En la cocina de las encuestas

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Como suele suceder cada vez que se acerca un periodo electoral, las encuestas y las empresas de análisis de opinión pública vuelven a estar en todas las conversaciones y en los debates de los medios de comunicación. Es algo bueno y sano que en una sociedad libre se discutan de manera pública los aspectos que preocupan a los contribuyentes, pero es condición necesaria que estos debates, para que cumplan con su función de generar ciudadanía, se realicen con rigor para poder enriquecer así el conocimiento de los que participan en ellos.

Lo primero que ha de señalarse es que las encuestas en particular, y la estadística en general, son materias muy poco intuitivas. Y éste es un marco que no debe olvidarse a lo largo del debate. ¿Cómo si no explicar que el margen de error de una muestra de 1.200 individuos sea el mismo, en este caso el +2,89% para un nivel de confianza del 95%, con independencia de que la población objeto de la encuesta sea de 100.000 o de 600.000 personas. Esto significa, como saben bien los sociólogos, que para poblaciones consideradas infinitas, el tamaño de la muestra y el margen de error van de la mano, con independencia de la población. Pero hay otro factor más que convierte en poco amiga de juicios intuitivos a las encuestas: a partir de un determinado momento, por mucho que incrementemos el tamaño de la muestra, el margen de error disminuye de una manera muy lenta. Así, y siguiendo con estas poblaciones infinitas, si dobláramos esa muestra de 1.200 personas y la convirtiéramos en 2.400, el margen de error no disminuiría a la mitad, sino mucho menos, quedándose en el +2,04%. En las encuestas electorales, a esta primera dificultad para conectar con el público no experto, se añade la problemática de transmitir en qué consiste exactamente eso que se denomina cocina de una encuesta y que yo prefiero comparar, con permiso del catedrático Rafael Martínez, que es el padre de la expresión, con la laboriosa elaboración de un puzle. En efecto, estimar la intención de voto en unos comicios, es decir, prever cuánto porcentaje de voto va a obtener cada fuerza política, es un proceso comparable a resolver un puzle, en el que uno necesita de varias piezas para tener la imagen completa. Así, alguna de estas piezas son muy evidentes, como por ejemplo el voto directo, que se consigue con la respuesta a la pregunta de ¿A quién votaría usted si mañana hubiera elecciones autonómicas?, Empero, la experiencia no ha enseñado que sólo con esa pieza el puzle sigue incompleto. Como ejemplo, ahí está la intención directa de voto que durante años ha presentado el Partido Popular en Cataluña para las elecciones autonómicas: casi siempre en el entorno del 2%, cuando en realidad obtenía unos resultados que no bajan el 10%. ¿Qué hacemos entonces para poder estimar? Buscar más piezas en el puzle, y estas piezas son preguntas que nos ayudan a construir esas cifras mágicas que usted, lector, ve en los periódicos o en la televisión. Otra de ellas es el recuerdo de voto, ¿A quién votó usted en las últimas elecciones autonómicas? Pero como las personas tenemos en grado acusado lo que los psicólogos llaman el sesgo de la retrospección, es decir, una importante capacidad para rediseñar nuestro pasado, aquí los resultados tampoco valen por sí mismos, ya que a veces los votantes de un partido están deprimidos y no quieren recordar o, al revés, están eufóricos y personas que no votaron a un partido consideran que sí lo hicieron porque ahora es lo que hubieran querido hacer en aquel momento. Por ello, necesitamos aún una tercera pieza que es la simpatía. (¿Qué partido considera que es el más cercano a sus ideas?). Con estas tres piezas, más otros elementos de menor peso (valoración de cada uno de los líderes, imagen de cada partido...) y aplicando un saber hacer acumulado elección tras elección, las empresas de sondeos elaboramos una estimación y se la ofrecemos a la ciudadanía.

Pero no acaban ahí los problemas cuando se habla de encuestas en la vida pública. Esta intención de voto refleja estimaciones aproximadas en un momento concreto; son como fotos áreas de un territorio, un Google Earth electoral, que ofrece grandes imágenes pero en las que no es sencillo distinguir los detalles. Son una foto fija que vaticina el resultado si las elecciones se celebraran hoy. Por ello, las encuestas incrementan su fiabilidad cuando se realizan de manera recurrente, ya que entonces permiten observar, más allá de unas décimas arriba o abajo, cuál es la tendencia con la que se comportan los electores. Las encuestas, por lo tanto, nos dicen cómo está hoy la situación y, si miramos el histórico, nos dicen también de dónde venimos. En un momento como el actual, con el sistema bipartidista viéndose acosado tanto por Podemos como por Ciudadanos, la volatilidad del escenario es máxima y no deben sorprendernos por lo tanto los cambios que las encuestas reflejan casi cada mes. Porque al final las encuestas, no lo olvidemos, se limitan a reflejar lo que como sociedad pensamos, y por ello la volatilidad que están mostrando no es más que el reflejo de la volatilidad presente en el actual momento político. Las opciones políticas de los españoles están cambiando, y este cambio se está viendo reflejado, de manera nítida, en ese espejo que son las encuestas.