Ecos en el sur de Estados Unidos

Bush hijo, el que se haría amigo de Aznar, le llegó tarde la noticia de que Zapatero, líder la oposición, no se había levantado en un desfile al paso de la bandera estadounidense. El hecho le repateó.

Al inquietante Trump le puede llegar el rumor de que nuestra Reina era reacia a visitarlo por su rechazo del personaje. Es sólo un rumor, quizás sin base, no un hecho como el número de la banderita. A Trump, impulsivo y grosero, también le repatearía y, de esto a veces no nos damos cuenta, lo mismo ocurriría con la mayoría de los americanos. Los enemigos de Bush, al conocer el asunto, no aplaudieron. Tampoco lo harían ahora los numerosos adversarios de Trump. La bandera y el presidente no deben ser desairados. Meryl Streep o Robert de Niro pueden congratularse con estas cosas. El pueblo americano, no.

La visita de nuestros Reyes a Yanquilandia no hará grandes titulares en la capital y Nueva York. Otra cosa es su estancia en las dos ciudades sureñas creadas por nosotros, algo que se desconoce en Estados Unidos, que acaban de visitar los Monarcas y en donde desempeñaron el buen papel que acostumbran a hacer. Sensatos, elegantes y conocedores de sus deberes. Allí, en el sur, ha tenido eco.

En la capital, la clase política está en otros temas. La emigración, ¿ como no? –aunque el asunto, hiriente como en el caso de los niños, crea menos divisiones que aquí e incide, por ahora menos, en las elecciones–, la guerra comercial con China y Europa, los problemas legales de la catarata de asesores del presidente...Nuestros Reyes han ido a las ciudades del sur, y a ver al duque, al Emperador Donald. El estrafalario presidente estará sin duda cortés, más que con la Merkel o con el canadiense Trudeau, al que ha calificado de deshonesto, dirá en público tres tópicos agradables pero esto no es una visita de Estado, para los americanos es un parche, y España ni es gran potencia ni crea problemas a Estados Unidos. Los Reyes y el ministro Borrell, experto en política europea y buen conocedor de la internacional pueden, aparte de reafirmar los clichés de las relaciones sin nubes en el horizonte, captar de cerca la intensidad de las fobias y filias del presidente. ¿ Confía en el coreano Kim? ¿Suavizará su política de aranceles que ya empieza a hacer pupa a nuestras aceitunas y otros productos? ¿ Es totalmente cerril en el medio ambiente? ¿ Sabe algo de nosotros? Tal vez, no. Tampoco lo sabían el idolatrado Obama y el amigo Bush, aunque en su época la cooperación antiterrorista fue óptima y benéfica. Borrell, de su lado, aunque Estados Unidos no nos cree problemas en ese sentido, a diferencia de nuestro aliado, aliadísimo, Alemania cuyos magistrados son un sarpullido antieuropeo, tendrá la oportunidad de remachar que España es un Estado de Derecho no inferior a Estados Unidos y que nuestros golpistas serían allí encarcelados por golpistas y nuestros racistas allí también serían considerados racistas.

Un tema que nos será incómodo abordar es el de cooperación en defensa. Nuestro incumplimiento es lamentable por lo relevante. Los 27 miembros de la OTAN prometieron, en un cierto tiempo, elevar la inversión en defensa al 2% del PNB. Sólo lo cumplen 7 de los 27. Trump, con razón en esto, vaya por Dios, ha llamado gorrones a los europeos y lanzado puyas nominativas contra Alemania porque siendo enormemente rica, con constante superávit comercial, sólo emplea el 1,2%. Vergonzoso, dice Trump, y piensan los políticos yanquis de derecha e izquierda. «Ya nos ocuparemos de ellos», ha dicho el del flequillo. Imaginen lo que pensará si le ponen en la chuleta de España que nosotros gastamos menos del 1% y que no vamos a mejorar. La flamante ministra de Defensa, Margarita Robles, ha dicho que no es el momento de aumentar los gastos militares, ¿ y van...?, añadiendo bonachonamente que hay otras formas de colaborar en la OTAN. ¿Cuáles? Trump es deslenguado, impulsivo, pero tonto no, y sumar sabe. Nos archiva como supergorrones.