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Adiós a la Diada: la división lleva al fracaso

Para disimular el enfrentamiento que existe entre los secesionistas se han inventado el eufemismo de «descentralizar» las manifestaciones

Tiempo de lectura 4 min.

12 de septiembre de 2016. 02:17h

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Sabino Méndez 12/9/2016

Este año, la víspera de la Diada empezaron ya a aparecer señales de que todo el asunto parecía gafado: el Barsa perdió en casa ante un recién ascendido y el inicio del espectáculo que inauguraba el acto institucional hubo de suspenderse por la lluvia. Por lo visto, a nadie de las instituciones se le había ocurrido preverlo y poner un toldito sobre el escenario. El acto se desarrollaba en una plaza pequeña, rellenada con sillas plegables, ante el mercado del Borne. El ambiente recordaba el retrato de la feria agrícola que hace Flaubert en «Madame Bovary» con todas las autoridades locales sentadas en primera fila: el cura, el boticario, el poeta local, etc. Una chispa de risa asoma en las mentes populares cuando ven a los mandamases en remojo. Debe ser un atavismo de cuando los tiraban al pilón. Frases muy españolas: «en este país, cuando caen cuatro gotas, todo deja de funcionar».

Al día siguiente, el tour-operator político de la Diada empieza a las nueve con la ofrenda de los políticos al monumento de Rafael Casanova. Se realiza en un chaflán del centro. Se han dispuesto vallas metálicas innecesarias porque la acera está despejada. Los grupos de políticos que van llegando son pequeños, de veinte personas, más o menos. Traen banderas y unos cojines de flores un poco cursis, rectangulares, como pasteles de repostería. Haciéndome el turista, pregunto a los peatones quién era ese tal Rafael. Una señora con traje de chaqueta que está apoyada en las vallas me dice que fue un héroe de la defensa de Barcelona contra los españoles. Un camarero de una terraza de dos calles más allá afirma, sin embargo, que fue un agente doble del Gobierno local que recibió un tiro en el trasero mientras huía. Lo que está claro es que el PP, Ciutadans y la CUP han rechazado asistir a estos actos.

La sorpresa es la asistencia de Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona, que se había mostrado contraria a los militares en la Feria de la Enseñanza. Uno no puede evitar preguntarse que hace entonces aquí homenajeando una guerra civil de militares de otro tiempo. ¿Le gustan los militares o no? ¿Hay que entender que se debe llevar flores a los militares de antes y a los de ahora darles puerta? ¿O simplemente sucede que unos militares le gustan y otros no?

A la una, me acerco al vecino Arco de Triunfo, donde se celebrará la concentración principal porque este año los secesionistas están divididos y enfrentados entre ellos. Para disimular ese fracaso, se han inventado el eufemismo de «descentralizar» las manifestaciones. Se celebran otras en Tarragona, Berga, Lérida y Salt, pero quedan así atrapados por sus propias excusas. A la vista de que aparece menos gente, tal explicación supondría la demostración de que la descentralización lleva al fracaso.

Los grupos que van llegando son principalmente de fuera de la capital. Han viajado por la mañana con los niños, puesto que es una manifestación pacífica, y aprovechan para visitar la capital. El acto empieza a las cinco y hay mucha gente, pero a todas luces menos que los años anteriores. Si encima consideramos que la mitad son consumidores de galletas Oreo, traídos por su padres, las cifras no son como para emocionarse. Mientras se hacen los discursos, el público agita unos cartones redondos que se han repartido con forma de huevo frito. En conjunto, para un observador extranjero, todo resulta bastante incomprensible. En una hora terminan los discursos y empiezan las variedades en el escenario. La gente se va marchando tranquilamente con los consumidores de galletas Oreo a hombros.

Con las banderas es aconsejable hacer lo que Borges pedía para los adjetivos: que deben usarse con parsimonia. Por tanto, para cualquier catalán de a pie, sensato y escéptico, un 11 de setiembre le muestra un paisaje peatonal ciclotímico. Un panorama bipolar en la medida que en algunos lugares te encuentras concentraciones numerosas de personas agitando frenéticamente banderas y, en otros barrios, solo ves calles desiertas y ausencia de insignias. Es un cuadro que, por estas fechas, se repite aquí anualmente después de la vendimia. Tanto, que, recogiendo el humor popular, el Centro Libre de Arte y Cultura, una de las pocas iniciativas culturales que discurre al margen de las instituciones regionales, propuso con gran éxito la pasada semana un charla titulada «La Diada de la Marmota». La única diferencia es que este año la Diada es ya solo la fiesta independentista y al resto de catalanes nos queda Sant Jordi que sigue siendo de todos. La división y atomización de los catalanes es absoluta. Se trata solo de una fractura cultural y no social; siguen trabajando juntos por los negocios. Pero soportarse mutuamente sin comprenderse imposibilita construir cualquier país con esa falta de consenso.

Con Mas, los apocalípticos señalaban que Cataluña corría directa hacia el borde de un precipicio. Con Puigdemont, Cataluña no va por ahora hacia el abismo. Cataluña a lo que va es hacia el autismo.

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