Ocio

En otra vida (IV): Manantial de luz

‘En otra vida’ es un relato de ficción escrito por Patricia Prados y publicado originalmente en La Razón

Media hora después de llegar al bufete, mi móvil me saca de mis pensamientos. Es mi más amado y único compositor. Su voz suena sugestiva. La conversación es breve. Se prolonga durante unos minutos, los justos para fijar fecha a nuestro primer encuentro.

Por fin, nos vamos a ver en persona. Hemos quedado para tomar unas cañas este miércoles a las ocho de la tarde en la puerta de acceso de Sainz de Baranda del madrileño parque de El Retiro.

Mi corazón amenaza con salir disparado de mi pecho. Estoy a punto del infarto. ¡No me lo puedo creer! Noche tras noche, aparece en mis sueños un extraño, desde hace un par de semanas que acepté la propuesta del buenazo de Peter para que atendiera a su amigo de la infancia.

Y ahora me dirijo a la primera cita a ciegas de mi vida con un tal José del Castillo, compositor de música contemporánea, uno de los mejores, a juicio de la crítica.

Para la ocasión, me he enfundado unos vaqueros negros que me quedan de vicio y, como hace calor, me he colocado una camiseta de algodón de idéntico color que resalta mi silueta. Me hallo a escasos metros de donde me ha citado.

A los pocos minutos de llegar, observo desde lejos que se acerca hacia mí un individuo que, oye, no está nada mal, pero que nada mal. Aunque mi miopía severa no me permite distinguir sus facciones, compruebo que de un vistazo me repasa todo mi cuerpo.

Esa forma de desnudarme con la mirada me hace pensar erróneamente que no puede tratarse de mi músico. Me ha jurado y perjurado, todos estos días, que solo quiere hablar. Éste no puede ser, reflexiono. ¡Vamos, ni en sueños! Me estoy poniendo cardiaca. Me turba esa mirada clavada en mis senos, que parece tener rayos láser.

Al fin, se acerca y diferencio con claridad su rostro. Me froto los ojos con fuerza, una y otra vez. ¡No puede ser! Nada más verlo confirmo que lo conozco de otra época. Estoy segura de que ya lo he amado en otra vida y de que volveré a amarlo en la próxima, si es que la hay.

Cuando estamos frente a frente, una leve sonrisa basta como presentación.

–¿Eres Irene, verdad? Estás mejor que en tus fotos de perfil –asegura sin dejar de mirarme–. Eres exactamente como Peter te describió. Te hubiera reconocido entre un millón de personas –dice con una voz cautivadora, que me envuelve.

–Sí, soy yo –musito, mientras sin venir a cuento me da una risita tonta de adolescente.

Como siempre, conecto con él desde el minuto cero, pero ahora ya en persona. Es un hombre de apariencia atractiva, ni muy alto ni muy bajo, con un humor inteligente y una fina ironía. Por supuesto, es bastante egocéntrico, como casi todos los de su especie.

A media noche, después de varias horas de amena conversación y unas cuantas cañas, me propone marcharnos. Una obra inconclusa le espera en su estudio. Galante, me acompaña hasta la esquina de mi calle y me despide con un eterno abrazo huérfano e indefenso. ¡Si supiera lo que me hace en sueños...! solo de pensarlo me ruborizo entre sus brazos.

Cuando me deja ir, corro hacia mi portal como una loca. Ahora ya puedo. He cumplido la promesa y ahora ya puedo. Esa idea me martillea la cabeza. Me precipito por las escaleras de casa, al final, termino subiendo de dos en dos los escalones para acortar la distancia que me separa de la puerta de mi piso.

Es superior a mis fuerzas. Parezco poseída por Lucifer. Tengo que hacerlo ya. Introduzco las llaves con auténtica ansia. Ya está, menos mal, el deseo me está abrasando. Sentada en mi sofá conecto youtube para escuchar sus obras. Suena Manantial de Luz.

Su música es como la lava, puro fuego, tormento y embestida. ¡Qué calor noto! Hace mucho calor. Demasiado calor. Estoy ardiendo. Entonces, me sorprendo imaginando cómo debe amar a sacudidas, con auténtica pasión y devoción. Realmente, he perdido el juicio por un tipo que acabo de conocer, medito, mientras, llevo mis manos a mi cabeza para tapar mi cara, buscando un poco de consuelo.

Inmediatamente, quito la derecha de mi rostro. Sin poderlo evitar, la deslizo por la cara interior de mis muslos y comienzo a acariciarme lentamente, luego, un poco más rápido y, al final, atropelladamente, como su música, hasta llegar al éxtasis justo cuando youtube enmudece. Me muero de deseo por volverlo a ver. Tengo que comprobar si es como compone, volcánico, magnético, fogoso, erótico, impulsivo, vehemente, furioso, efervescente...

Ya más calmada, me acuesto pensando, una vez más, en mi compositor. Me gusta todo de él, las arruguitas que se le marcan alrededor de los ojos, los hoyuelos que se le forman con la sonrisa... sus hombros fuertes y esa forma de abrazar. ¡Oh, Dios mío, cómo abraza ese hombre!