Las víctimas ante el estreno de “Patria”: «ETA ahora no está matando con las pistolas, pero mata conciencias»

Denuncian el preocupante blanqueo de políticos y películas que tratan de cambiar el lenguaje y revisar lo sucedido en el País Vasco

Cuando HBO anunció que adaptaría «Patria», el éxito publicado por Fernando Aramburu en 2016, se recibió con entusiasmo. No en vano, la alianza entre una plataforma de producciones propias reconocida por su calidad y la adaptación de un autor muy crítico hacia el grupo terrorista despertó una gran expectación por ver el resultado. Sin embargo, el desacertado cartel promocional de la productora –en el que se enfrentaba en un mismo póster dos imágenes paralelas a las que se daba la misma importancia– enfrió el interés y desató las alarmas. En la derecha de la imagen, aparecía una mujer llorando bajo la lluvia tras ser testigo del asesinato de su marido. En la izquierda, un hombre desnudo se retorcía en el suelo bajo la mirada de varios agentes, dando a entender que había sido víctima de torturas. El mensaje era claro a la par que doloroso: dos partes de un conflicto y dolor a ambos lados. Inmediatamente tras su publicación, las críticas a la promoción se sucedieron por su osadía, cinismo y falta a la verdad.

Durante su estreno en el Festival de San Sebastián esta semana no hubo ni rastro del polémico cartel. De todos modos, la preocupación entre las víctimas de la banda terrorista por el creciente cambio de relato respecto a lo sucedido durante los 50 años de terror de la banda terrorista va en aumento. «Es una vergüenza que se intente equiparar a víctimas con verdugos. Equiparar el dolor de una persona asesinada con el de las torturas. Me parece una auténtica locura», asegura Miguel Folguera, víctima de un atentado de ETA y consejero de la Asociación Víctimas del Terrorismo (AVT). De la misma opinión es Isidro Artigas, agente del Cuerpo Nacional de Policía que lleva 28 años en una silla de ruedas como consecuencia de un atentado. «Lo que vemos en el cartel de ‘Patria’ es que presenta el conflicto como si fuera una película y a los terroristas como unos niños jóvenes que son salvadores de la patria. Pero es que el conflicto no fue así. Aquellos años en el País Vasco fueron realmente duros, muy duros». Añade que el hecho de comparar a un asesinado por ETA con un etarra es de «muy mal gusto» porque «ellos eligieron libremente lo que hicieron, pero las víctimas no».

En los últimos años, denuncian las víctimas, asistimos a un preocupante blanqueo por parte de varias fuerzas políticas que tratan de cambiar el lenguaje y revisar lo que sucedió en el País Vasco y en España durante aquellos dolorosos años. Hay acciones criminales de la banda terrorista que difícilmente podrán alterar: atentados, extorsiones, asesinatos, secuestros... Todos ellos siguen en los archivos de los periódicos, en caso de que a alguien le falle la memoria. De lo que sí se puede advertir es de esa peligrosa tendencia o postura –defendida por grupos antisistema así como nacionalistas vascos o catalanes– que trata de desvirtuar el régimen del 78 para justificar los terroríficos actos de ETA. «En la comunidad autónoma vasca nunca existieron torturas y, si hubo algún caso excepcional, se ha juzgado y condenado», subraya Folguera. «Para nosotros es muy duro que se emitan películas o documentales que intentan blanquear y cambiar el lenguaje como está haciendo Pedro Sánchez. Intentan reeditar las historia y ganar el relato», lamenta.

El principal aspecto que a día de hoy confirma ese viraje en el relato es la presencia de EH Bildu en las instituciones. Desde su constitución como formación política se veía venir, pero sorprende la rapidez y contundencia con la que está siendo admitido en la sociedad. Su protagonismo en la formación de gobierno y su transformación en un actor clave en aritmética variable de Sánchez le sitúan frente a frente con otras fuerzas políticas, pese a que algunos de su miembros fueron encarcelados por su pertenencia a la banda armada y que, a día de hoy, no han pedido perdón por todos los asesinatos que cometieron y el dolor que causaron.

«La memoria española depende de quién la cuente», dice Íñígo. «Aquí no se trata de decir que había unos buenos y unos malos. Había unos que estaban atentando contra la Sociedad y otros defendiéndola», describe este Policía Nacional al que dispararon un tiro en la nuca el 22 de diciembre de 1992. «Era el día de la lotería nacional. Eran tres hombres. Uno entró en la oficina donde se expedían carnés; otro esperó en la calle y el tercero estaba escondido en un pasadizo, esperando al otro lado con un coche», recuerda. Luego todo pasó muy rápido. «Yo estaba de espaldas, entró un individuo y me pegaron dos tiros. Uno en la quinta dorsal y otro me salió por la tráquea. Caí al suelo y perdí la sensibilidad de los miembros inferiores. Desde aquel día, no volví a caminar». En los últimos meses observa con perplejidad y rabia este viraje en el discurso hacia la organización terrorista. «Jamás pensé que un presidente del Gobierno de España fuera capaz de dar el pésame públicamente a un terrorista», dice en relación a las palabras «sentidas» que le brindó el jefe del Ejecutivo a Igor González Sola, un terrorista de la banda terrorista ETA que se suicidó en la cárcel de Martutene. «Pienso en los que se han quedado en el camino, en todos los que hemos sobrevivido pero nos hemos quedado de esta manera... Una cosa es humanidad y otra, el buenismo», dice. «Ni perdono, ni olvido», insiste.

Miguel tenía 18 años cuando le despertó a las cinco y cuarto de la mañana «una gran explosión». Un vehículo fue utilizado como coche bomba contra la Dirección General de la Guardia Civil en la calle Guzmán el Bueno. Las ventanas del edificio se vieron seriamente afectadas, fundamentalmente las de los dormitorios de los guardias jóvenes. «Se nos cayeron los techos encima y las taquillas. Supimos rápidamente que era un atentado». Carmen Pascual, un ama de casa de 79 años, que volvía con varios familiares de celebrar las bodas de plata de un sobrino murió en el atentado. «La huella psicológica no se borra», describe Miguel. «Durante todos estos años miras los bajos de los coches y cada vez que le vas a dar al contacto piensas que es la última vez... Que el coche va a saltar por los aires. Es algo que no se olvida y que te persigue siempre», señala, con dolor.

No oculta su asombro ante el discurso adoptado por algunos dirigentes políticos que –dice– «están copiando» el lenguaje del grupo terrorista ETA. «Llevamos años luchando porque esto no pase, y ahora, quieren que llamemos a ETA, banda y a los terroristas, presos vascos. Es una humillación». «ETA ahora mismo no mata con las pistolas pero sí está matando conciencias. Parece que no han existido los años del terror y, además, quieren vendernos que había una guerra y eran dos bandos», concluye.