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Economía

Una vuelta de tuerca al capitalismo

El Foro de Davos se reunirá esta semana con la intención de redefinir el sistema económica para hacerlo más sostenible, perfeccionar el reparto de la riqueza y que las empresas sean menos individualistas

La revolución industrial, hace ya más de 200 años, consolidó el capitalismo. La posibilidad de escalar en la pirámide social aumentó y el individualismo pasó a ser la seña de identidad de la civilización occidental. Y lo más importante, la maquinaria se convirtió en la propiedad privada que diferenciaba a los ricos que la poseían del resto. Pero gracias a la necesidad de mano de obra en las cadenas de producción se extendió la clase media, el uso de los salarios monetarios y el dinero ganó protagonismo en los mercados. Ahora, otra revolución, la tecnológica, amenaza con destruir el capitalismo porque se ha concentrado la riqueza, estrechado la clase media; las cadenas de producción exigen una revisión porque son altamente contaminantes, el dinero físico se está sustituyendo por el virtual, el ascenso social se dificulta y se ha abierto una brecha entre una sociedad cada vez más colectivizada y unas empresas aún individualistas. El Foro de Davos 2020, que se reúne la próxima semana, pretende rescatar al capitalismo de su caída y, para ello, han elaborado un manifiesto que resulta un tirón de orejas a las grandes corporaciones.

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Advierte de que las compañías «no funcionan únicamente para sus accionistas, sino para todas las partes involucradas: empleados, clientes, proveedores, comunidades locales y la sociedad en general». También de que una multinacional «es en sí misma un grupo de interés (como los gobiernos y la sociedad civil) al servicio del futuro global». Pero el punto fundamental del texto es el siguiente: «Una empresa es más que una unidad económica generadora de riqueza. Atiende a las aspiraciones humanas y sociales en el marco del sistema social en su conjunto».

El investigador de Economía del Instituto Universitario de Investigación en Estudios Latinoamericanos (IELAT) de la Universidad de Alcalá (UAH), Daniel Sotelsek, confirma que «la generación de beneficios puede haber ocasionado un desvío del objetivo social». Además, en el mismo camino que marca Davos, cree que hoy el capital «privado» (el dinero y las propiedades) ha perdido peso en favor del capital «humano», el «social» o el «tecnológico». Así, por ejemplo, una compañía debe fijarse en los trabajadores más allá de sus cualidades productivas, darles una meta que favorezca a la civilización y las herramientas necesarias para fomentar la innovación y el desarrollo global. Ése es el futuro según el Foro de Davos, y no la mera creación de riqueza.

No obstante, el doctor en Economía Santiago Niño-Becerra cree que, en los próximos años, los gigantes empresariales seguirán aumentando su tamaño y concentrando beneficios, ganándole terreno a las compañías de menor tamaño: «Las grandes corporaciones son los referentes del nuevo modelo que se implementará tras esta crisis y funcionarán en régimen de oligopolio», dice.

Tecnología: Alphabet (Google), Facebook, Apple o Amazon han entrado en una multitud de negocios por el que han ampliado su «core» y sus posibilidades de acumular riqueza. Han podido hacerlo gracias a la tecnología de la que disponen, su principal valor añadido mediante el que se adelantan al resto del mundo. Y si otra empresa más pequeña cuenta con herramientas que ellos desean, pues la compran, porque les sobra el dinero para hacerlo.

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En el lado opuesto de la ecuación están las pequeñas y medianas compañías que no tienen casi acceso a la tecnología más allá de los ordenadores y, por ese motivo, les es muy complicado competir en una sociedad en la que los consumidores demandan innovación constantemente. Así que estos pequeños empresarios van perdiendo poder adquisitivo y cerrando sus negocios porque los beneficios que podrían obtener se van a las cuentas de las grandes corporaciones.

Esta concentración de riqueza es un grave problema también a nivel local. Las compañías de mayor capacidad se han instalado en las grandes ciudades. En ellas se encuentran las ofertas de trabajo, las inversiones y ya aplican tecnología a los servicios. Al mismo tiempo, las zonas rurales se han quedado estancadas y parece que la Historia avanza a dos velocidades. Como el humano tiende a buscar el progreso, estas áreas se han despoblado y las capitales se han masificado, acumulando la riqueza de las naciones, que en la actualidad es muy distinta a la que Adam Smith dibujó en la considerada primera obra de la economía moderna, publicada en 1776. En aquel entonces, el beneficio se lograba a través de elementos tangibles, pero la tecnología, al sustituir a los empleados en sus labores, requiere que los componentes humanos intangbiles como la creatividad ganen peso en la creación de riqueza.

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El sector financiero pronto se erigió como uno de los pilares fundamentales del capitalismo, siendo el guardián y «dealer» de la riqueza colectiva e individual. Pero ahora está más frágil que nunca y requiere de una reinvención porque la pasada crisis le lastró en un doble sentido . Por un lado, la sociedad les señaló como culpables y perdieron la confianza de los clientes. Por otro, los bancos centrales introdujeron toneladas de liquidez y redujeron los tipos de interés a mínimos históricos para revitalizar la economía, con la consecuencia de reducir considerablemente la rentabilidad que obtienen las entidades con sus negocios y poniendo en jaque una base del sistema capitalista.

Para el economista jefe de TressisSV, Daniel Lacalle, se ha priorizado a las naciones por encima de a las empresas financieras que los sostienen: «La bajada de tipos de interés y aumento desproporcionado de liquidez, que infla burbujas y crea periodos de exceso, viene directamente causada por políticas de planificación central orientadas a beneficiar a los estados que se financian a tipos baratos artificialmente. En mi libro “La Gran Trampa” (Deusto) explico que los bancos centrales no pueden seguir ignorando las burbujas y excesos que crean con sus políticas».

Con sus políticas monetarias extraordinarias, los bancos centrales, junto a las organizaciones supranacionales que las han reclamado, han roto los mecanismo de oferta, demanda y libre comercio que han regido el capitalismo. Igualmente, la libertad que se le presupone a este sistema se ha sustituido por un exceso de intervencionismo. Lacalle asegura que «hemos vivido un periodo de exceso de políticas de demanda en el que, además los estados que se autodenominan defensores del libre comercio han introducido enormes barreras con todo tipo de excusas, la Unión Europea y China incluidos. Eso es mercantilismo. En realidad, estamos viviendo un periodo de nacionalización encubierta gradual de la economía vía política fiscal y monetaria y más parecido al socialismo que al capitalismo».

Cadenas de producción: El Foro de Davos discutirá cómo el sistema económico que más prosperidad ha dado a la humanidad puede salirse de la ruta marcada por Niño-Becerra y cómo debe adaptarse a las nuevas circunstancias globales. Entre ellas una de la que más preocupa a la sociedad, la lucha contra el cambio climático. Las compañías, con sus cadenas de producción, han reducido costes a base de «dañar el entorno». Poco a poco, las corporaciones son conscientes de que deben cambiar este modelo para subsistir en un mundo en el que los clientes y hasta los fondos de inversión castigan la contaminación.

«El medio ambiente ya forma parte de esa cadena de valor para muchas empresas y las que no entiendan estas reglas desaparecerán: basta con ver la lista de las 10 empresas de mayor capitalización o cadenas de valor que tenderán a ser neutrales desde el punto de vista medioambiental, por ejemplo los sistemas de transporte», comenta Sotelsek.

El capitalismo tal y como lo conocemos, añade, continuará existiendo pero con nuevos componentes. Por ejemplo, incorporará la idea de Economía Circular, mediante la que se usarán mejor los recursos y el sistema será, en definitiva, más sostenible. Otro concepto que sumará a la causa será el de Economía Compartida, que entronca directamente con uno de los pilares del capitalismo, la propiedad privada.

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Las generaciones nacidas en los 70 y 80 crecieron escuchando que sus objetivos vitales debían ser comprarse un coche y una casa. Los jóvenes han oído lo contrario por el desencanto de sus padres. Y las circunstancias de sus vidas, con una elevada movilidad y poca estabilidad salarial, han provocado que prefieran el alquiler a comprar. Razón por la que el arrendamiento de viviendas ha experimentado un gran crecimiento en España, así como el «renting» de vehículos. Además, la lucha medioambiental les ha hecho conscientes de que el transporte es mejor compartirlo. De ahí el éxito del «car sharing» o de las tiendas y webs de artículos de segunda mano.

Las compañías también hablan cada vez más de «colaborar, cooperar y compartir», defiende Niño-Becerra, «cuando, en principio, el capitalismo es hiperindividualista». A diferencia de Lacalle y Sotelsek, que sí creen en la supervivencia del capitalismo, Niño-Becerra opina que este cambio de filosofía demuestra su fin. Y se apoya en otro argumento, el cíclico. Según él, cada unos 250 años el sistema económico vigente se desvanece y nace otro nuevo. El capitalismo no se salvará de esta regla y «se agotará en algún momento entre el 2060 y el 2070».

La clase media pierde peso y desconfía del capitalismo

Se percibe en la población cierto cansancio del capitalismo. Lo vemos en las protestas callejeras en Latinoamérica y en Europa, y también en la pérdida de protagonismo parlamentario de los partidos liberales, principales defensores políticos de este sistema económico. Y se ha hartado porque tiene la sensación de que otros se han enriquecido a su costa mientras se erosionaban los privilegios que les hacían formar parte de la clase media y acomodada.

Este colectivo es el más grueso de la pirámide social y el que realiza en su conjunto un mayor consumo. Por esos dos motivos su supervivencia resulta fundamental para que el resto de la pirámide no se venga abajo. Sin embargo, según Caixabank Research, la clase media ha perdido ingresos en la última década y seguirá estrechándose en las venideras.

El economista jefe de TressisSV, Daniel Lacalle, considerq que este fenómeno se debe a «políticas de planificación central orientadas a penalizar el ahorro y extraer rentas vía fiscal. La clase media empieza a perder peso cuando los gobiernos mundiales introducen represión fiscal y financiera desde medidas que son más socialistas que capitalistas, como disparar los déficits, aumentar impuestos y subvencionar a sectores de baja productividad mientras se destruye el ahorro vía bajos tipos y liquidez. A la clase media se la está diluyendo con exceso de socialismo».

Los analistas plantean soluciones en materia fiscal como sustituir los impuestos a las rentas por otros al consumo. El propio Lacalle lo plantea de la siguiente forma: «Reducir la fiscalidad directa y compensarlo con la fiscalidad indirecta puede ser una buena medida en una economía con empresas fuertes y alta atracción de inversiones».

Por su parte, el investigador de Economía del Instituto Universitario de Investigación en Estudios Latinoamericanos (IELAT) de la Universidad de Alcalá (UAH), Daniel Sotelsek, cree que la caída de la clase media no se puede confirmar porque, aunque se sienta así, los datos dicen lo contrario: «A nivel global es posible que ha mejorado y no empeorado, otro cantar es la percepción que la sociedad tenga sobre la idea de “mejorar”. En este sentido, están los pesimistas como Piketty ligados a la críticas de la desigualdad y los optimistas como Pinker o Norberg que afirman que al mundo y a su clase media le va mejor. En todo caso, queda pendiente la pregunta: ¿por qué existe la percepción de que empeoramos si los indicadores, muchas veces, muestran lo contrario?».

La respuesta tiene múltiples caras, pero una lectura común. La población siente una mayor desigualdad respecto a las clases más altas. Al grueso de la gente se le ha congelado los sueldos y, a la par, lee noticias de que los directivos de las grandes empresas ganan un buen porcentaje más que hace un lustro o 10 años. Además, el empleo se ha precarizado no solo en los salarios, también en cuanto a las condiciones laborales y el aumento de la temporalidad.

La población, en los últimos años, ha visto cómo las grandes empresas se han enriquecido con algo que les pertenece, sus propios datos. Y, para colmo, estas mismas compañías son las que han evadido grandes cantidades de impuestos, perjudicando a todos los ciudadanos. La OCDE calcula que las corporaciones gigantes evitan pagar tributos cada año por valor de 240.000 millones de dólares a través de reducir la base imponible y de trasladar beneficios de su facturación internacional a paraísos fiscales. La propia Alphabet (Google) reconocía haber mandado 22.700 millones de dólares a Bermudas en 2017 y 19.200 millones en 2016, práctica con la que han prometido acabar este mismo ejercicio, siguiendo los consejos del Foro de Davos.

Cobertura social: La evasión de impuestos ha provocado el enorme enfado de la población con una de las patas fundamentales del capitalismo, las grandes empresas. Un malestar que se extiende a otros pilares del sistema como la cobertura social, que pasa por un momento muy delicado y los analistas cuestionan tanto su viabilidad que la gente teme por aquello que cree que le pertenece porque ha trabajado para conseguirlo, como las pensiones o los seguros sociales.

El Doctor en Economía Santiago Niño-Becerra manifiesta que «el actual modelo de protección social se implementó por dos motivos: generar Producto Interior Bruto y comprar la paz social, y se apoyó en cuatro supuestos: pleno empleo del factor trabajo, salarios crecientes e indexados a la inflación, demanda creciente de trabajo y esperanza de vida tras la jubilación de 10 años. Hoy esos supuestos no se dan, luego el modelo actual de protección social es insostenible. El nuevo se adaptará a esa situación y se desarrollarán otros instrumentos … y a seguir».

El envejecimiento de la población ha sido un factor fundamental para la degradación de los sistemas de cobertura social. La premisa con la que nacieron era que una masa de gente en edad laboral daría parte de su sueldo para mantener a aquellos que no pudiesen trabajar ya fuese por problemas físicos, por edad... Pero con lo que no se contaba era con el descenso tan brutal de la natalidad y la dificultad para reducir el paro tras la anterior crisis, factores que han conducido a que el número de empleados se desequilibre respecto al de pensionistas.

Parte de culpa de la caída de la natalidad está en la percepción del mundo capitalista como tóxico, en el que a muchas personas no les gustaría criar un hijo. Daniel Sotelsek tiene claro cómo se lograría que la sociedad vuelva a confiar en el sistema en el que ha nacido: «Estamos en el tránsito del siglo XX al XXI, el capitalismo y sobre todo las democracias liberales parecen haber roto su vínculo con el progreso social y político que hubo después de la Segunda Guerra Mundial. Hace 100 años la pregunta hubiera sido la misma y por ello la respuesta tiene que ser la misma: es necesario reconciliar economía, progreso social y democracia».