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No es una brecha, es un abismo

  • Una aficionada en el estadio de Valenciennes, donde se disputaba el Alemania-España
    Una aficionada en el estadio de Valenciennes, donde se disputaba el Alemania-España /

    PHIL NOBLE / REUTERS

Valenciennes.

Tiempo de lectura 2 min.

12 de junio de 2019. 19:41h

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Humberto Montero.  Valenciennes. 12/6/2019

A poco más de un par de horas del partido entre España y Alemania, nada hacía presagiar en Valenciennes la celebración de uno de los duelos futbolísticos por excelencia. La fan zone montada por la FIFA en la Place d’Armes de la coqueta localidad francesa, donde se vivirá otro cara a cara mítico (Brasil-Italia) se asemejaba más a un escenario abandonado del espagueti wéstern almeriense que al epicentro de una previa mundialista. Apenas dos docenas de jóvenes locales repartían balonazos bajo la lluvia fina con un aire más bucólico que eufórico.

Ni siquiera las banderolas rojigualdas o las enseñas de Holanda, Brasil, Alemania, Australia, Camerún y la tricolor italiana, lograban dar el ambiente de las grandes citas a las desangeladas calles. A la hora del almuerzo en España –donde más tarde se come en el Universo conocido– la estampa era la siguiente: algunos seguidores alemanes desperdigados, escasos españoles, cuatro parejas de ingleses y un escocés “enfaldado” en su “kilt”. Imaginen esa mega fan zone en las horas previas a un México-Nigeria de un Mundial masculino: hordas mexicanas ataviadas con caretas de luchadores y sombreros de mariachis junto a hinchas africanos ensortijados en todo el Pantone del colores habidos y por haber; bares a reventar, música a todo volumen, cánticos, risas y un jolgorio desbordante vigilado por la Legión extranjera al completo. Y, por supuesto, centenares de hinchas ingleses y escoceses “enfaldados”, capaces de tragarse casi cualquier partido de un Mundial. La brecha del deporte femenino existe y es brutal. Bastaba con darse una vuelta por el centro de Valenciennes.

Pero, por ventura, este abismo que separa el fútbol femenino y el masculino, y casi cualquier otra disciplina deportiva, se está acortando con el paso del tiempo. Y es que, solo una hora y media después, las proximidades del Stade du Hainaut bullen con el gentío que, ahora sí, acude a una cita histórica para esta minúscula ciudad. La incomparable distancia entre el fútbol masculino y femenino no puede empañar la realidad: algo así hubiera sido impensable hace apenas unos años. Estadios llenos, buenas audiencias televisivas y una organización sin nada que envidiar y, lo que es aún más alentador, la evidencia de que el deporte femenino sí atrae y sí interesa. Hay un abismo, pero es más chiquito.

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