Maestros por el bien de España

La importancia de la escuela no solo radica en que en ella adquirimos la base del aprendizaje posterior sino en que, en paralelo, crecemos en hábitos que se convierten en virtudes, virtudes que consolidan nuestros valores

Una profesora explica en un aula con enseñanza mixta, presencial y telemática
Una profesora explica en un aula con enseñanza mixta, presencial y telemática FOTO: UC

Tenemos un problema y es grave. Una sociedad poco comprometida con el bien común. Una crisis económica derivada de un modelo productivo demasiado centrado en un puñado de sectores escasamente productivos. Una tasa de paro juvenil que encabeza las listas negras de Europa y de la OCDE. Unos niveles de fracaso escolar nunca vistos a pesar de que las leyes educativas parecen construirse para dar salida a los peores estudiantes y no para formar a los mejores.

¿Qué nos ha pasado? Aunque la respuesta es compleja, buena parte del problema se encuentra en los primeros años de colegio. Pensemos en la España de posguerra en la que los maestros de escuela que formaban a ejércitos de chavales en un país paupérrimo conseguían despertar en los corazones de esa chiquillería de ropa raída y barriga no siempre llena el amor por el conocimiento mientras los formaban en las virtudes humanas que después los han convertido en trabajadores incansables, impulsores del cambio, comprometidos con el prójimo, resilientes ante la adversidad. Esos niños de antaño son, por cierto, los mismos mayores sobre los que se ha cebado la pandemia del coronavirus y ahí están, ni una queja, ni una mala palabra, entregados una vez más por su país, del mismo modo que fueron capaces de levantar España desde la nada en el siglo pasado.

Entre aquella generación y la que nos proponemos formar ahora hay muchas diferencias. La primera, la familia, hoy vapuleada por la posmodernidad líquida y el relativismo rampante, pero eso daría para otro artículo. La segunda, la escuela, lo que hoy llamamos Infantil y Primaria.

La importancia de la escuela no solo radica en que en ella adquirimos la base del aprendizaje posterior (cuántos problemas de fracaso en los institutos proceden de una mala asimilación del cálculo o la comprensión lectora en la infancia) sino en que, en paralelo, crecemos en hábitos que se convierten en virtudes, virtudes que consolidan nuestros valores.

Pero para que esa tarea esencial fructifique, además de recuperar la importancia de la figura del maestro –hoy tan deteriorada que a años luz de la del maestro de posguerra o de la del escandinavo, referente en esta área– la clave está en el papel que los maestros aspiran a desempeñar, el fin último que debe mover a quienes eligen estudiar los grados de Educación Infantil y Primaria, lo que quieren lograr cuando, en cinco años, sean maestros de los que serán adultos en un plazo de veinte.

Cuando entrevisto a algún estudiante de Bachillerato o de Formación Profesional que se plantea unirse a nuestros grados universitarios en Educación Infantil y Primaria en la Universidad CEU San Pablo, siempre le pregunto qué le mueve a hacerlo. En el cien por cien de los casos son lo que llamaríamos “muy niñeros”, hermanos que cuidaron de sus hermanos, voluntarios en su tiempo libre, scouts, monitores de campamentos de verano, canguros desde que tienen uso de razón, profesores particulares entre el vecindario… Y ese debe ser el punto de partida: una vocación marcada que garantiza la pasión en sus estudios y que se trasladará a la pasión en su trabajo.

Pero falta el fin, el fin que hará que esos maestros, esos futuros profesores de Educación Infantil y Primaria, consigan cambiar el mundo. Y el fin no es otro que comprender que, para cambiar el mundo, para construir un mañana mucho mejor, nos hacen falta unos cimientos sólidos, una base firme sobre la que elevar el resto. Y esos cimientos se construyen en forma de valores asentados en el corazón de cada uno de

los niños que pasa por las aulas de una escuela Infantil o Primaria. Porque es entonces –después ya es tarde– cuando, al tiempo que el maestro consolida la lectoescritura, inculca el hábito del trabajo responsable, y mientras enseña a sumar con una regleta, incita a guardar silencio por respeto, y al desarrollar sus destrezas en psicomotricidad, hace del compañerismo la enseña que después pediremos a los buenos ciudadanos. En las aulas de los colegios se construyen los cimientos de la España mejor a la que todos aspiramos. Por eso, hoy más que nunca, ser maestro es ser maestro por el bien de España.

María Solano Altaba

Decana de la Facultad de Humanidades y CC. Comunicación

Universidad CEU San Pablo