No hay ninguno

Rafa es el único tenista que ha conseguido ganar diez veces uno de los cuatro «Grand Slam» y el mejor deportista español de la historia

Rafa es el único tenista que ha conseguido ganar diez veces uno de los cuatro «Grand Slam» y el mejor deportista español de la historia.

La Décima en Roland Garros, así en la tierra como es Nadal. Nadie ha ganado diez veces el mismo «Grand Slam»; la mayoría, ni siquiera diez entre todos. Esfuerzo sobrehumano, confluencia de astros y empeño individual. Federer y Sampras llegaron a siete triunfos cada uno en Wimbledon. En Australia, media docena de Djokovic. En Estados Unidos, otra vez el dúo Sampras-Federer, cinco por cabeza. Cada victoria, un hito. Documentales, biografías, páginas y páginas de periódicos, gestas; hazañas que empequeñece el junio nadaliano en París. La arcilla es su hábitat, superficie que domina como nunca jamás lo ha hecho nadie, ni siquiera Borg, que alzó seis Copas de los Mosqueteros, y como nadie jamás en hierba o en pista dura. Rafa agiganta una leyenda que no para de crecer. Es eterno. En París se ha hecho mayor y mejor tenista. Agassi insiste en que no ha habido ni hay otro como Nadal, ni siquiera Federer. Palabras mayores. Ahora incluso parece mejor que antes porque contrarresta el físico que los años se encargan de limar con un juego de calidad suprema: mejor revés, mejor servicio, más agresivo y la ambición de siempre. Incluirle en el elenco de los mejores deportistas españoles de la historia es lo suyo; proclamarle el mejor deportista español de la historia no es tan exagerado. Lleva una docena de años asombrando. Y sigue. Sufre y se reinventa. Como Rafa no hay ninguno.

Santana, Nieto, Ballesteros, Indurain. Cuatro gigantes en el santoral del deporte español. Descubridores de sentimientos y de mundos, en los casos del tenista, del motociclista y del golfista, apenas explorados. El ciclista coronó cumbres que antes Bahamontes y Perico tantearon y, como suele suceder en este país, de inmediato alcanzó el honor de ser nombrado mejor deportista español de todos los tiempos, con permiso de los pioneros. Luego, mientras Nadal hacía su camino, surgieron Fernando Alonso, Pau Gasol, Xavi, Casillas, Iniesta. Cada éxito colectivo o individual –en el caso del piloto– promovía una ola nacional de gozo que consistía en elevarlos a los altares y compararlos con todos los demás. Éste de la confrontación, del parangón, es el otro deporte patrio, tan diabólicamente hábil en derribar ídolos como experto en encumbrarlos. Con Rafa no hay discusión. Y tampoco es necesario. El reinado presente no es excusa para renegar de los anteriores.

En el Parque Kruger hay 114 especies de reptiles, 49 de peces, 34 de anfibios, 507 de aves y 147 mamíferos, pero destacan los «Cinco Grandes»: león, leopardo, rinoceronte, búfalo y elefante. Todos, necesarios.

Nadal, que es como es, humilde y sencillo, antítesis de la arrogancia, congenia con todos y nunca ha utilizado sus calamidades para destacar sus logros ni para justificar una derrota. El empeine, la rodilla, la espalda, la muñeca. Lesiones incómodas, dolorosas, lacerantes, persistentes. Adversidades que llegaban de una en una o en bandada. Heridas que en otros cuerpos serían incurables y en otros cerebros, la inminente retirada. Lisiaduras endemoniadas que le señalaron el camino de salida y contestó con regresos apoteósicos. Como si de cada hospitalización volviera nuevo y reinventado. Pero siempre, siempre, con dolor, algo tan suyo e intrínseco como sus increíbles victorias y su manera de celebrarlas.

Verle abrazado a la Copa de los Mosqueteros, como si no tuviera otras nueve, y emocionado al escuchar el Himno español, es un ejemplo tan colosal que devuelve la ilusión a quienes creen que en este país sólo hay arribistas y chorizos.