Política

Alemania, una gran alianza para reflotar la UE

Los gobiernos de Merkel y Rajoy pueden hacer grandes cosas juntos, sobre todo por el bien de la Unión Europea

La canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, en Berlín
La canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, en Berlín

Muchos españoles admiran a Alemania. Les gusta la seriedad de los alemanes, la fiabilidad de lo que producen, la calidad de lo que hacen. Son gente de fiar. La admiración se expresa en tales términos que, a veces, parece reflejar un cierto ideal español, como si los alemanes, que se toman en serio el trabajo, la vida y en general la sociedad, hubieran podido prescindir de la política. Los alemanes encarnan un sueño tecnócrata o, mejor aún, regeneracionista. Alemania vendría a demostrar que esa frivolidad un poco turbia que es la acción política no es imprescindible. Quién fuera alemán...

A principios de siglo, Alemania era considerada el país enfermo de la Unión Europea. Las reformas puestas en marcha por Gerhard Schröder con su Agenda 2010, a partir del año 2002, cambiaron la situación. La llegada al poder de Angela Merkel en 2005 no varió la situación. Al contrario, desde entonces han continuado las reformas. Los resultados, como se sabe, le permitieron encarar la crisis sin cataclismos.

El éxito económico de Alemania no se entiende, sin embargo, sin la realidad política del país. En primer lugar está la continuidad. Continuidad de las personas, como es el caso de Angela Merkel –nueve años ya en la Cancillería–, y continuidad en las políticas de reformas, mantenidas a lo largo de doce años. Esto requiere un partido auténticamente vertebrado, nacional, capaz de integrar muy diversos intereses, como ocurre en la negociación entre la CDU y la CSU de Baviera. El liderazgo de Merkel, hecho a base de pactos y voluntad de acuerdos, es característico de esta forma de actuar.

También ha requerido la colaboración de varios partidos. Merkel gobernó en 2005 con los socialdemócratas, en 2009 con los demócratas-liberales del FDP y de nuevo con los socialdemócratas desde 2013. En Alemania existe un partido socialdemócrata de verdad, con sentido nacional y de Estado, consciente de su responsabilidad. En vez de desgastar al Gobierno de sus adversarios, captar votos por la extrema izquierda y poner en peligro la estabilidad, se esfuerza por integrar a la ciudadanía y establecer cauces de negociación permanentes. El resultado es que lleva gobernando en coalición más de cinco años y ha puesto en marcha muchas de sus propuestas. Las elecciones europeas de este año dejaron bien claro cuáles son los resultados de estas estrategias: los partidos mayoritarios lo siguen siendo y los populistas, nacionalistas y extrema izquierda apenas crecen, o retroceden.

Hay quien acusa a Merkel de haber querido asfixiar a los países de la Unión con sus políticas de responsabilidad y austeridad. El caso es que los países que las han seguido, en particular España, han salido de la crisis. Y quienes se empeñan en seguir buscando la solución en la deuda y la política monetaria europea, sin poner en marcha ninguna reforma, están volviendo o han vuelto ya a la recesión, como ocurre con Francia y con Italia. También hay quien reprocha a Merkel lo contrario, haber frenado las reformas (o hacer sólo «Reförmchen», o sea «reformitas») por su empeño en gobernar en coalición o su voluntad de no irritar a los electores.

A la Unión Europea le corresponde el 7 por ciento de la población mundial, el 25% del PIB global, y el 50% del gasto mundial en bienestar. Los europeos vivimos rodeados de una seguridad absoluta, a costa de ser cada vez más pobres. Se necesitan por tanto reformas muy profundas, que sólo se pueden emprender a largo plazo y a ritmo moderado. Los españoles no tenemos la suerte de contar con dos partidos de gobierno. Sólo uno, el PP, puede hacer lo que en Alemania se hace entre dos, o entre varios.

La verdad es que los alemanes saben bien lo que es la política, mientras que aquí hay mucha gente que se imagina que no sirve para nada. Eso mismo debe mover al Gobierno a continuar las reformas, a seguir haciéndolas con la prudencia con la que las está llevando a cabo y, también, a profundizar las relaciones con quien nos puede ayudar a ponerlas en marcha. Lo peor, sobre todo en un momento de cambio tan profundo, es el miedo, y no se hará nada si la gente se siente insegura. Así como los españoles admiran a Alemania, también a los alemanes les gusta, y mucho, España. Entre los dos países pueden hacer grandes cosas. También por la Unión Europea.