El pacto de «los tres tenores»

El acuerdo final se cerró el pasado Doce de Octubre. Al término de los solemnes actos de la Fiesta Nacional presididos por el Rey, tres presidentes autonómicos del PSOE se reunieron en un restaurante próximo al Palacio de la Moncloa. El asturiano Javier Fernández, máximo responsable de la gestora del partido, la poderosa andaluza Susana Díaz y el influyente extremeño Guillermo Fernández Vara. Curiosamente, allí también estaban la presidenta del Congreso y dos ministros del Gobierno en funciones: Ana Pastor, Rafael Catalá e Isabel García Tejerina compartían un tentempié tras la austera recepción en el Palacio Real, lo que llevó a Fernández Vara a bromear con la situación. «Mejor nos metemos en el reservado, ¿os parece?», dijo el extremeño ante la cercanía de los populares y la exigencia de discreción en sus conversaciones. Así, los tres barones se encerraron en un salón aparte para fraguar los términos y apoyos de la abstención del Comité Federal.

La historia del PSOE se reescribe de nuevo. En ello coinciden críticos y oficialistas, al recordar la enorme crisis del año 79 cuando Felipe González renunció al marxismo en el XXVIII Congreso Federal. «Somos socialistas antes que marxistas», clamó Felipe con su dimisión en mano en aquel salón del hotel madrileño sede del cónclave. Echó un pulso en toda regla y lo ganó. Ahora, tantos años después, dirigentes de ambos bandos, palabra que con tristeza atribuyen al defenestrado Pedro Sánchez, comparan la situación con la actitud de los llamados «tres tenores» de José Luis Rodríguez Zapatero. A finales de los noventa se acuñó esta expresión para aludir a Manuel Chaves, José Bono y Juan Carlos Rodríguez Ibarra, que como albaceas de Felipe González reivindicaban la unidad nacional frente a las veleidades separatistas. Los entonces presidentes de Andalucía, Castilla-La Mancha y Extremadura firmaron la llamada «Declaración de Mérida» en defensa de la Constitución, en contra del Pacto de Estella y de la Declaración de Barcelona, que abrían la puerta y concesiones varias al soberanismo vasco y catalán.

De nuevo, la historia se repite, y nadie duda en el PSOE, desde cualquier sector, que la tumba definitiva de Pedro Sánchez ha sido su pacto soterrado con Podemos y los independentistas. «Lo tenía cerrado, a espaldas del Comité Federal y previsto para presentar su candidatura al Rey». Así lo reconocieron dirigentes de la formación morada, otros de la antigua Convergencia e, incluso de Esquerra Republicana, que lo decían por los pasillos del Congreso. Fue la gota que colmó el vaso y la indiscreción de unos cuantos que lo trasladaron a los barones con peso como Javier Fernández, Susana Díaz y Fernández Vara. Los tres mantienen excelentes relaciones con las cúpulas empresariales de sus autonomías, los tres han viajado a Madrid sin cesar en las últimas semanas, y los tres se conjuraron para impedir el desatino de Sánchez. En contra de lo que se dice sobre presiones del Ibex 35 y destacados financieros, el papel de algunos militantes cualificados ha sido también determinante para fraguar este camino hacia la abstención.

Según ha sabido este periódico, los viajes y contactos de los tres líderes socialistas con las agrupaciones del partido han sido constantes. «En medio de un enorme juego sucio», dicen dirigentes de la gestora. En las últimas semanas, algunos «sanchistas» difundieron «dossieres» sobre el presidente asturiano y su pasado en UGT, al tiempo que de la lideresa andaluza y los cursos de formación. «Una auténtica basura», lamentan los oficialistas, cuando Javier Fernández y Susana Díaz han tratado con escrupuloso respeto a Pedro Sánchez y a sus todavía fieles. Además, destacan la autoridad moral de los nuevos «tres tenores», los únicos que ganaron las elecciones en sus territorios frente a otros barones que ni siquiera lo lograron. Si algo les reprochan es no haber actuado mucho antes, sobre todo tras la segunda derrota de Sánchez el 26-J y sus escarceos con Pablo Iglesias y los separatistas. De ahí la lapidaria frase de Javier Fernández: «El PSOE se ha podemizado».

En el entorno del «triunvirato» astur-andaluz-extremeño reconocen que en las últimas semanas los tres líderes se han visto con muchos militantes y todos los sectores de la sociedad civil. No sólo empresarios, sino también gentes de la cultura, la educación, periodistas y profesionales liberales. «Todo con tal de no perder las esencias del partido», aseguran estas fuentes, muy conscientes de la gran brecha ahora existente. El pasado martes, Susana Díaz cumplió 42 años sin celebración alguna. Tras un viaje relámpago a Madrid en coche, algo que los tres han utilizado para salvaguardar la discreción, se metió de lleno en el debate sobre su comunidad. Salió victoriosa, con el apoyo de Ciudadanos, un PP andaluz en perfil bajo y una portavoz podemita, Teresa Rodríguez, echada al monte como una fierecilla radical desbocada.

En esta deriva histórica del PSOE, el eje triangular batuta de nuevo sobre Andalucía y otros dos territorios: Asturias y Extremadura. «Dos tenores y una soprano», ironizan varios dirigentes. El trago ha sido duro, como revela el rostro grave, serio y hasta dolorido de Fernández. Su objetivo es recomponer un partido hecho trizas, tal vez bajo esa Esperanza de Triana que inspira a Susana. Junto a los dos, Fernández ha labrado un encaje de bolillos con sus personas de confianza clave en esta crisis: Antonio Pradas, un «halcón» de la Ejecutiva en Madrid, Verónica Pérez, la sevillana que plantó cara en la calle, y, sobre todo, Máximo Díaz Cano, un auténtico «fontanero» curtido en las huestes de José Bono en Castilla-La Mancha, que ha movido junto a Felipe González importantes hilos de la presidenta andaluza en Madrid. En la última cena que mantuvieron en la capital, horas antes del Comité Federal, con sus secretarios provinciales, todos lo tenían claro: o de nuevo un PSOE decisivo o marginal. Empieza la cuenta atrás.