Un gobierno dividido

La magnitud de la crisis de la pandemia ha dejado la legislatura vista para sentencia.

Rueda de prensa tras Consejo de Ministros
Captura de la señal institucional del Palacio de la Moncloa de la vicepresidenta de Asuntos Económicos y Transformación Digital, Nadia Calviño (d), la portavoz del gobierno y ministra de Hacienda, María Jesús Montero (c), y el vicepresidente segundo y ministro de Derechos Sociales y Agenda 2030, Pablo Iglesias, durante una rueda de prensaPALACIO DE LA MONCLOAEFE

Pablo Iglesias se acaba de anotar otra victoria sobre el PSOE por el ingreso mínimo vital. Además, no lo ha hecho sigilosamente. Lejos de apaciguar los ánimos, horas después de obtener el plácet de Pedro Sánchez a su iniciativa se fue a La Sexta a sacar pecho de su nuevo éxito y lanzar de paso una sibilina puya al titular de Seguridad Social, el «ortodoxo» José Luis Escrivá, el gran derrotado. El ministro, visto el estropicio, fuera de juego, sólo dijo haberse enterado por la prensa. Pero el gol del líder de Podemos a la escuadra de la portería socialdemócrata de Nadia Calviño ha sido solo el último entre varios más desde que estallara la catástrofe del coronavirus. Como la prohibición de los despidos. El ya famoso «escudo social» que ha patentado solamente la familia «morada» del Gobierno. A estas alturas, está claro que la magnitud de la crisis de la pandemia ha dejado la legislatura vista para sentencia.

Asumida la evidencia, Sánchez está instalado en el escapismo. Ni hace autocrítica alguna sobre su gestión, ni es capaz de poner orden en el guirigay por el que transita su experimento de «gobierno progresista». La casa de los líos, llaman ya al Consejo de Ministros. Además, en un clima de pesimismo nacional, con un país confinado que observa entristecido el mazazo diario de las muertes por el Covid-19, con las luces de alarma económica, social y política encendidas, el presidente no para de embarrar el ejercicio político, por acción u omisión. Y aún más: por debilidad, ha abandonado a su suerte a sus propios compañeros de siglas en el gabinete con tal de no molestar al incómodo socio que le apuntala. Así pues, situado el Gobierno en el caos, Pablo Iglesias impone de forma cada vez más sonora sus criterios. Que más que ideas razonables para frenar la emergencia, son el catálogo populista que anticipó en la oposición a Mariano Rajoy: las mismas medidas extremistas con las que quería marcar distancias con el PSOE cuando coqueteó con el sorpasso mientras los socialistas peleaban abiertos en canal.

Lo del pulso con un ministro tan respetado intelectualmente como Escrivá es otra muestra de cómo se mueve Iglesias en el Palacio de la Moncloa. O, más bien, de la impotencia del presidente. Muchos piensan que mientras el líder del PSOE danza por el ring como un boxeador sonado, Iglesias mira más allá, ante una nada descartable vuelta a las urnas en no muy largo plazo. En las últimas semanas, la hoja de ruta para afrontar el inmenso roto del estado de emergencia ha provocado fuertes tensiones en la coalición. Una pugna entre el ímpetu de un Iglesias retador, sin el menor espíritu de equipo –producto tanto de su inexperiencia gubernamental como de su descomunal ambición-, y el equipo económico encabezado por Nadia Calviño y María Jesús Montero. Ambas intentaron retrasar la delicadísima renta universal. Una propuesta de tanto impacto merecía ser llevada con pies de plomo, repetían en privado los entornos de la vicepresidenta tercera y de la ministra de Hacienda, ante augurios como el del FMI de una caída del 8% en el PIB. Según Iglesias tiene el compromiso firme del presidente de hacerlo para mayo. Y en el Partido Socialista empiezan a postrarse. Se resignan. Es ya un hecho contrastado la habilidad del jefe de los morados para salirse con la suya y hallar válvulas de escape frente al tridente formado por Calviño, Montero e Iván Redondo, e incluso frente a pesos pesados como José Luis Ábalos, a quien ya derribó en otra cruzada por los alquileres.

En esta guerra de largo alcance y escaramuzas soterradas permanentes, el PSOE es un convidado de piedra. No consigue autoridad ni potencia política para parar los pies al ego de Iglesias. Podemos ya luce en la guerrera sus victorias. Las proclama a los cuatro vientos. Se jacta de ellas. Ayudas al impago del alquiler. Ley de Libertad Sexual, fletada en vísperas del Día de la Mujer (aquel 8-M para olvidar), pensada a mayor gloria de la responsable de Igualdad, Irene Montero, a pesar de la vicepresidenta primera, Carmen Calvo, y sobre todo del ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, que llegó a calificar el texto legal de «panfleto» electoral. Después llegaron los torpedos contra la CEOE, la prohibición de los despidos… O, en clave más política, las bochornosas arengas contra el Rey del 14 de abril o el manoseo tendencioso de la Constitución. Y ahora, la renta mínima. No son pocos los socialistas que se preguntan: ¿qué será lo próximo? Mientras, Pedro Sánchez calla. Como en la fábula que retrataba al Rey desnudo, no hay nadie cerca del presidente que le recuerde lo peligroso que ha sido Pablo Iglesias a lo largo de toda su carrera política exprés. Si algo ha demostrado en estos años, es que no es de esos que hacen prisioneros.