Un responso bajo cero

Vicente Esplugues es uno de los cinco sacerdotes autorizados a rezar frente a los féretros de la morgue improvisada en el Palacio de Hielo

El sábado pasado fue la primera vez que Vicente Esplugues rezó frente a 70 ataúdes. Todos idénticos, dispuestos en orden silencioso sobre la lona de una pista helada de patinaje. Pronunció el responso con mascarilla, llevaba guantes y vestía de paisano con el alzacuellos visible para facilitar su identificación. Lo recibió un policía y tomó el relevo de la escolta un militar. Al terminar, asperjó los féretros con agua bendita. Apenas diez minutos de oración, con voz queda y desde una discreta esquina para no entorpecer el paso en la improvisada morgue. Todavía ayer, sentado en la sacristía de la parroquia Nuestra Señora de las Américas, se emocionaba al recordarlo. Admite lo extraño de una experiencia que le llenó los ojos de lágrimas y repite en alto la oración: «Dales señor el descanso eterno y brille para ellos la luz perpetua». Fue una despedida insólita, no sabe cómo se llamaban ni si profesaban la fe cristiana o eran ateos. En realidad, poco importa. Se trataba de humanizar una situación de tanto dolor y sufrimiento para los familiares que se quedaron sin cogerles de la mano: «Presenciar al Dios compasivo y misericordioso que no los ve como anónimos, les dio la vida y agradece los frutos de cada uno de ellos».

Al filo de las doce del mediodía, la fachada principal del Palacio de Hielo de Madrid parece la de siempre. Si no fuera porque un cartel enorme anuncia que el supermercado sigue abierto y por los escasos clientes con mascarilla, daría la impresión de que nada ha cambiado. Pero a la espalda todo es distinto. La entrada del parking ha sido clausurada. La custodian la Policía y la Unidad Militar de Emergencias (UME) y los coches fúnebres van y vienen. La situación tan extrema que vivimos ha transfigurado este centro comercial en un depósito de cadáveres. Los cientos de cuerpos que no caben en las funerarias aguardan en este limbo a cinco grados bajo cero a recibir sepultura. Y aquí son despedidos por sacerdotes como Esplugues (Valencia, 1970), uno de los pocos con acceso a la pista helada.

Este misionero de Verbum Dei es uno de los cinco sacerdotes con salvoconducto del Obispado para orar por las víctimas del Covid-19 en tierra de nadie. Dice que ha sido una de las vivencias más impactantes de su vida «por la magnitud y la enorme indefensión». Y ha tenido unas cuantas. Estuvo de misión en Venezuela y Camerún y no es un religioso al uso. Es un cura «heavy», curtido, loco por la música y colaborador durante años de un programa de RNE llamado «La sotana metálica». Lleva pendientes y va en zapatillas, tiene tatuajes y sus homilías se parecen más a un monólogo del club de la comedia que a una exhortación católica. Sin embargo, dice que uno nunca está preparado para algo así. «Todo eso que ves eran vidas que han reído, que han amado», reflexiona. Si pudiera hablar con los familiares de los fallecidos, les diría que no se obsesionen. No importa aquello que no pudieron decir, o la rencilla irresuelta que no se les va de la cabeza: “Esto es un duelo interrumpido, no se deben sentir culpables. Todo eso han de paralizarlo porque la misericordia se ríe de todos los juicios y los difuntos saben lo que hay en nuestros corazones. Ya están al lado de Dios y no tienen en cuenta ningún error. Que tengan paciencia y, sobre todo, la certeza de que el Dios de la misericordia acoge a todos. Están mejor que nosotros”. Reconforta escucharle decir que “el amor no pasa jamás. Las vidas de los que se han ido y que hemos amado forman parte de nosotros, son eternos”.

Hace solo un par de semanas, el lugar en el que ahora reposan tantos cuerpos era «un centro de ocio, de alegría, donde la gente danzaba y patinaba sobre el hielo». Esto le trae a la memoria la cita de un salmo: «Cambiaré tu luto en danzas». Como una promesa de Dios sobre una situación, dice, que no es permanente y que mutará pronto. En una hora tan aciaga, en la que hasta los más creyentes han perdido el rastro de Dios, Esplugues cree que «es momento de darnos cuenta de que hemos vivido de espaldas a Dios. Nos hemos sentido dueños de todo, como si tuviéramos el control. Esto para mí es un golpe de realismo y de humanidad. Somos frágiles, no somos autosuficientes ni poderosos, somos una birria. Y un virus como este nos lo evidencia».

Este sacerdote tan atípico en la forma como en el fondo es capaz de hacer una lectura positiva que a la mayoría se nos escapa. Cree que «Dios está presente en el regalo de lo que es la vida, de lo que es el otro, la familia, los ancianos. Hace un mes hablábamos de la eutanasia y ahora nos hemos olvidado. No es tan fácil jugar a ser dioses. Dios se está activando en muchísimas vidas. Los sanitarios, la gente de la limpieza, los transportistas. Los curritos de toda la vida, la clase obrera, se están reivindicando como imprescindibles».

¿Seremos capaces de aprender algo de este infierno, de crecer de alguna forma? La pregunta del millón que ronda cuando el dolor se apaga, o cuando no es tan cercano como para nublar la reflexión, la responde Vicente con un quizá: «Depende de lo que cada uno interiorice. Estamos muy distraídos en este constante vivir hacia afuera. Para el que quiera hacerlo es momento de profundizar. Yo accedí a la fe porque comencé a hacerme preguntas. Habrá otros que estén deseando volver a los bares, como cantaba Extremoduro». Según él, la pandemia nos ha quitado la máscara, nos deja desnudos ante lo que somos, y «se ven muestras desbordantes de generosidad y gente que se aprovecha para engañar y sacar rédito».

Mientras llega la hora de volver a danzar, como en el salmo, Vicente convive con cuatro hermanos de su congregación en la casa adyacente a la Iglesia, ahora vacía. También lo toma como un regalo porque asegura que se están conociendo más. Uno de ellos permanece aislado por el coronavirus y los demás atienden a los feligreses por teléfono y celebran misa todos los días a las diez de la mañana. En memoria de los difuntos y para todo el que quiera seguirlas por Youtube. En la última se conectaron más de 4.000 personas. Cuando tienen un rato, ven alguna película en una pantalla de cine que han instalado en el salón. También dedica estos días a atender a los periodistas, un poco abrumado y con cierto pudor por un protagonismo no buscado. Y sueña con volver al mar, a Valencia, y poder abrazar a sus hermanas y sus sobrinos.