Fútbol

De 7 a 15h, cargar palés; a las 21h, jugar el partido de la Copa del Rey

Óscar Quesada, de 44 años, juega mañana con el Mancha Real, el equipo más humilde de los dieciseisavos, contra el Athetic

Óscar Quesada
Óscar Quesada FOTO: La Razón (Custom Credit)

Óscar Quesada no termina de entender a los padres que exigen tanto a sus hijos en los partidos de niños. Algunos se pasan los noventa minutos dando instrucciones como si fueran los entrenadores y, sobre todo, como si pudieran convertir a su chaval en una de esas estrellas que ven en la tele y que, sueñan, les sacarán de los problemas económicos y de la incertidumbre: «Están muy equivocados, he visto padres que vienen con los pequeños y no paran de gritar: ‘’ábrete, controla bien’'. Hay que dejar que los niños disfruten, que ninguno o casi ninguno de ellos, por estadística, va a llegar a la élite. Lo que hay que hacer es que se lo pasen bien y luego el destino ya se decidirá».

Óscar Quesada va a cumplir 44 años, empezó en el fútbol a los 15 y el jueves va a jugar, como medio centro del Mancha Real, el partido de Copa contra el Athletic, después de haber eliminado al Granada en la anterior eliminatoria. «El fútbol te va dando sorpresas. Yo no me imaginaba jugar en Segunda y lo hice con 34 años. En Segunda B, con 30; y ahora no me esperaba disputar estos encuentros de la Copa del Rey». Quesada es el ejemplo perfecto para los padres exigentes: el fútbol tiene que ser una pasión, un camino, pensar en él como una salvación no es más que una fantasía.

–«¿Has hecho dinero?»

«He ganado para mileurista. Cuando llegué a Segunda, con 34 años, con el Jaén, había un mínimo para cobrar, que era bajo. Era el primer año nuestro y la ficha para poder jugar era 25.000 euros... Tuvimos que pagarlo nosotros».

Llegó en 2017, de nuevo, al Mancha Real, donde ya había estado en 2002. Llegó por el plan deportivo pero también porque buscaba estabilidad y un horizonte. Su mujer es de ahí, tienen una hija. «Los últimos años lo del trabajo me quitaba el sueño. Me decía: ‘’dónde voy, sin experiencias’'», cuenta por teléfono. En Mancha Real le ofrecieron fútbol y empleo en la fábrica. «Tenemos muebles de cocina, llevo el stock y cada día me preparo para cargar los palés». Más o menos su rutina es trabajar y jugar o entrenar. No descansa ni el día que hay partido grande. «Cuando jugamos contra el Granada trabajé de 7 a 15 horas, después descansé un poco y a disputar el choque. Contra el Athletic, como es fiesta, no tengo que trabajar por la mañana». Entrena todos los días menos el martes y suele jugar el domingo. Su jornada empieza a las 7 de la mañana en la fábrica, llega a casa para comer, toma una siesta y se va al entrenamiento, hasta las 20 horas. «Apenas veo a mi mujer y a mi hija, pero ellas son las que me animan a seguir. Es verdad que los últimos años he pensado en la retirada». Y en dejar, por tanto, los sacrificios: «Quiero, sobre todo, estar con la familia, hacer cosas simples como ir a un cumpleaños y todas esas cosas que me he perdido con ellas. Cuando lo deje, voy a intentar disfrutarlo. Quiero darles todo el tiempo que no he disfrutado con ellas, pero como me veo bien...», continúa.

Si sigue, es por amor al deporte, porque eso es más fuerte que casi todo. «De pequeño estaba siempre con el balón y luego, cuando ya me dedicaba a esto, cogía trabajos que me permitían jugar al fútbol. Fui cajero en Carrefour, estuve repartiendo con furgonetas, llevé una página web y cuando empecé también fui camarero en mi pueblo». Había que trabajar, pero había que jugar.

Toda su vida ha sido mediocentro, aunque de joven, con más fuerza, también fue central y alguna vez jugó más adelantado. Cuando ve fútbol, y eso es muchas veces, se fija en cómo se mueven los mediocentros, cómo bajan a recibir, cómo ayudan, descargan, se colocan. De Milla y el gran Redondo a Xabi y Busquets. Como todos los niños soñó con la gloria y jugar contra equipos de la élite. En el Jaén ya se enfrentó al Atlético y ahora, con casi 44 años, el Granada y el Athletic. Es bonito, pero más lo fue el camino.