«El problema no es el País Vasco, sino Cataluña»

Artículos de Fernando Ónega, Abel Hernández, Pilar Ferrer, Ramón Tamames, Fermín Bocos, José Ramón Pin, Graciano Palomo, José Hervás, Martín Prieto y Manuel Campo Vidal

Gonzalo Núñez/Ainhoa Martínez

A Suárez la pasión le llevó a la política, y no al contrario. Era, por encima de todo, un hombre de acción. Y el ideario de todo hombre de acción es su propia práctica, el continuo hacer. En ella se retrató y apenas cuatro años de Gobierno explican su testamento mejor que todo el papel de las memorias que nunca quiso escribir: la reconciliación nacional, el discutido «café para todos», la normalización de la calle... Hombre frugal y envidiablemente vitalista –apenas dormía dos horas–, no dedicó mucho tiempo a la reflexión escrita ni al «oficio» de ex presidente. Quienes lo conocen hablan de un hombre introspectivo, casi místico, tras la muerte de su esposa Amparo. Ese repliegue hacia la familia y su posterior «apagón» han forjado una imagen de personaje exclusivamente de su tiempo. Tan poco se ha sabido de él en las últimas décadas que es legítima y hasta obligada la pregunta de «qué hubiera hecho Suárez si...». Símbolo de una generación que retorció la máxima de Cánovas e hizo de la política no ya «el arte de lo posible» sino la hazaña de lo improbable, aprendiendo a nadar entre dos orillas y a respirar bajo el agua, ¿cómo hubiera capeado Suárez, el de los cinco cafés diarios y los dos paquetes de ducados, los nuevos retos que el edificio constitucional plantea a día de hoy? ¿Con qué armas hubiera combatido la desidia y el derrotismo, el desencanto e incluso la desmitificación de la Transición? ¿Cómo hubiera reaccionado ante el desafío de Cataluña, el aborto, la corrupción...? Sólo sus más estrechos colaboradores, quienes lo frecuentaron aun después de su retirada, son capaces de aventurarlo. Varios de ellos se aproximan desde estas páginas a ese hipotético, asistidos por sus propias confesiones y sus recuerdos, por las píldoras que el ex presidente fue administrando entre unos y otros, consciente de que su legado podía ser dilapidado.

Fernando Ónega: «Con Cataluña se habría plantado allí, como hizo en Canarias»

Mi último contacto con Suárez fue una charla telefónica en la que dramáticamente descubrí que algo grave le pasaba cuando, después de una discusión, me dijo: «De acuerdo, Fernando, pero aquí el que tiene que cuidar de mi mujer soy yo». Amparo ya llevaba un año enterrada por entonces.

Mis conversaciones con él no versaban sobre política, eran humanas. Su principal preocupación era haber descuidado a su familia en su etapa como presidente. Se preguntaba si sus hijos entenderían y perdonarían sus ausencias para conseguir una España más justa. Al final llegó a la conclusión de que sí.

En una carta que me escribió el 20 de febrero de 1995 me trasmitía su preocupación por los años duros y difíciles que vivía el país y como los problemas de los españoles palpitaban en su escritorio. Él luchó frente a eso y me confesó que su mayor gloria era que en la Transición no se podía hablar de vencedores ni vencidos.

Respecto al soberanismo catalán, según Montilla, pronunció aquello del «despego que sentía Cataluña de España». Suárez se habría plantado allí, como hizo con el conato independentista en las islas Canarias. En aquel momento, cogió el avión y recorrió una por una todas las islas. Y Canarias no sólo no se disgregó, sino que su partido perduró allí más que en ningún otro territorio. Sobre el desafío soberanista de Mas, su hijo en alguna ocasión dijo que su padre hacía bien en estar callado porque si hablaba sobresaltaría a más de uno.

Confiaba mucho en el sistema, tanto en la Corona como en las instituciones. Era optimista y pensaba que España era un gran país después de haber superado los demonios del franquismo.

No lo confesó nunca pero le quedó la espinita de no haber sacado adelante el CDS, el partido que fundó después de UCD, y que por problemas financieros e ideológicos no tuvo el éxito que el esperaba. En otro momento histórico hubiera sido una excelente formación bisagra.

La situación política ha cambiado mucho, pero sería un excelente ejercicio mental preguntarse: ¿Qué haría Suárez en esta situación? Así se quitaría sectarismo a la política.

Abel Hernández: «Le dolería el descrédito a la Monarquía y a la unidad»

Cuando Suárez hablaba de política recobraba la lucidez. Hablé con él cuando su hijo se presentó a las elecciones en Castilla-La Mancha. A Suárez no le gustó mucho la aventura política de su vástago porque tenía miedo a que se rompiera la concordia con Bono, siempre era partidario de evitar polémicas.

Ya a finales de los noventa, en otro encuentro personal, me expresó su preocupación por Cataluña, a pesar de que en aquella época no había ningún indicio que indicara problemas. Él proponía que se realizara un planteamiento serio sobre el tema, y que tanto Francia como otros estados europeos dejaran claro públicamente que no aceptarían a ningún estado que se segregara. Era un gran defensor de la unidad de España.

Cuando todavía estaba lúcido le pregunte sobre la posición de la Constitución sobre el aborto. El era absolutamente antiabortista y me dijo: «Lo hemos dejado muy claro. Cuando dijimos que todas las personas tienen derecho a la vida también nos referíamos al nasciturus –no nacido–»

Su bandera era el consenso. Sé que le dolería especialmente el descrédito al que se ha sometido a la Monarquía, por la que él tanto luchó.

Hubiera hecho todo lo posible por logra el entendimiento entre las fuerzas políticas y los medios de comunicación, como herramienta para no agrietar una pieza clave como es la Corona.

A otros problemas como la inmigración o la economía se habría enfrentado fomentando el diálogo entre las fuerzas políticas y sociales. Hubiera pedido un gran pacto de Estado.

Tenía una amplitud de miras impresionante. «Un día seré presidente de la Comisión Europea», le dijo al Rey.

Era un luchador incansable, aunque se le quebró todo con la muerte de Amparo, de su hija Marian, y su enfermedad. Si no hubiera sido por todo aquello, nunca hubiera renunciado a una vida política. Los Pactos de la Moncloa, logró sacarlos adelante, negociando con unos y con otros aunque algunos llegaron con pocas ganas de colabora.

Pilar Ferrer: «Lo tenía claro: el problema es Cataluña»

Era un sábado 22 de marzo, hace exactamente diecisiete años. En el Monasterio del Prado, Adolfo Suárez recibía la Medalla de Oro de Castilla y León. Recuerdo como si fuera ahora aquel acto emotivo al que me había invitado el presidente de la Junta autonómica, Juan José Lucas, uno de los pocos dirigentes del PP que procedían de la UCD, castellano como Suárez, y amigo personal con el que Adolfo hablaba a menudo.

El abulense Suárez fue acompañado de su mujer, Amparo Illana, lejos aún de la terrible enfermedad que se la llevaría cuatro años después. Tras la entrega, fuimos a un almuerzo en La Parrilla de San Lorenzo y, a los postres, Amparo expresó su deseo de visitar el Convento cercano. Mujer de profunda fe religiosa, tras esos muros quedaron unas conversaciones íntimas con las monjas del Monasterio de Clausura.

Tantos años después, ni Lucas ni yo olvidamos aquel día. Adolfo estaba dolido por «la traición de los propios y el insulto de los ajenos». Eran sus palabras sobre el duro Congreso de UCD en Palma de Mallorca, preludio de su dimisión. Y los ácidos ataques de Alfonso Guerra, que le llamó «tahúr del Misissipi» o le comparó con el Caballo de Pavía. El tiempo demostró que él nunca se escondió y fue el único en mantenerse erguido frente a Tejero, mientras los demás ocultaban su cobardía bajo el escaño.

En aquel almuerzo en San Lorenzo, Suárez reiteró su tesis: «El problema no es el País Vasco, es Cataluña». Era partidario de agotar el diálogo y evitar que la situación «se enconara al límite». En su opinión, «cuando el monstruo crece mucho, es difícil embridarlo». En cuanto a la inmigración, se habría plantado en Rabat para hablar, cara cara, con quien también fue su amigo, el Rey Hassan de Marruecos. Así era Suárez. Osado y demócrata.

Ramón Tamames: «Manifestó sus dudas sobre la lengua catalana»

La noticia del agravamiento de nuestro primer presidente del Gobierno en la etapa de democratización que empezó en 1976, me llegó, por el teléfono móvil, ayer 21 de marzo, apenas arribado a Lérida, camino de Andorra, donde había de pronunciar una conferencia a los empresarios del Principado, sobre el Estado de Derecho y la Seguridad Jurídica, en pro de la honestidad, frente a la corrupción.

La verdad es que me quede muy impresionado, aunque tenía noticias de la difícil situación en la que se encontraba don Adolfo, pues pocos días antes había hablado con su hijo Suárez Illana, que me había dicho que, su padre, en cualquier momento podía emprender el último viaje.

Y precisamente aquí en tierras catalanas, me viene a la memoria la actitud tan discutida por tantos y en tantas ocasiones por quien fuera presidente del Ejecutivo español, en el difícil trance de elaborar la Constitución de 1978. Cuando, en medio de unas y otras presiones, optó por plantear un sistema autonómico al que pudieran apuntarse las diferentes regiones de España, sin distinción de pretensiones más o menos nacionalistas. Que al final resultaron ser diecisiete, en vez de las tres que durante la Segunda República pretendieron ese status en 1931, Cataluña, País Vasco y Galicia.

Aquello fue la doctrina del «café para todos», con una base de equidad, pero que por toda una serie de imperfecciones en su aplicación, ha generado no pocos problemas prácticos en nuestro desarrollo político y económico. Y desde luego, no seré yo quien ahora vaya a teorizar sobre el tema, en la difícil circunstancia de nuestro protagonista. Que al comienzo de su devenir como cabeza visible del gobierno de los españoles, manifestó sus dudas sobre si la lengua catalana era o no la mejor opción para de ser un instrumento de cultura y ciencia en los tiempos modernos. Observación que luego rectificó sabiamente, para reconocer que entre los catalanes había figuras literarias, científicas y culturales, más que suficientes para consagrar el alto nivel de ese idioma español para tantas posibilidades como existen.

Fruto de ese buen entendimiento, y del hecho de que Cataluña fue el primero de los trozos de España en recibir su Estatuto de Autonomía –sobre el cual el autor de este artículo tuvo ocasión de pronunciar un pequeño discurso en la comisión constitucional en el día de su aprobación–, fue la buena relación que desde entonces mantuvo don Adolfo con las autoridades democráticas de Cataluña, ya con la Generalidad consagrada, después de haber sido quien invitó a retornar a España a su presidente en el exilio, al gran Josep Tarradellas; quien al llegar a la plaza de San Jaime en Barcelona dijo aquellas memorables palabras de «ciutadans de Catalunya, ja soc aquí».

Esa buena sintonía de Suárez con los catalanes siguió hasta que en 2003 don Adolfo perdió su conexión con el mundo de las realidades, por la dolencia que comenzó a afectarle de forma gradualmente tan grave. Y en el recuerdo quedará también el «Premio Blanquerna» que le concedió la Generalidad de Cataluña, recordando en él aquel personaje de Ramón LLul, que representó en el protagonista de su novela, la búsqueda de los valores personales más excelsos, que en mucha medida Adolfo Suárez logró en los mejores años heroicos de su existencia.

Fermín Bocos: «Habría integrado a todos, como en los Pactos de la Moncloa»

Tuve la oportunidad de entrevistar a Adolfo Suárez cuando era el líder de Centro Democrático y Social (CDS) y ya se había alejado de su criatura, UCD. Entonces, me dijo: «Que no me quieran tanto y que me voten más».

Suárez nos ha legado la percepción de que no se puede conseguir nada sin ceder algo a cambio. Para él el futuro no estaba escrito, pero en el tema catalán habría integrado a todas las partes como hizo en los Pactos de la Moncloa.

Fue capaz de ser pragmático y concibió la política como el arte de lo posible, sentando a la mesa de diálogo a ideologías totalmente enfrentadas.

Siempre defendió que nadie podía imponer su verdad porque no había una verdad absoluta.

En temas complicados como el del aborto, sé que su convicción católica le hubiera impedido aceptarlo. Aunque con la legalización del divorcio en su día –con el desgaste político que le supuso– supo marcar claramente las distancias entre Iglesia y Estado.

A Suárez le quedó pendiente una segunda oportunidad, quizá hubiera llegado con CDS, pero lo que está claro es que España está en deuda con él. Le debimos dar esa segunda oportunidad.

José Ramón Pin: «Viajaría a Cataluña para entrevistarse con Mas»

Mi última charla con el ex presidente fue en el Congreso de los Diputados, discutimos sobre la autonomía de Valencia.

Suárez era un hombre de Estado, pensaba en el bien del país por encima del bien de su propio partido. De hecho cuando presentó su dimisión, lo hizo porque creía que esa decisión era la mejor para el España, aunque hubiera recibido presiones internas, externas e incluso internacionales.

Estoy seguro de que Suárez hubiera realizado un ejercicio de entendimiento con la Generalitat, habría viajado hasta allí y se habría entrevistado personalmente con Mas. En las distancias cortas era capaz de convencer a cualquiera y encontrar soluciones. Negociaba cualquier cosa en cualquier circunstancia, esa era su forma de afrontar los problemas. Habría gastado mucha saliva para satisfacer a todas las partes.

Actualmente sería necesario aplicar su espíritu de concordia para solucionar los problemas, porque los políticos no están aquí para crear problemas sino para solucionarlos.

Aún recuerdo su enorme visión de Estado, sabía que el futuro de España estaba en la normalización política y siempre fue leal a la Corona. Hoy en día habría hecho todo lo posible para que la institución se fortaleciese.

Graciano Palomo: «No le hubiera temblado el pulso en hacer cumplir la Ley»

Le vi por última vez en el mitín de Albacete dónde se detectó publicamente que sufría Alzhéimer. Nos conocíamos de su etapa como presidente y posteriormente como líder de CDS. Ese día no me reconoció.

Hoy en día, el espíritu del «Suarismo» sería volver a intentar pactos en las grandes cuestiones. Él se esforzaría en rebajar la tensión y promover la reconciliación nacional, manteniendo el espíritu de la Transición.

Sin embargo, Suárez no soportaría el pulso independentista de Artur Mas. Siempre estuvo muy preocupado por la unidad nacional y quiso evitar cualquier resquicio de secesionismo. Eso sí, hubiera intervenido antes de que se produjera ningún desafío. Primero se habría sentado a hablar, pero no le hubiera temblado el pulso en hacer cumplir la ley.

Era un fenómeno. En su sofá te aniquilaba. Aniquiló a Carrillo, así que imaginate a cualquier «petrimetre» de los de hoy en día.

Su optimismo eran sin igual, creía en la nación española pero sobre todo en la mayoría de los españoles. Era un animal político, con pocos objetivos pero claros. Jamás olvidaré el encanto y carisma que desprendía.

José Hervás: «Hizo lo imposible en el momento más difícil de España»

Mi última conversación con Suárez fue en el Congreso de los Diputados, debatiendo sobre una medida económica de la reconversión industrial. Las preocupaciones de Suárez siempre iban encaminadas a fortalecer España tanto en el ámbito internacional como en el económico, una cuestión de Estado. Suárez en parte es reponsable de la actual estructura del soberanismo catalán, ya que propició la llegada de Tarradellas. Fue una iniciativa suya, ya que no había presión social.

En la actualidad él, probablemente, no habría realizado cesiones ni habría dado tantas transferencias. Hubiera tomado iniciativas personales, porque siempre dio el primer paso, a veces con el desconocimiento de su propio partido, como en el caso de su reunión con Carillo.

Suárez cambió absolutamente todo y de forma muy rápida, a los pocos días de llegar al Gobierno abolió la prohibición de asociarse y reunirse. Estaba convencido de que España tenía un potencial enorme, en su viaje a Estados Unidos lo único que sentía era no poder expresarse en inglés. Era consciente de la limitación de los líderes y no poder mostrar el potencia de España. Le quedaron cuentas pendientes, por ello creó el CDS, le hubiera querido alcanzar una sociedad más equitativa en la que los ricos pagaran más que los pobres. «Hizo lo imposible en el momento más difícil de la historia de España»

Martín Prieto: «La disyuntiva de Cataluña la hubiera resuelto hablando»

Nos vimos en Buenos Aires. Él estaba muy abatido, porque era consciente de que su carrera política había terminado. Cuando salimos a la calle la gente le besaba y se acercaba a él para abrazarle, tuvimos que volver al hotel. Yo le decía: «Ves, la gente te quiere», y él me contestó: «Que me quieran menos y me voten más». Ahora él sería más liberal respecto a la ley del aborto de Gallardón.

Lo que le hubiera provocado una gran confusión sería el separatismo de Cataluña. Habría resuelto la disyuntiva hablando. Eso sí, si hubiera tenido que saltarse la ley lo habría hecho, como cuando trajo a Tarradellas del exilio.

Tenía una energía insuperable. Incluso en los momentos más complicados de la Transición española no se dejaba achatar por los acontecimientos. Lo único que logró frenarle fueron las desgracias familiares.

Hizo tanto por la democracia de España en tan poco tiempo que podría decirse que es un caso único en el mundo. Yo diría que estamos asistiendo a la segunda muerte de Adolfo Suárez, pues todo lo que hizo en la Transición se está muriendo ahora.

Un patriota, un hombre sincero, uno de los pocos, o quizá el único, que no mintió nunca a la ciudadanía.

Manuel Campo Vidal: «Se sentaría cara a cara para hablar con el presidente catalán»

Adolfo Suárez siempre tuvo vocación de consenso. Transmitía cercanía y amor por la política en las distancias cortas. Estoy seguro de que en la situación actual buscaría mayorías más allá de lo que marcara su propio partido.

Era un político vovacional, un político de raza, con una idea muy sólida de España y con unos principios democráticos firmes. Por este motivo, en la disyuntiva catalana se sentaría directamente a hablar con el presidente catalán, Artur Mas, y no se comunicaría a través de los medios de comunicación.

Le gustaba el cara a cara, porque para él era la manera en que debían resolverse todas las cosas. Cuando creó el Centro Democrático y Social (CDS) estaba totalmente convencido de que volvería a la presidencia del Gobierno. «Es inevitable que vuelva a ser presidente» me llegó a decir una vez.

Su dinámica dialogante y de consenso podría trasladarse al panorama actual, porque el diálogo siempre es posible si hay voluntad política. Pero, además, tenía una gran amplitud de miras y estaba seguro de que América latina iba a ser el mercado del futuro.