La tecnología como catalizadora del cambio social

Abogados, médicos, arquitectos e incluso escritores bailan al son del algoritmo, consecuencia de la programación, en busca de una redefinición al alza de sus profesiones

Desde la rueda de los sumerios o la imprenta de Gutenberg la tecnología siempre marca el devenir de la humanidad. Esta evolución basada en revoluciones adquiere una nueva dimensión con la aparición del chip y el bit. Tal y como expone la Ley de Moore, desde entonces la velocidad de las transformaciones se multiplica por dos cada 24 meses hasta llegar a la fase actual, marcada por la madurez de los smartphpones (infinitamente más potentes que los ordenadores que llevaron al hombre a la Luna) y la eclosión de fenómenos como la inteligencia artificial, el internet de las cosas, la robótica de altas prestaciones, el machine learning y la evolución inminente del quantum computing.

Por encima de cualquier otra podría subrayarse una característica común a cada concepto: su alta porosidad. Esto significa que no existen sectores de la sociedad ajenos al impacto tecnológico, pero también que sobre el tablero cobra importancia la velocidad de reacción y adaptación. El tiempo de impacto obviamente difiere entre distintos sectores. No es lo mismo la industria aeronáutica que la venta de fruta al por menor, aunque si fijamos la vista en este segundo caso comprobaremos que la digitalización se implanta a mayor velocidad cuanto más próxima es al consumidor. A pesar de que el frutero no aplica a su proceso de venta más que el viejo ritual de la entrega en mano (tras un pesaje y la determinación de un precio correlativo), es probable que utilice algún tipo de programa para supervisar las cuentas de su negocio (Fintonic, por ejemplo) o impactar en una mayor clientela (Billionhands, tal vez), sin contar con el marketing que cualquiera puede orquestar en las distintas redes sociales.

Abogados, médicos, arquitectos e incluso escritores bailan al son del algoritmo, consecuencia de la programación, en busca de una redefinición al alza de sus profesiones. Compañías de todo estilo y condición (también, cada día más aunque todavía despacio, las pymes) se familiarizan con métodos, dinámicas y herramientas impensables hace sólo 10 años. Existe, de hecho, una tipología de empresa, la startup, cuyo ADN se basa exclusivamente de la tecnología. Tenemos, además, el veredicto de los mercados, que estiman que en el top 10 de las firmas más valiosas del planeta hay siete tecnomultinacionales: Apple, Microsoft, Alphabet (Google), Amazon, Facebook, Alibaba y Tencent. Juntas sumaron en 2019 una capitalización de 5,96 billones de dólares.

Según la revista Fortune, el gasto de las compañías en digitalización ronda los 400.000 millones anuales. Sólo en el último año estas inversiones han crecido un 20%. Semejante foco en la utilización de recursos económicos redunda en la tecnificación de procesos pero también en la generación de productos y servicios, realidad que enlaza directamente con el consumidor, cuyos hábitos se amoldan en paralelo a estas nuevas oportunidades. Un viajero no acude ya a una agencia de viajes sino a internet, un comprador de un coche configura el vehículo desde la web y es capaz de realizar la compra y las gestiones sin salir de casa.

Evidentemente hay otra gran consecuencia del tifón tecnológico como es la necesidad de una formación permanente, casi vitalicia (lifelong learning), y lo es desde una doble perspectiva: la del usuario dispuesto a aprovechar las inmensas ventajas de este paisaje en continuo movimiento y la del profesional o emprendedor que debe estar a la última para competir con el resto del mundo. Lo que es indudable es que tenemos que seguir actualizándonos de forma constante.