“¿Llevaría a su hija con una edad mental de cuatro años con chicos de 16?”

Las familias exigen que los centros de educación especial se mantengan «porque es donde nuestros hijos son felices»

El hijo del escritor y periodista Andrés Aberasturi ya no está en edad escolar, pero cuando lo estuvo, sus padres no se plantearon ni educación ordinaria y casi ni educación especial porque casi les parecía un absurdo. «Padece una parálisis cerebral: no anda, no habla no se comunica, hay que cambiarle los pañales y necesita una persona las 24 horas del día», dice. Por eso, más allá de una educación reglada, Aberasturi pensó que lo que necesitaba su hijo era un centro sociosanitario. Así que, durante todos estos años, «nuestro objetivo es que siguiera viviendo y que fuera feliz». Es de los que opina que «con la cantidad de discapacidades que hay, hablar de una normalización de la discapacidad me parece un absurdo bienintencionado, pero también un enorme error.» Ahora, muchos padres temen que la «Ley Celaá» impulse un modelo integrador de alumnos con discapacidad en colegios ordinarios que no siempre vale para todos los niños. Creen que esta política, al final, vaciará de niños los centros de educación especial hasta que se vean abocados al cierre. Y lo que es peor, que la Administración sea la que decida un modelo para sus hijos con el que precisamente no están de acuerdo. Muchos ya conocen los dos y se decantan por la educación especial.

«Respetan sus tiempos»

¿Quién no quiere llevar a sus hijos a un cole ordinario?, dicen Rafa y Estefi. Son los padres de Rafael, un niño de 9 años con autismo severo. A los tres años le llevaron a un colegio ordinario pero, al año siguiente, tuvieron que desescolarizarlo porque «fue un auténtico fracaso y calvario para mi chiquitín». Decidieron contratar a una terapeuta que fuera a su casa hasta los 6 años, en que se decantaron por la educación especial. ¿Por qué? «Porque respetan sus tiempos, tienen otros métodos de enseñanza, aprenden jugando, con el contacto humano, experimentando, aprenden de manera diferente», dice Estefi. Rafa, el padre, cree que es importante que convivan los dos modelos, que haya inclusión, pero «entendemos que tiene que hacerse en función de las necesidades de los alumnos y siempre escuchando a las familias. Hay alumnos que están escolarizados en centros de educación especial que con ciertos recursos y adaptaciones podrían acceder al nivel del resto de los alumnos, pero hay niños con otras afectaciones que lo que necesitan es un apoyo específico, muy centrado en ellos y un aula con otros 25 o 30 alumnos, aunque se adopten recursos ,no es suficiente para ellos».

«No hay medios»

Jaime Aguado, es el padre de Pablo y lleva a su hijo a un centro de educación especial de Valladolid. Tiene la experiencia de haber probado las tres modalidades que hay de escolarización. Su hijo empezó en la ordinaria, siguió en la combinada y ha acabado en la especial. «En ordinaria estuvo hasta que vimos que no se podía escolarizar más intelectualmente ni socialmente. Después le llevamos a combinada: tres días en especial y dos en un centro ordinario, pero ahora estamos en la especial y es feliz». Jaime cuenta que su hijo quiere ir al colegio hasta los sábados y los domingos «porque tiene amigos, porque no juega solo en el patio como pasaba en el centro ordinario, le comprenden, tiene actividades que no tenía en los ordinarios y él quiere estar con sus semejantes. No entiendo cómo un niño que no controla esfínteres, ni sabe leer ni escribir puede estar en un centro ordinario». Cree que no hay medios ni suficientes profesionales para que su hijo pueda ganar autonomía personal y saberse manejar en el día a día.

Es lo mismo que cuenta Begoña Megías. Su hijo David, con parálisis cerebral, ni hablaba ni andaba. Hace dos años que falleció, pero ahora que cree que el modelo que ayudó tanto a David puede peligrar con la «ley Celaá» se ha unido a los padres que defienden la educación especial como el colegio donde «fue feliz y aprendió paso a paso con todas sus limitaciones gracias al gran equipo de profesionales que tuvo acompañándole y a su calidad humana».

Una vida divertida y bonita

Rebeca ve a diario como Miriam, su hermana, que acude todos los días a un colegio de educación especial, está aprendiendo a ser más autónoma: a vestirse, en su higiene personal...No cree que pudiera hacerlo en otro tipo de centro. «Si fuera a un ordinario se quedaría sin esos cuidados, supondría un abandono de estos niños y no se les proporcionaría toda la atención que ellos necesitan. No creo que los compañeros les hicieran la vida tan divertida y bonita. Por favor, no les cerréis el cole y dejadles como están que sus padres saben lo que es bueno para ellos», dice Rebeca.

«Querida y aceptada»

Discapacidades hay muchas y diversas. Como el caso de Lucía, que padece una enfermedad rara que la ocasiona una discapacidad que alcanza el 71%. Nuria, su madre, dice que, aunque su hija tiene 17 años, en realidad, su edad mental no supera los cuatro. Tampoco quiere que la todavía menor de edad vaya a un colegio de integración porque «en el suyo adquiere los conocimientos a los que ella es capaz de llegar, le proporciona una estabilidad emocional impresionante, es totalmente feliz y se siente querida y aceptada». Cosa que asegura que no le ocurrió cuando estuvo en un centro ordinario. Por eso la pregunta que Nuria lanza, ahora que lo que se pretende es integrar a niños con discapacidad en centros ordinarios, es: «¿Metería usted a una niña con una edad mental de cuatro años en un instituto de niños de 17?».

«Tienen más medios»

Cristina es madre de Jaime, un niño con síndrome de Down, y conoce todos los modelos educativos. Ahora está en un cole especial después de 13 años en uno ordinario. ¿Por qué decidió llevarle allí? «Porque tiene más medios para sacar adelante a Jaime, hay profesionales que saben perfectamente qué es dar clase a un alumnado con discapacidad, diseñan planes de ocio en los que saben que se lo van a pasar bomba, planes de trabajo adaptados a sus capacidades y son un número muy reducido de alumnos, se encuentran con sus iguales». Y es que una de las principales preocupaciones para los padres es que se enseñe a los niños a ser autónomos. «En el colegio ordinario Jaime estaba socialmente super adaptado, todo el mundo le quería pero curricularmente se fue abriendo una brecha muy grande puesto que el profesorado no está especializado en ellos y no tienen medios ni capacidad de hacerlo bien aunque quieran por el número de alumnos del aula».

«Tiene más inclusión»

Sofía Tejedor tampoco imagina escolarizando a su hijo en otro sitio que no sea un colegio especial por que la discapacidad que tiene, necesita cuidados frecuentes de enfermería. «El cole nos aporta es la tranquilidad de que nuestro hijo puede ir a un sitio y hacer una vida con un poco de inclusión. No imaginamos llevándole a uno ordinario, aunque nos encantaría»».

Lo mismo opina Rebeca, la madre de Rodrigo. Tiene una discapacidad intelectual y motora. Anteriormente Rodrigo iba a un colegio de integración y ahora especial. ¿Por qué? «Porque en el de integración no evolucionaba y aquí ha sido como de la noche al día. Es otro Rodrigo, evoluciona y va madurando poquito a poquito. Cuando un niño necesita un colegio es por algo, no porque queramos los padres, sino porque lo necesitan».

Mar es profesora, lleva más de 25 años trabajando con niños y para su hija de 11 años, con síndrome de Down, ha elegido una escuela concertada de educación especial. Y no sólo es porque crea que por una cuestión de autoestima la niña se vaya a sentir mejor, sino porque opina que puede recibir una atención al ritmo que necesita. «Hay personas especializadas en todos los aspectos de su desarrollo para gestionar todo lo que conlleva el síndrome de Down y otras discapacidades». Cree que «la elección debe estar en las familias y debe haber libertad suficiente para que se pueda elegir lo mejor para cada uno».