Opinión

Surrealismo político en el Gobierno

Editorial La Razón

La última trifulca entre el Ejecutivo y sus apoyos nacionalistas, a cuenta de la cuota de catalán en las plataformas audiovisuales, ha tenido su estrambote surrealista cuando su propio socio de coalición, Unidas Podemos, se ha puesto a la cabeza de la manifestación, como si no formaran parte del Ejecutivo. Vaya por delante que en este asunto, el de la reforma audiovisual, se parte desde la confusión sembrada por un proyecto legislativo, como el presentado al Consejo de Ministros, que difícilmente puede contentar a nadie, puesto que ni siquiera respeta el principio de igualdad ante la ley.

Pero la cuestión de fondo es la indefinible sensación de que persiste la falta de unidad de propósito en el seno del Gobierno de España, precisamente, cuando más se necesita que las líneas de actuación respondan a una reflexión estratégica seria, basada en datos y pronósticos sólidos, e inmune a las salidas de tono del socio comunista, más atento, al parecer, a sus propios equilibrios internos de poder que a los intereses comunes. Porque, desde toda evidencia, buena parte de esta ceremonia de la confusión a la que asistimos, con anuncios de reformas legislativas que, a la postre, acaban desvirtuadas al primer contacto con la realidad o, lo que es peor, con el ordenamiento jurídico vigente, viene dada por el ruido excesivo del sector morado, empeñado, cierto, en una cruzada ideológica de imposible traducción en la práctica política de un estado democrático y de derecho de corte occidental.

Por supuesto, existe en una responsabilidad clara en las parte socialista del Ejecutivo, que, de momento, intenta sortear buenamente los envites de sus socios en lugar de dejar cerrados los proyectos legislativos antes de exponerlos a la opinión pública. En este sentido, le asiste una parte de razón a Podemos cuando se queja de que se ponen en la mesa del Gabinete documentos que no han pasado por sus manos y que implican asuntos de gran calado político y económico. Ciertamente, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, juega con la ventaja de que la izquierda radical está inmersa en una de sus habituales crisis divisivas y obligada a un complejo proceso de reconversión, es decir, que sería la más perjudicada en el caso de una ruptura de la coalición, que llevaría al adelanto electoral.

Pero es preciso señalar que esa propia deriva, que sitúa a Podemos en baja en todas las encuestas, puede resolverse en el sentido menos esperado. Con todo, como decíamos al principio, lo más preocupante es que nos hallamos ante un panorama económico internacional difuso, con riesgo de que se desate un proceso inflacionista mayor, y con una previsiones de crecimiento, según la mayoría de las instituciones de vigilancia nacionales y extranjeras, muy inferiores a los pronósticos gubernamentales. Un ambiente poco propicio para lidiar con las salidas de tono de los socios.