Análisis

¿Españolizar la política?

La cultura del pacto de otros países, como la de Alemania, nos induce a olvidar que somos herederos de la tradición pactista que forjó el 78. Urge conectar de nuevo con ella

Bandera Colon
Bandera ColonPlatónIlustración

Primero nos miramos en el espejo de Italia. Sobre todo, a partir de aquella célebre frase de Felipe González que equiparaba el Congreso con «un Parlamento a la italiana, pero sin italianos para gobernar». Después, cuando la fragmentación política siguió su evolución natural de división y derivó en el bloqueo sistemático de las instituciones, en particular en la de la formación de gobierno, nos acercamos un poco más a Bélgica. Nos lanzamos a competir por superar su marca de 541 días con un ejecutivo en funciones y, aunque pusimos énfasis en el empeño, no llegamos a alcanzarlo (Mariano Rajoy encadenó 316 días en funciones y Pedro Sánchez se quedó en 254). Ahora, tras la celebración de las elecciones en Alemania, son muchos quienes aspiran a tomar como modelo el talante negociador germano para salir de la exagerada polarización y la (casi) parálisis que nos acompaña desde 2015. La gran coalición como referencia en el horizonte. Sin embargo, la inspiración puede estar más cerca y no recalar más allá de nuestras fronteras. Ni Italia, ni Bélgica, ni Alemania: urge una españolización de la política.

«Buenas y malas cualidades»

Reconocía Julio Camba que ser español es «una mezcla bárbara de buenas y malas cualidades». Y, en efecto, de todo hay un poco. Si miramos hacia atrás en nuestra historia, nos topamos con el gen bipartidista del siglo XIX. Una larga tradición de turnismo, de dos visiones contrapuestas de la realidad que se iban alternando en el poder y que extendían al resto de los ámbitos de la vida sus distintos planteamientos. Hasta seis constituciones llegaron a promulgarse en apenas cien años: sin pasar por ningún tipo de reforma, unas normas derogaban a otras construyendo modelos de sociedades tan opuestos como fugaces. Probablemente, la política actual, esa que es incapaz de llegar a pactos, que ve al adversario como enemigo irreconciliable y que se muestra inflexible en sus posiciones sea heredera de aquella bipolaridad extrema. Sin embargo (y aquí vienen las buenas cualidades que apuntaba Camba), estamos conectados con otra tradición, de carácter pactista, empeñada en buscar puntos de encuentro frente a muros insuperables y que permite afianzar avances sin vacuos obstáculos ideológicos.

El legado del 78, el que forjó la Transición y que ha procurado el mayor periodo de prosperidad y estabilidad a España en nuestra historia reciente (aún a riesgo de incidir en lo obvio), ese legado, se articula como guía para escapar de la cultura de los compartimentos estancos y las rigideces inamovibles. Tras siete años de desestabilizaciones, líneas rojas y vetos cruzados, otra política debe imponerse. Aunque solo sea por necesidades meramente pragmáticas. Como cada comienzo de otoño, llega el momento de elaborar los Presupuestos Generales del Estado (PGE). El paradigma de la negociación política, del pacto más necesario. Y nos instalamos, una vez más, en la realidad: el proyecto no se ha presentado en las Cortes a 30 de septiembre, contraviniendo, así, el precepto constitucional. Esto implica, de entrada, que su tramitación parlamentaria posterior será más breve de lo que debería y eludirá alguno (o algunos) de los controles establecidos (el año pasado su paso por el Senado se redujo a algo más que simbólico) y, además, refleja otra de las perversiones de los nuevos modos de negociación: sin puentes entre los partidos mayoritarios, el grueso de los apoyos se cierra con socios minoritarios que ponen precio a sus síes para obtener aquello que de otro modo no conseguirían. Es el coste añadido de los PGE.

Sin necesidad de apelar a los grandes acuerdos (desechados sistemáticamente desde 2015), la realidad es que urgen los encuentros puntuales y para ello no hay mejor ejemplo al que recurrir que nuestra propia historia: volver a la cultura del pacto que activó la Transición y asombró al mundo. Es una exigencia irrenunciable recuperarla, en especial, para los dos grandes partidos que han tenido las responsabilidades de gobierno en las últimas cuatro décadas. En nuestra mano, en la suya, está lograr que el espíritu del 78 deje de ser una excepción y se convierta en referente para el resto de países. Y que empecemos a exportar la política a la española.