Política

Albert se ha derrumbado: El ocaso de un líder mimado

De esperanza blanca de un centro anhelado, a cenizas políticas. Rivera ha pagado muy caro sus continuas veleidades y vaivenes

“Albert se ha derrumbado”. Era el lamento de su núcleo duro, pasadas las doce de la noche, sobre el ánimo de Albert Rivera. Poco antes de que abandonara la sede del partido, todos en la cúpula de Ciudadanos lo tuvieron claro: su situación era insostenible ante la hecatombe de los resultados. El joven que un día soñó con ser presidente del gobierno entraba ya, sin remedio, en caída sin red. Pasó de ser un valiente azote contra el nacionalismo, de auténtico niño mimado por los poderosos del IBEX, a un dirigente derrotado. De esperanza blanca de un centro anhelado, a cenizas políticas. Rivera ha pagado muy caro sus continuas veleidades y vaivenes, sus gestos de altivez descontrolados y su ambigüedad mal calculada. Es la suya una historia de vertiginoso ascenso hasta darse de bruces con su propio electorado. “La gente no quiere medias tintas”, le dijo un día su mentor y fundador de Cs, Francesc de Carreras. Albert no le escuchó y aquí está el desenlace final. El ocaso de un líder que lo tuvo casi todo, pero lo desperdició. No supo administrar ni el poder, ni la gloria.

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Hace años, arrancó su lanzamiento político con un desnudo de su anatomía física bajo un lema: “Ha nacido tu partido. Nos importa España”. Ello provocó las iras del separatismo catalán, pero Albert Rivera Díaz no se achantó. Con una imagen joven y aseada, erigido en el cambio sensato, obsesionado con la figura de Adolfo Suárez y con un defensa de la unidad de España, este joven barcelonés se convirtió en el líder de una formación emergente, Ciudadanos. Tras algunos coqueteos con el PP, e incluso con el PSC y UGT, sindicato dónde militó en su etapa como letrado en la Asesoría Jurídica de La Caixa, cimentó su ideología por influencia de algunos de sus profesores en la Facultad de Derecho de la Universidad Ramón Llull. Entre ellos, el peruano Juan Carlos Remotti, que le adiestró en la oratoria y, sobre todo, Francesc de Carreras, un catalanista moderado impulsor de la plataforma cívica Ciudadanos de Cataluña, germen de la actual formación naranja.

Compañeros de su época universitaria le recuerdan como un gran deportista y apasionado de la política. En lo primero, llegó a ser un avezado nadador y campeón de waterpolo. En lo segundo, a la vista está su trayectoria como candidato a la presidencia del gobierno de España. Según sus colegas era disciplinado, frío y ambicioso, cualidades excelentes para triunfar. Uno de sus íntimos amigos cuenta que le apasionaba la música y, en especial, la del cantante argentino Alberto Cortez, “Castillos en el aire”. Hete aquí una clave del carácter de Albert Rivera, similar a la letra de esta melodía: “Quiso volar igual que las gaviotas, alzó sus sueños hacia el cielo, y buscó ganar altura hasta que los demás quedaran en el suelo”. Como una premonición, el joven catalán empezó a construir su castillo en el aire con el viento a favor. Pero sus continuos bandazos, su exacerbado ego personal, le jugaron una mala pasada.

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Hubo un tiempo en que Rivera era el político de moda. Los empresarios le cortejaban y muchos de ellos le apoyaron económicamente. Era joven, fresco, con buen físico y oratoria. Un mirlo blanco de los que gustan y tranquilizan al poder financiero. En Cataluña empezó con un discurso valeroso contra la independencia, que le dio muy buenos réditos. Se lanzó a la aventura en el resto de España y saboreó las mieles de victoria, pero se pasó de frenada. En su lucha contra la corrupción revestido de una túnica de líder inmaculado, en la moción de censura contra Mariano Rajoy y en algunas deslealtades. En los últimos tiempos, tal vez rehén de circunstancias en su vida privada, estaba rodeado de unos pocos aduladores y perdió a algunos de sus mejores espadas. “Albert no escucha”, comentaban muchos dirigentes naranjas ante su carácter caudillista, egocéntrico y sólo apegado a unos pocos.

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Hijo único del matrimonio compuesto por el barcelonés Agustín Rivera y la malagueña María Jesús Díaz, tuvo buena educación gracias al trabajo de sus padres en una tienda de electrodomésticos en el Vallés Oriental. Estudio en el colegio privado de Cervetó en Granollers, practicó la natación, fue campeón de Cataluña en estilo braza y aquí conoció, con tan solo trece años, a la que sería su pareja y madre de su hija Daniela, la psicóloga Mariona Saperas. Desde niños se hicieron inseparables, estudiaron juntos y se compraron una casa en La Garriga. Pero el amor se rompió y se separaron amigablemente. Rivera siente pasión por su hija, saca tiempo de dónde sea para estar con ella y encontró una nueva pareja sentimental con la azafata Beatriz Tajuelo, que también acabó por romperse. Muchos piensan que su última relación con la cantante Malú le ha transformado. Lo cierto es que algunos de sus amigos le veían aislado, distante y muy cambiado.

Apasionado de las motos, posee una Yamahaa 1000 con la que se mueve por Barcelona. Tal vez quiso ir demasiado rápido a diestro y siniestro, flanco débil que denuncian sus adversarios. Para el PP era un líder “de brocha gorda”. Para el PSOE y Podemos, un niño de derechas disfrazado. Y para los nacionalistas un mal catalán, un traidor en toda regla. “Va de sobrado”, lamentaban antiguos compañeros. Frío y tímido. Receloso y calculador, nadie podrá negarle su vertiginoso ascenso, ahora que lo deja todo. ¿Quo vadis?. O sea, ¿A dónde vas, Rivera?, se preguntaban muchos. Hasta aquí ha llegado.