Editorial

La «ola reaccionaria» se llama democracia

Por supuesto, nos hallamos ante una transferencia canónica de la propia responsabilidad que, sin embargo, choca con la percepción general de la opinión pública.

-FOTODELDIA- MADRID, 31/05/2023.- El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, agradece los aplausos de los senadores y diputados del PSOE, incluidos la senadora Cristina Narbona (d), el portavoz en el Congreso Patxi López (i), y la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, a su llegada este miércoles al Congreso de los Diputados para asistir a la reunión que ha convocado para abordar el reto de remontar en las elecciones generales los malos datos del PSOE en las autonómicas y municipales. EFE/ Mariscal
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, reúne en el Congreso a diputados y senadores socialistas para abordar el reto de remontar en las elecciones generales los malos datos del PSOE en las autonómicas y municipalesMARISCALAgencia EFE

Es una grave irresponsabilidad, porque atañe al más elemental principio de la prudencia, invocar el fantasma del «pucherazo electoral» en vísperas de unas elecciones que pueden determinar un cambio político. Mucho más, si quien agita la sospecha, apenas encubierta con una condena preventiva de la oposición, es el propio presidente del Gobierno y, por lo tanto, principal garante de la limpieza de los comicios. Subyace, además, en el discurso gubernamental un imaginario muy preocupante para la normal convivencia de los españoles, como es la traslación de comportamientos y actitudes foráneos, reprobables, a unos partidos de la oposición de centro derecha de impecables credenciales democráticas.

Que la siembra de la duda venga, por cierto, de quien ha gobernado de la mano de los que acuñaron el «no nos representan» y agitaron la consigna de «rodea el Congreso», nos habla más de una pérdida de referencias de la realidad que de una estrategia electoral que apuesta por la línea de la confrontación directa. Subyace, también, en el discurso un maniqueísmo primario que convierte en «ola reaccionaria» lo que no es más que un cambio de mayorías, producido en el marco de la más pura ortodoxia democrática.

Ciertamente, que el resultado de las urnas le haya sido adverso forma parte de las reglas del juego de la política y nunca debería tomarse como una ofensa personal, como si hubiera sido víctima de una conspiración de obscuras fuerzas, con los medios de comunicación dominados por los «poderosos», y no por la libre decisión de una mayoría de los electores, seguramente, descontentos con su gestión política, que han optado por otras opciones partidarias.

Por supuesto, nos hallamos ante una transferencia canónica de la propia responsabilidad que, sin embargo, choca con la percepción general de la opinión pública, incluso, de la mayor parte de sus compañeros socialistas, que atribuye al todavía inquilino de La Moncloa los principales errores que han llevado a la derrota del partido. Pero la esperable autocrítica de quien ha acumulado en su persona todos los mecanismos de poder del PSOE y ha diseñado la campaña electoral a su propia conveniencia se ha trasmutado en una radicalización del discurso, con ataques inverosímiles hacia una oposición a la que se acusa de pervertir el sistema democrático, simplemente, por ofrecer una alternativa política a los españoles, que anuncia una campaña agria y frentista, con el líder socialista en el papel de Pablo Iglesias.

No debería caer el Partido Popular en esa dinámica radical de la confrontación, que no es deseada por sociedad española, pero ello no empece su obligación de decir las cosas por su nombre. Comenzando por la fecha de los comicios, monumento difícilmente superable a la inducción del abstencionismo entre los ciudadanos.