El calor de los españoles

La Razón
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El año pasado, sin ir más lejos, yo llegué a decir que jubilarse es de cobardes. No tardaron en venir mis hijos a decirme que me había pasado cien pueblos. Luego me lo pensé bien, después de pensármelo bien, me lo pensé mejor, y al final dije, «al cuerno el trabajo, ya es hora de mirar los toros desde la barrera». Y me retiré. A partir de entonces me hicieron muchas entrevistas y en todas dije que estaba volviendo a disfrutar de una vida nueva. Tan feliz estaba (y estoy) que en una entrevista, sin pensármelo dos veces, cosa que últimamente suelo hacer, me encaré con el Rey y le dije: «Majestad, se vive de fábula jubilado, déjese de historias y abdique». Creo que fui el primero que lo manifestó públicamente. Y como en esto del periodismo, uno se retira pero nunca abdica, lo digo ahora para que conste.

También escribí sobre el Príncipe, hace nada, y dije que esperaba verlo como Rey. La verdad, no tenía la certeza de que iba a ser tan pronto, pero lo presentía. Cuando nos hacemos mayores, más que las razones, cuentan los sentimientos. Y sobre todo, los presentimientos.

El periodismo tiene que estar feliz. El Príncipe Felipe, cuando sea rey, nunca podrá olvidar que, por encima de su formidable preparación para cumplir con eficacia las obligaciones de la Corona, es periodista consorte. Yo soy gallego consorte, y no hay forma de quitarme Galicia de mi corazón. Me encanta tener una reina que antes fue periodista. Si hay algo que se le exige al buen periodista, por encima de sus conocimientos teóricos y universitarios, es el olfato. Saber por dónde vienen y adónde van los vientos de los acontecimientos, estar metido dentro de la trama de la vida, agarrar la realidad por encima de los cuentos etéreos de los validos de la corte. Una reina periodista será una reina real, con los pies en la tierra,

No sé como está de salud el Rey Juan Carlos, ni tampoco tengo un interés malsano en saberlo. Lo que sí estoy convencido es de que, una vez se quite de encima el peso de la Corona, va a sentirse como nuevo. No digo que vuelva a esquiar, tampoco se lo recomiendo, porque yo también he sufrido los castigos que esta disciplina deportiva infiere a los cuerpos castigados, pero no hace falta hacer slalom para sentirse como un toro. Y nuestro Rey tiene bases para eso y para más.

Mi recomendación para un Rey jubilado sería que haga lo que hacen casi todos los de su quinta. Que viaje. Pero no a los Emiratos Árabes, que los tiene ya muy vistos. Que viaje por España. Su abuelo el Rey Alfonso viajó a las Hurdes. Hoy las Hurdes extremeñas son un paraíso del turismo rural, y eso ha sido debido, en gran medida, a su reinado. El Rey Juan Carlos necesita sentir de cerca el calor de los muchos españoles que le quieren. Viaje por España, Majestad. Pero no en viaje oficial. Viaje como un ciudadano más, piérdase en las carreteras secundarias. Venga al Bierzo, por ejemplo, duerma unos días en el Valle del Silencio, coma botillo con Prada a Tope, admire nuestras Médulas, cate nuestros vinos cada vez mejores, disfrute del arte y la historia que acumulan Ponferrada, Villafranca y Bembibre, en definitiva, viaje al norte, al sur, al este o al oeste, déjese ver en los paisajes, en las calles y en las plazas de nuestra ancha España. Déjese querer, porque España lo quiere y usted lo sabe. Lo sabe, sí. Pero tiene que verlo.

Probablemente las editoriales ya están haciendo cola para que el Rey publique sus memorias. Pero todos sabemos que, tal y como está el patio, serían unas memorias superficiales y en lo fundamental, unas memorias amnésicas, porque por encima de todo está la seguridad nacional. No caiga, Majestad, en la tentación de publicar ese tipo de libros, que todos los políticos acaban escribiendo para engañarse a sí mismos y engañar a los lectores. No le digo que no escriba lo mucho bueno, malo y regular que ha vivido. Escriba, Majestad, no hay nada que más relaje que escribir. Pero no publique. Que lo publiquen otros más tarde. Tiempo al tiempo. La historia acaba poniendo a todos en su sitio, y su libro nunca publicado serviría para situarlo en el pedestal en el que muchísimos españoles ya lo hemos colocado.

Me indigna y me repele la actitud de muchos advenedizos que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, aprovechan la abdicación para exigir pactos, reformas, reestructuraciones, republicanismos e independencias. El Rey abdica, pero el Estado no. El Estado continúa, la Constitución también, y el Gobierno es el mismo, Cambiará cuando las urnas lo dicten. Que lo tengan bien claro. Si España como país ha de cambiar, no será porque el Rey abdique en su hijo, sino porque el pueblo español lo diga, alto y claro, con sus votos.