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Llull entierra con España "dos años de mierda"

Los números de Rudy Fernández en el partido ante Australia (2 puntos, 5 rebotes, 3 asistencias y 3 robos) no sirven para explicar su actuación sobre el parqué. El capitán de la selección estuvo enorme en defensa, un maestro en esos intangibles que no aparecen en las estadísticas, pero que deciden medallas. Fuera de la cancha, Rudy también se ha crecido en el rol de veterano. Es el único jugador, junto a Marc Gasol, que se colgó el oro en Saitama en 2006 y representa el lazo de unión entre dos generaciones que ahora se miran a la cara en la final de un Mundobasket. «Hemos aprendido mucho de los mayores», reconoce Llull, otro de los protagonistas de la agónica victoria frente a Australia.

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Gritó varias veces con rabia el de Mahón y cuando eso sucede son buenísimas noticias para los suyos y un drama para el rival. Scariolo ha confiado siempre en Llull para jugarse los balones calientes y su grave lesión de rodilla no ha hecho que los planes del técnico cambien. El base del Real Madrid siente que «lleva dos años de mierda en lo personal» desde que se rompió la rodilla, y aunque eso no sea exactamente así, necesitaba una actuación como la de ayer para pasar la página de manera definitiva. «En esos momentos pones el alma y el corazón y no piensas demasiado», reconocía después de haber ejecutado a los «aussies» con dos triples en la prórroga definitiva. La maldita rodilla le ha hecho dudar en algunas ocasiones, aunque no lo hizo en Pekín.

Fue el Llull de siempre, el de las mandarinas, el que va al frente y si acierta desata el éxtasis y, si no, pone el pecho a las críticas y a aquellos que ya lo sabían, porque lo saben todo cuando el partido ha acabado. Sergi fue el mejor español con diferencia en la estadística del +/-. Con él en pista, el saldo para la selección fue de +17, justo los puntos que hizo el madridista, un monstruo cuando no hay vuelta atrás. Su juego dos para dos con Marc Gasol reactivó a España y sus dos triples terminaron de romper la dura resistencia de Australia. «Todos sabéis que Llull no va a fallar ésas», decía en Twitter Luka Doncic. «Ésas», son los dos triples cuando la bola abrasaba de verdad. Cerró los puños Llull y gritó enloquecido como en sus mejores tardes con el Real Madrid.

El destino le hizo un guiño con la misma camiseta con la que su rodilla derecha estalló en un amistoso hace poco más de dos años. Un calvario con la operación, la recuperación, la vuelta a la pista, al grupo y a la competición... Un proceso largo que le ha costado quizá más de lo que todos esperaban y que le ha hecho irse algunos días con amargura al vestuario. Él siempre quiere ser el líder, el salvador, y no siempre ha podido últimamente. Por eso, con el trofeo de la última Liga Endesa en las manos, le salió del alma esa reflexión de los dos años malos en lo personal. Las palabras de un ganador nato, que siempre recordará Pekín como el lugar en el que volvió a sentirse realmente en plenitud con la «familia española». Porque presumió de físico para ser decisivo en ataque mientras «secaba» en el otro lado de la cancha a Patty Mills, el diablo australiano que casi deja fuera a España. No le permitió ni recibir en los últimos ataques, bajando el culo y presumiendo de piernas frescas tras casi 40 minutos en pista.

Fue de los que más jugó junto a Marc, Ricky, Claver y Rudy, el capitán, el cordón umbilical entre generaciones, que se acordó del trabajo de los «chavales de las ventanas», los secundarios que clasificaron a España para el Mundial mientras los jugadores de NBA y Euroliga seguían con sus equipos. Rudy les dio parte del éxito, porque también es suyo, y demostró que su madurez también es importante para el grupo de Scariolo. No tiene el físico de otros tiempos y su espalda está lo suficientemente golpeada para que tenga cuidado al entrar a canasta, pero intuye la línea de pase antes que nadie para robar el balón y siempre mete alguna mano que estropea la jugada del rival. La de este verano en China será su décima medalla con la selección desde el oro mundial en 2006. A sus 34 años ha vivido en primera persona toda la edad dorada del equipo nacional, donde ahora se encarga de transmitir los valores ganadores a los que llegan nuevos. Porque España pensaba que le tocaba una etapa de transición tras el adiós de los júniors de oro, pero el ADN no engaña y está impregnado en la camiseta.

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