Energía

La transición energética costará 80 billones

La taxonomía de la Comisión Europea intenta dirigir el capital privado hacia actividades que ayuden a la descarbonización. La reciente inclusión como «verde» del gas natural y la energía nuclear ha abierto el debate

Gasoductos y centrales nucleares
Gasoductos y centrales nuclearesJosé Luis Montoro

El Plan de Acción de Finanzas Sostenibles de la Comisión Europealleva encima de la mesa desde 2018 y responde a la intención de hacer casar las finanzas con la conservación y, al mismo tiempo, reducir el llamado «greenwashing» de los entes privados. Una parte importante de dicho plan es la famosa taxonomía, es decir definir qué actividades se consideran sostenibles. Básicamente cualquiera que contribuya sustancialmente a uno de estos seis objetivos: mitigación del clima; adaptación al cambio climático; protección del agua y recursos marinos; reciclaje y reducción de los desperdicios; prevención y control de la contaminación; protección de ecosistemas, y restauración de los ecosistemas y la biodiversidad. «Para que la UE llegue a ser climáticamente neutra antes de 2050, precisa una importante inversión privada», explicaba en un comunicado la Comisión tras la presentación a primeros de mes del acto delegado complementario a la taxonomía sobre la mitigación del cambio climático y la adaptación.

Los técnicos en finanzas del Viejo Continente no son los únicos que han echado cuentas sobre lo que costará el calentamiento global. El Banco Mundial, por ejemplo, estima que para cumplir con los Acuerdos de París, y que la temperatura a finales de siglo no supere los dos grados de media por encima de los de la era preindustrial, serán necesarias inversiones de hasta 80 billones de euros en infraestructura solo de aquí a 2030. Como contrapartida, también señala que la transición hacia economías bajas en carbono pueden generar beneficios económicos equivalentes a 26.000 millones de dólares en el mismo periodo.

Vista la importancia de la implicación del sector privado y lo fundamental de la descarbonización, es lógico entender el revuelo que he levantado este acto delegado de febrero, en el que se incluyen como energías «verdes» el gas natural y la nuclear. «Ya el primer acto delegado creó alguna polémica cuando se presentó el año pasado, porque algunos sectores y actividad se quedaban fuera de la clasificación. Lo bueno de la taxonomía es que define con términos cualitativos cada una de las actividades sostenibles. Por ejemplo, en el caso de una explotación de madera hay que especificar si se utilizan criterios FSC y otros detalles. Es un primer paso, aunque ya hay gestores de fondos que van más allá y que miden también los impactos de sus inversiones, afirma David Álvarez, director ejecutivo de la Consultoría Ambiental en Capital Natural Ecoacsa.

La Comisión estima que la inversión privada en actividades de gas y energía nuclear puede desempeñar un papel en la transición y son acordes con los objetivos climáticos ya que, dice, permite abandonar más rápidamente actividades más contaminantes como la generación de energía a partir del carbón antes de que llegue ese futuro basado fundamentalmente en renovables.

Y así se desató la polémica. Varias organizaciones conservacionistas, académicos y analistas consideran que esta medida «es un paso en falso que hace peligrar la transición ecológica. No podemos permitirnos el lujo de seguir apostando por energías fósiles y peligrosas que nos abocan a un cambio climático de no retorno y a graves problemas ambientales y sociales», opina Cristina Alonso Saavedra, responsable de Justicia Climática y Energía de Amigos de la Tierra.

Cada una de estas dos energías tiene ventajas e inconvenientes que van más allá del impacto en emisiones de CO2. Por un lado está el gas natural, el combustible fósil que menos emite y que para muchos es una fuente intermedia necesaria antes de que el mix llegue a ser cien por cien renovable. «Si el carbón emite 800 gramos por kilovatio-hora, el gas natural está en 300g», explica Eloy Sanz, del departamento de Tecnología Química, Energética y Mecánica de la Universidad Rey Juan Carlos I.

Otra característica que la hace interesante es su flexibilidad. «Producir energía a través de ciclos combinados permite compensar los picos de demanda», dice Sanz. Junto a la hidroeléctrica estas centrales pueden producir energía cuando no hay viento ni sol y se pueden apagar y encender rápidamente.

Entres las desventajas, la extrema dependencia que tiene Europa de terceros países como Rusia para recibir este combustible. Y como consecuencia el hecho de que está expuesta a tensiones en el precio provocados por cambios en la demanda o situaciones de conflicto entre países. Hay que recordar que el coste del gas mantiene la factura de la luz en máximos históricos que superan a menudo los 200 euros por MWh desde hace meses. Como cuenta la Agencia Internacional de la Energía, en 2021 la demanda mundial creció un 4,6% y los precios en Europa casi se quintuplicaron debido a que «el crecimiento de la demanda fue más fuerte de lo esperado por una serie de eventos relacionados con el clima, mientras que el suministro de gas enfrentó varias limitaciones en medio de mayores cortes planificados y no planificados a lo largo de toda la cadena de valor».

De media, un 40% de lo que se consume en el Viejo Continente llega de Rusia. Y desde las tensiones con Ucrania las alarmas han saltado en varios países de Europa. Finlandia y Letonia compran, respectivamente, el 94% y 93% de su gas natural a este país. En el caso de Estonia o Bulgaria los porcentajes son del 79% y 77%, respectivamente. Otras economías del centro europeo presentan también dependencias superiores al 50%. España no depende tanto de Rusia, solo un 8,4%, pero necesita igual que el resto de Europa gas de fuera de sus fronteras. En el caso de la Península, 14 países nos suministran gas. El principal proveedor es Argelia, aunque EE UU cada vez aporta más con su GNL proveniente del fracking (cuesta un 40% más que el gas ruso que llega por tubería). «Es cierto que la taxonomía le pone condiciones bastante restrictivas. Por ejemplo, no puede emitirse más de 270 gramos de CO2 por kWh en ninguna nueva central. Esto limita la apertura de nuevos ciclos combinados», explica Sanz.

Nuclear

Quien la defiende argumenta, entre otras características, que las centrales nucleares no emiten CO2 cuando operan (de 20 a 40 g por kWh como las renovables en todo su ciclo de vida). También que sus instalaciones ocupan poco frente a algunas fuentes renovables que necesitan más espacio. Sin embargo, los dos grandes retos de la nuclear son la seguridad de estas instalaciones críticas y la gestión de los residuos. Muchos expertos insisten en que el volumen de residuos que se genera es pequeño: por ejemplo en España, se producen unos ocho camiones al año, mientras que las centrales producen un 20% de la energía. El gran pero es que a nivel internacional queda pendiente de solucionar su almacenamiento definitivo. No hay ningún país que haya apostado por un depósito geológico profundo aparte de Finlandia.

También hay que tener en cuenta los costes. Los variables, como el del combustible, no son altos, aunque volvemos a depender de terceros países (Rusia o Kazajistán), pero otros son elevados. De hecho, algunas de las centrales planteadas en Finlandia o Reino Unido llevan años de retraso y grandes sobrecostes.

Para encontrar países que apuesten por construir nuevos reactores hay que ir a China, con 14 nuevos proyectados, o EE UU. En Europa la discusión gira más bien sobre si mantenerlos por más tiempo funcionando o no. En España, que ya cuenta con un plan de cierre programado, hay ahora mismo 7 GW de potencia nuclear.