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La madre del golfista: «Estuvo a punto de nacer en el club»

Consuelo Fernández recuerda que trabajó en la tienda del campo hasta unas horas antes de ponerse de parto.

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La voz de Consuelo atruena, jovial y cariñosa, desde Leeds, en el norte de Inglaterra, donde la madre de Sergio García pasa la Navidad junto a su hija Mar, su yerno, el futbolista internacional Pablo Hernández, y su nieto Eric, un mocoso zurdo que demuestra tanta habilidad con los palos de golf como con el balón. «Puestos a elegir, prefiero que sea golfista, así no le dan patadas». Andaluza de Almería a la que se le ha pegado el acento castellonense, pregunta con retranca si «esto se está grabando... Oye, mejor que no porque voy por la calle y como esta gente conduce al revés, a lo mejor me atropellan».

Pasar las fiestas en familia es un extraño lujo para la familia García Fernández, ya que el yerno futbolista carece de vacaciones desde que su carrera viró hacia el Golfo Pérsico, primero, y luego al Reino Unido, mientras que a Sergio y a su hermano les toca este año con la familia política. «El año pasado sí estuvimos en Suiza», donde el campeón del Masters tiene su residencia, «pero faltaba Mar porque Pablo siempre juega muchos partidos en la semana de Navidad». Y hacerlo en casa... es un imposible «desde que Sergio tenía trece o catorce años y se iba el 20 de diciembre con su padre a Florida para jugar la Orange Bowl», legendaria competición para jóvenes talentos. «A mí me tocaba coger a los otros e irme a pasar unos días a Almería con mi familia», relata Consuelo.

Un hijo del golf

Se exagera a menudo cuando se afirma que tal deportista estaba predestinado a convertirse en una estrella, pero no es el caso cuando se habla de Sergio García, quien «casi nace en el club». Así se refiere la familia del «Niño» al Club de Campo Mediterráneo, el predio castellonense, ubicado en la vecina Borriol, donde el padre del campeón, Víctor, era profesional y dueño de la tienda de material. Su mujer «era la única trabajadora» del negocio y estuvo «detrás del mostrador hasta la noche en la que nació Sergio, que vino de madrugada. Si se llega a adelantar el parto unas horas, nace allí mismo». Su precocidad puede deberse, así, a que «agarró antes los palos que el chupete, como quien dice».

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La irrupción de Sergio García en la élite, en 1999, no fue una sorpresa para quienes, desde muy joven, sabían los sacrificios que estuvo dispuesto a afrontar un golfista perfeccionista hasta las lindes de la obsesión y competitivo como pocos. Un hombre que ha logrado, en este 2017 que termina, ese título «major» que se echaba en falta en un palmarés suntuoso, una carencia que sus detractores se empecinaban en señalar como el inequívoco síntoma de un carácter perdedor. «El año ha sido increíble en lo deportivo porque el triunfo de Augusta es el colofón a una carrera, pero también ha sido bueno en el plano personal, con la boda y su próxima paternidad». Sergio y su esposa, la periodista estadounidense Angela Kins, serán padres de una niña en marzo. «Estamos deseando que llegue», asegura la feliz abuela, quien espera que igual que el matrimonio le trajo a su vástago una chaqueta verde debajo del brazo, la criatura llegue «por ejemplo, con una victoria en la Ryder Cup». Y es que la legendaria competición por equipos, que se celebrará entre el 28 y el 30 de septiembre en Le Golf National (París) nunca ha dejado de ser un objetivo de primer orden para Sergio, casi una fijación.

Consuelo vivió el título logrado el pasado Domingo de Ramos en Augusta como «un gran momento». La carrera de García, un prodigio de fiabilidad que lleva casi dos decenios sin apearse de la élite del golf mundial, «ya era estupenda, pero un título así hace que merezca la pena todo el esfuerzo que ha hecho desde que era un niño». Testigos presenciales de aquella última vuelta en Georgia recuerdan la confianza que destilaba en el triunfo de su hijo, incluso en los momentos en los que la tabla se apretaba más. Será por eso que madre no hay más que una.

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