Política

El reflejo de una elegancia interior

¿Es la Reina de España elegante? Probablemente es la pregunta más difícil a la que he tenido que responder nunca, porque lo más sencillo sería decir sí, máxime cuando esta opinión le llegará el mismo día en que cumple setenta y cinco años y, a falta de un buen ramo de rosas amarillas, sus favoritas, este pequeño cumplido le arrancaría una buena sonrisa, que dicho sea de paso, no le vendría mal en un «annus tan horribilis» como ha sido este 2013. La respuesta más difícil es decir no y añadir, como descarga de responsabilidad, que no lo es porque no le interesa nada serlo. Me apresuro a decir que una cosa es su elegancia interior, donde soy de los que creen que sacaría sobresaliente y otra cosa es su elegancia exterior donde, sin ánimo de polemizar, su nota es más gris.

Nadie puede discutir que la Reina va siempre correctamente vestida, con toda probabilidad porque conoce mejor que nadie eso que se llama «estrictas normas de protocolo», y cuando digo nadie me acuerdo de su única rival seria, la reina Isabel de Inglaterra. Pero entonces ¿por qué una persona que siempre se viste correctamente no tiene etiqueta de elegante? Caben dos respuestas: una es porque no puede y la otra porque no quiere. Creo que es más una cuestión relacionada con la segunda opción. La Reina no es más elegante porque no quiere y ¿por qué no quiere? Seguramente porque tiene muy presente una recomendación que le hizo la madre de María Antonieta a su hija cuando ésta ya era la reina más elegante de Francia: «Hija mía, estoy muy preocupada por ti, me dicen que te interesan mucho las modas, algo que me parece impropio de una reina...». Todos recordamos como acabó aquella mujer y, aunque el terror se desató no por sus excesos de «it girl» de la época, sino por causas más profundas, nadie ha podido evitar desde entonces atribuir su desgracia a la provocación de sus coqueteos con los trapos, los tacones, los sombreros y los mil tonos del rosa.

Hubo una época en la que la Reina era siempre elegante. Lo atestiguan algunas fotos vestida de Jean Dessès, de Pertegaz, de Elio Berhanyer e incluso de Valentino, directa o indirectamente, en este segundo caso a través de las excelentes modistas, las Molinero. Era más joven, más delgada, estaba más enamorada o, sencillamente, su vida era más fácil... Si su historia fuese la de un cuento de hadas, su diseñador de cabecera habría sido Valentino, quien es capaz de hacer elegante cualquier cosa que toque, máxime si esa «cosa» es la reina más prestigiosa de la historia de España. Retirado Valentino, y esto sí que es ciencia ficción, habría podido tratarla como una reina, Karl Lagerfeld quien impresionado porque ella todavía habla más idiomas que él, incluido el dificilísimo alemán, sólo cometió el error de regañarle al rey, que como suponemos todos es de momento el que paga las facturas... No me pareció bonita manera de desnudar a un santo para vestir a otro. En ambos casos la Reina habría sido elegante como para gustarle a Oscar Wilde, a Cecil Beaton o a cualquier otro arbiter elegantiarum de nuestros días. Pero no pudo ser, entre otras cosas porque, como dice Elio Berhanyer, una Reina de España sólo puede vestirse de diseñadores españoles. Sé que lo ha hecho de una manera casi anónima, comprando en El Corte Inglés o de una manera pública, premiando con su elección sobre todo a Margarita Nuez.

Siempre que la Reina ha querido ser elegante, lo ha sido. Ahí está su traje de novia, ahí su traje de noche para la cena de gala ofrecida al presidente Giscard d'Estaing en el Palacio de Oriente cuando comenzaba nuestro «deshielo internacional» y ahí está el traje del día más importante de su vida, cuando el príncipe con el que estaba casada es nombrado en sesión solemne de las Cortes Españolas, Rey de España.

Quizás tenga razón Alfonso Ussía al asegurar que las personas verdaderamente elegantes nunca salen en ninguna lista de mujeres elegantes porque éste, en apariencia inofensivo desliz, puede arruinar irremisiblemente cualquier trayectoria por impecable que sea.