Ante la pérdida de una gran persona

La Razón
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Ciertamente, como político, la primera reacción tras el fallecimiento de Adolfo Suárez no pueda ser otra que el elogio de su coraje, de su valor y de su inteligencia durante sus años al frente del Gobierno. He afirmado en más de una ocasión que Adolfo Suárez ha sido el político español más importante del siglo XX, y no se puede calificar de otra manera a alguien que supo desactivar una dictadura de cuarenta años y reconvertirla en una democracia sin nada que envidiar a las restantes democracias constitucionales de Occidente. Adolfo Suárez protagonizó los años más excitantes y comprometidos de nuestra historia reciente, y supo hacerlo conciliando todo tipo de voluntades contrapuestas.

En estos días se hablará obligatoriamente de su inteligencia como ejecutor del cambio. Se hablará asimismo de su valentía personal, en una época en que fue necesario reforzar con sacos de arena el propio palacio de la Moncloa ante la eventualidad de una asonada militar, o de su preparación psicológica ante el riesgo de ser objeto de secuestro por parte de ETA. Se hablará de su magnetismo personal, de su innata calidad de líder y de persona preparada para situarse en el lugar preciso en el momento preciso.

Adolfo Suárez, junto con el Rey, fueron los protagonistas de un cambio que nos devolvió a Occidente y a la modernidad, sin otros traumas que los causados por los múltiples enemigos de la convivencia democrática, que los hubo y muchos.

Sin restar un ápice a toda su grandeza política y al carácter providencial de su etapa al frente del Gobierno, a mí me gustaría evocar aquí el Suárez más íntimo, más humano. Tuve ocasión de tratarle a menudo en Centristes de Catalunya, al inicio de mi carrera política en los años ochenta. También le traté durante la fundación y primeros pasos del CDS. Siempre hallé en Suárez una persona próxima, pero, a la vez, una persona dotada del carisma excepcional del líder.

Sin embargo, habitaba en él un leve sentimiento de tristeza, comprensible en una persona que, habiendo dado y arriesgado tanto, nunca fue objeto del reconocimiento que se le debía. Más adelante, separadas ya nuestras trayectorias políticas, siempre me sentí correspondido en el afecto personal que le profesaba y lamenté los muy duros golpes recibidos en su vida personal. Porque Suárez era una persona que se desvivía por su familia, que adoraba a su esposa y a sus hijos y que padeció mucho con las pérdidas sufridas.

Recuerdo haber conversado con él poco tiempo antes de perderse para siempre en el laberinto de su enfermedad. Le recordé que tenía pendiente un homenaje en Catalunya por parte de quienes habíamos colaborado con él y aceptó con gusto la idea. No pudo ser, por razones obvias, por una enfermedad que, al decir de los suyos, avanzó al principio con una rapidez imparable y demoledora.

Suárez fue un estadista, un líder, alguien único entre los sucesivos inquilinos del palacio de la Moncloa.

Pero cuando todas las voces coinciden ahora en resaltar su innegable personalidad y su grandeza de miras, a mí me gusta recordar también que además de un líder fue también una gran persona.