llegar al Real Madrid para volver a ganar Copas de Europa. En el Santiago Bernabéu su habilidad emocional fue su gran tesoro. Modric recuerda cómo, en una pretemporada en la que ambos estaban solos en España, Ancelotti lo invitó a cenar. Y, así, conquistaron la Décima. El año siguiente llegó el golpe de humildad. Fue despedido.
Y aun así, el fútbol lo llevó de vuelta al Madrid. Cuando Florentino le llamó para confirmar su regreso, Carlo viajaba en tren. «Por favor, que el tren no pase por ningún túnel». No pasó.
Volvió para las noches que desafían cualquier manual. Como la remontada al Manchester City, cuando retiró a Kroos, Casemiro y Modric para apostar por Camavinga, Rodrygo y Asensio. «¿Seguimos igual o cambiamos?», preguntó a Kroos y Marcelo, a su lado en el banquillo. Ese es Carlo. En la final de Wembley ante el Borussia Dortmund, tras una primera parte dolorosa, los jugadores le dijeron: «Nos cuesta presionar» y Ancelotti ajustó el equipo sin ningún problema.
Solo no ha cambiado una cosa antes de los partidos más decisivos. El entrenador pragmático, cercano, abierto, no varía su plato en la comida: pasta con salsa de salmón y brócoli, seguida de una siesta. Es el único momento de calma antes de que su corazón suba a 120 pulsaciones en la charla previa al partido.
Esa que, tantas veces, conduce, a la victoria.