Sociología de El Corte Inglés

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Tendría que ser la Sociología paralela de El Corte Inglés y Galerías Preciados, dos grandes empresas emparentadas, genuinamente españolas, familiares, nacidas en el mismo barrio madrileño. Sus dirigentes, César Rodríguez, Pepín Fernández, Ramón Areces e Isidoro Álvarez, eran parientes cercanos provenientes de la misma aldea asturiana. Los tres primeros pasaron por una intensa experiencia juvenil en Cuba, donde aprendieron el oficio de los «grandes almacenes» de tipo norteamericano. Los cuatro han sido modelos de austeridad, culto al trabajo, innovación, estilo paternalista y discreto de dirigir la empresa. Desde el principio se apoyaron en la publicidad.

El Corte Inglés no es «la corte inglesa», como creen algunos guiris. Su nombre se debe a que el propósito de la primera tienda fue vender ropa masculina confeccionada. Ante la posible resistencia del público, hubo que insistir en que los trajes confeccionados lo eran con un impecable «corte inglés», el de los mejores sastres de Londres.

El Corte y Galerías importaron con éxito algunas prácticas, hoy plenamente establecidas, asociadas a la «elegancia social del regalo»: los días de la madre, del padre, de los enamorados. La gran novedad fue el principio si no le gusta, le devolvemos el dinero. Hoy es general, pero en su día se enfrentó a la divisa del comercio tradicional de que el comprador no puede deshacer el contrato una vez comprada la mercancía.

Un peculiar rasgo organizativo de ambas empresas fue siempre la cuidada selección del personal, el pago de los sueldos con un banco propio y el rechazo de la presión sindical. Eso fue así antes del franquismo, en el franquismo y con la democracia.

Las tiendas de ambas empresas tienen un diseño innovador, que ahora también es general. No penetra la luz del día y no hay relojes. Es un artificio psicológico para que la clientela pierda la noción del tiempo y se solace con el espectáculo de la mercancía que se exhibe. Otro dispositivo que hoy nos parece normal y que en su día resultó atrevido: no hay un mostradores. La innovación más simpática quizá sea la venta por tarjeta, cuyo abono se hace a los 30 días. Lo cual lleva a un gracioso consejo: «Procura comprar todo con la tarjeta de El Corte Inglés. De esa forma, cuando te mueras, habrás vivido gratis el último mes».

Una pequeña ilustración personal. Hace algunos decenios, cuando empezaban los ordenadores personales, tuve una avería en el mío. Comenzaban las vacaciones de Navidad y tenía que terminar un libro. Encargué a El Corte Inglés la rara pieza que me faltaba, con el ruego de que se dieran prisa. La misma tarde de Nochebuena, el jefe de la sección se personó en mi domicilio trayéndome la dichosa pieza. Por el mismo precio.