Dignidad y verdad de una epidemia

El Rey estuvo al frente de un homenaje de alta representación institucional europea y nacional a los miles de muertos por el coronavirus. Por decencia democrática hay que saber las razones que nos ha llevado a este desastre humanitario»

MariscalEFE

El alto sentido de Estado, la sencillez, la solemnidad, la emoción y, sobre todo, la deuda con los miles de muertos por la epidemia de coronavirus estuvieron presentes ayer en el homenaje que tuvo lugar en la plaza de Armería del Palacio Real. Se ha superado lo peor de la pandemia, se convive con prevención y estrictas medidas, puede que estemos entrando en un rebrote peligroso y bajo los primeros efectos de una crisis económica profunda, pero parece que ya ha caído en el olvido que, entre finales de marzo y principios de abril, España estuvo colapsada por miles de contagios y muertes. El día 2 de abril murieron 950 personas, si es que el cómputo definitivo es fiable. En total, 28.413, cifra oficial, aunque algún día sabremos toda la verdad. Los hospitales estaban saturados, el personal sanitario, con una vocación de servicio, profesionalidad y entrega emocionantes, estaba al límite; en Madrid se habilitó en unos días un hospital de emergencia en Ifema con 5.000 camas y los fallecidos tuvieron que esperar en un pabellón de hielo para darles sepultura. Muchos murieron solos, sin la compañía de sus familiares, algo que golpea directamente al sentido humanitario de cualquier país avanzado. Y murieron miles –más de 17.000– personas mayores en residencias, sin que nadie pudiese dar una explicación de lo que estaba pasando, ni todavía hoy, de por qué ese abandono y falta de previsión.

Por todo esto y por muchas más razones que todavía epidemiólogos y responsables políticos no han dado, era necesario oír las palabras del Rey dirigidas a las familias que han perdido a sus seres queridos: «No están solas en su dolor, es un dolor que compartimos, su duelo es el nuestro, que hoy se hace presente ante todos los españoles». Han sido demasiados muertos, un sacrificio que ha resultado incomprensible porque somos un país desarrollado que dispone de una buena sanidad y de profesionales de primer nivel, y aunque nos podemos sentir orgullosos de ellos y, como dijo Don Felipe, del «esfuerzo y el trabajo de servicio al bien común de miles de ciudadanos», los españoles se merecen una explicación convincente de por qué nuestro país ha sido donde ha habido más muertos por población. Sin duda, hay una deuda moral y un deber cívico, como señaló el monarca, hacia los fallecidos y, en general, por el desastre económico que afectará al bienestar general, pero sobre todo al de aquellos que han perdido sus trabajos, han cerrado sus negocios y empresas. La epidemia nos ha puesto a prueba como país y podemos decir que desde los profesionales de la sanidad en todos sus escalafones, los servidores públicos, a las fuerzas de seguridad han estado a la altura, pero se esperaba mucho más de aquellos que tenían la obligación política de tomar las medidas adecuadas en el momento oportuno.

El acto de ayer, encabezado por el Rey, que con toda su dignidad representó lo mejor de todos los ciudadanos, expresó con claridad que el Estado debe, también, responder emotivamente ante las desgracias del país. Que el olvido de todos los muertos es una derrota inadmisible. La ceremonia fue de un alto nivel institucional, con todos los mandatarios de la Unión Europea presentes –Comisión Europea, Consejo de Europa, Eurocámara, además de OTAN y OMS–, y fue en sí misma la demostración de la voluntad de unidad que representa Felipe VI. Acudieron todos los presidentes autonómicos, incluso los que abjuran de la Constitución y de la unidad territorial, lo que indica que estar al margen de un acto de tan alto nivel supondría la automarginación del concierto europeo. España afronta ahora la reconstrucción de su economía a través de una comisión parlamentaria que ha presentado todos los tics sectarios de estas últimas legislaturas, pero por encima de todo la unidad que reclamó el Rey es la clave para seguir avanzado como un país con sentido humanitario, justo y decente.