El reinado de Don Juan Carlos en diez anécdotas

Ejercer casi cuarenta años como jefe de Estado da para mucho. Desde el punto de vista de la Historia, pero también de otras historias más cotidianas y pequeñas que nos permiten acercarnos el lado más humano y divertido del Rey.

Ejercer casi cuarenta años como jefe de Estado da para mucho. Desde el punto de vista de la Historia, pero también de otras historias más cotidianas y pequeñas que nos permiten acercarnos el lado más humano y divertido del Rey.

Los casi cuarenta años de reinado de Juan Carlos I han dado para infinidad de anécdotas, algunas de las cuales arrancan ya desde su misma infancia. Ofrecemos ahora un exquisito ramillete de pequeñas-grandes historias desconocidas que nos muestran el lado más humano y divertido del Monarca.

1· El zoo de Zarzuela.

Igual que su abuelo Alfonso XIII, don Juan Carlos ha recibido en su palacio exóticos animales: desde pura sangres, hasta una pareja de carneros e incluso un guepardo. Y es que en La Zarzuela, los empleados domésticos tenían reservadas también sus propias dependencias... igual que la veintena de perros con pedigrí y la docena de gatos que convivían en el mismo lugar donde Sabino Fernández Campo se quedó petrificado un día al ver a un guepardo de carne y hueso recorrer a gran velocidad los amplios pasillos del palacio. Fue un regalo a los reyes durante un viaje a Etiopía, que provocó ya el estupor de Alfonso Armada, entonces secretario de la Casa del Rey, al recibir un télex que decía: «Vamos con un guepardo, preparar alojamiento para el animal». Hubo que pedir ayuda al zoo madrileño y todo.

2· Un rey en las Cruzadas.

Doña Cristina no tuvo mucha suerte en los gajes de copiloto: el Porsche 959 plateado, con tapicería de cuero negro y maderas barnizadas en el salpicadero, derrapó a causa de una placa de hielo cuando viajaba con su padre al volante hacia el Pirineo leridano, el 27 de diciembre de 1990. El bólido se salió de la carretera y los insignes viajeros abandonaron el vehículo sin sufrir, por fortuna, apenas un rasguño. Padre e hija fueron atendidos en un puesto cercano de la Cruz Roja, mientras aguardaban la llegada de los coches de la escolta, rezagada ante la gran velocidad a la que conducía el monarca. Con razón, Sabino Fernández Campo, siendo jefe de la Casa del Rey, exclamaría al ver a éste descender de un avión en camilla tras sufrir un accidente deportivo: «¡Un Rey sólo puede volver así de las Cruzadas!».

3· De caza con la Preysler.

A principios de febrero de 1981, siendo ya rey, don Juan Carlos se puso al volante de su Range Rover. El asiento delantero estaba ocupado por Isabel Preysler, con la ventanilla abierta, en cuyo borde se apoyaba el ingeniero y experto cazador Vicente Sánchez, que hablaba con ellos mirando hacia el interior. Carlos Falcó, marqués de Griñón, novio entonces de la Preysler, ocupaba uno de los asientos traseros. Los cuatro aguardaban a que José Manuel, Mamel, Landaluce, tirador estrella en España en cualquier modalidad y toda una institución en la cría de perdiz roja, se presentase con su montón de perdices para obtener el resultado definitivo del ojeo. Habían sido invitados aquel fin de semana a Alhambra, una de las mejores fincas españolas de perdices, propiedad del abogado José María Blanc, dueño también de uno de los mejores cotos de cabra montés en la sierra de Gredos, denominado Encinoso. El propio Vicente Sánchez, testigo de aquella relajada espera, cuenta así lo que sucedió entonces:

– «... Su Majestad dijo:

–«Vamos a poner música.

«Y apretó la casete que estaba a medio insertar en la radio del Range-Rover. Inmediatamente salió la voz de Julio Iglesias, cantando una de sus bonitas y melodiosas canciones.

–Carlos Falcó, desde atrás, saltó como una hidra:

– «¡Señor, qué mal gusto tiene!»

–Sin dar mucho tiempo a pensar, Isabel se volvió rápida, enérgica y con voz seca y molesta le espetó:

– «¡Carlos, Julio será lo que sea... pero tiene una voz preciosa y canta como los propios ángeles!»

–El Rey, que estaba ligeramente vuelto hacia el interior del coche y me miraba directamente, con cara divertida me guiñó un ojo, haciéndome una significativa mueca con la cara.

–«Yo no sabía qué hacer, porque me entró la risa ante tan divertido episodio. Traté de disimular buscando el paradero de Manel».

–Durante la cena y después, nos volvimos a divertir recordando la escena y, entre risas, le dije a Su Majestad:

– «Señor, es Usted maligno, porque sabía de quién era la casete».

–«Y se partía de risa poniendo cara picarona».

4· Del primer coche...

El primer automóvil que tuvo don Juan Carlos fue un Austin Mini verde oscuro, en el que a duras penas lograba introducir su corpachón de casi dos metros de estatura, viéndose obligado a hacer verdaderos malabarismos con las piernas para que le cupiesen entre el volante y los pedales. Y eso que el fabricante se había esforzado en rebajar el asiento del principesco conductor. Como un niño con zapatos nuevos, abandonó don Juan Carlos el concesionario de la madrileña calle López de Hoyos, tras pagar 100.000 pesetas (equivalentes hoy a más de 60.000 euros) por su primer coche de verdad. Aunque no fuera precisamente un niño entonces, recién cumplidos los treinta años, la edad mínima que exigía la Ley franquista de 1947 para ser designado sucesor a título de Rey, aquel coche modesto fue el único que el entonces príncipe puso a su nombre. El vehículo, como advertía el periodista Jaime Peñafiel, se diferenciaba del resto de su serie en su motor de mayor potencia (1.300 c.c.) importado de Inglaterra, en el servofreno y en los dos depósitos de gasolina.

5· ... al primer barco.

Con sólo nueve años, en 1947, don Juan Carlos tuvo el primer velero de su vida, el Sirimiri. Se lo trajeron los Reyes Magos en su primer año en Villa Giralda, la residencia de los condes de Barcelona en el exilio de Estoril. Luego, como es lógico, Juanito descubrió que los Magos de Oriente eran en realidad un grupo de fieles monárquicos de Bilbao, que habían obsequiado a su padre con aquel pequeño crucero de regata construido por Udondo. Enseguida, con la generosidad que le caracterizaba, don Juan cedió la embarcación a sus hijos Juanito y Alfonsito para que fueran familiarizándose con lo que era ya una tradición ancestral en los últimos Borbones de España. Don Juanito ganó con el Sirimiri, patroneado por su padre, sus primeras regatas en Sesimbra y en las islas Berlenga. El crucero pertenecía a la clase Tumbaren y fue concebido en Suecia en 1934, antes de fabricarse en Bilbao. En 1955 se vendió a Juan Carlos de Jesús, que lo rebautizó con el nombre de Neblina, utilizándolo hasta 1985, cuando decidió donarlo al Museo de la Marina de Lisboa.

6· Pasión por la caza.

Con sólo diez años, don Juan Carlos anotó en una composición suya, titulada Mi escuela: «Los días mejores y los más divertidos son los días en que vamos a cazar». Corría el año 1948 y don Juanito estudiaba entonces en Las Jarillas, una bonita casa de campo a diecinueve kilómetros de Madrid, enclavada en una parcela de cuarenta hectáreas de bosque y tierras de labranza, propiedad de Alfonso Urquijo. En las sierras que rodeaban Las Jarillas abundaba la caza y eso posibilitaba buenas partidas. Aquellas navidades, don Juanito pidió a los Reyes Magos que le trajeran una moderna escopeta de aire comprimido, una pistola de balines y un cuchillo de monte para limpiar las piezas cobradas. Así surgió su pasión por la caza.

7· Los regalos de Franco.

Franco regaló a don Juan Carlos una escribanía de plata del siglo XV por su boda, y a doña Sofía, una diadema de brillantes. Sólo esta diadema puede alcanzar hoy un precio de mercado superior a 300.000 euros, de acuerdo con la valoración efectuada en su día por encargo mío y gentileza de Mariano Blasco, director de la sala de subastas Goya. Doña Sofía agradeció entonces a Franco el obsequio con una carta en inglés, en la que, entre otras cosas, le decía: «La preciosa joya que el Generalísimo y doña Carmen me han regalado, así como la alta condecoración recibida, hacen que me sienta ya unida a mi nueva patria y ardo en deseos de conocerla y servirla. De nuevo, mil gracias, mi General, y con un afectuoso saludo para su esposa queda suya afectísima, Sofía».

8· El mexicano.

En junio de 1957, mientras cursaba su preparación militar en la Academia General de Zaragoza, don Juan Carlos conoció a Antonio García Trevijano, notario entonces en Albarracín. Tanto éste, como el príncipe, solían alojarse los fines de semana en el Gran Hotel de la ciudad para relajarse tras sus ocupaciones cotidianas. Al principio, don Juan Carlos confundió a Trevijano con un ricachón mexicano por su sombrero de paja de ala ancha, su acento andaluz y su gran bigote negro como la antracita. El príncipe se le había acercado, deslumbrado por su espectacular descapotable Pegaso, primer Premio Mundial de Elegancia en la exposición de París. «¿Eres mexicano?», preguntó para romper el hielo. El notario, que para colmo era republicano, le siguió el juego y asintió: pues claro que era mexicano, y además le perdían el guacamole y la Coronita. Y entonces don Juan Carlos le preguntó si podía darle una vuelta en su coche, disculpándose enseguida porque debía pedir permiso antes. Trevijano, aun sabiendo quién era él, aprovechó para vacilarle un poco: «¿Y cómo tienes que pedir permiso tan alto como eres?». Don Juan Carlos obtuvo la autorización de sus jefes militares y vio cumplido así su anhelo de pasearse ante sus compañeros de Academia en aquel lujoso automóvil que hasta varios meses después no supo que pertenecía a un ciudadano tan español como él.

9· La sombra del secuestro.

Sabino Fernández Campo, ex jefe de la Casa del Rey, me corroboró en su día la versión de Carmen Iglesias, antigua preceptora del príncipe Felipe y tutora de la infanta Cristina sobre el intento de secuestro de ésta a manos de la banda terrorista ETA. Su padre sufrió un verdadero calvario entonces. La «buena estrella» a la que alguna vez había aludido don Juan Carlos y la eficaz actuación de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado protegieron a la Familia Real. ETA pensó en secuestrar a la infanta Cristina en el primer trimestre del curso 1984-1985. La hija del rey cursaba entonces primero de Ciencias Políticas en la Universidad Complutense, donde se licenciaría cinco años después. Cristina se convirtió así en la segunda infanta de su dinastía, junto con Isabel, la Chata, que estuvo en el punto de mira de una banda de asesinos.

10· «Cristalerías Zarzuela».

Don Juan Carlos ha conservado siempre su innato ademán campechano y su fino sentido del humor. Se entendía a la perfección con Paco Fernández Ochoa y a veces bromeaba con él. Como el día en que Su Majestad se estrelló contra la luna de cristal que daba acceso a la piscina de la Zarzuela. Acababa de jugar al squash y no reparó en aquel obstáculo transparente que se le cayó encima al romperlo. Unos días después del accidente, Paco le llamó por teléfono:

–Por favor, querría hablar con Su Majestad...

–Na, na, na...

El esquiador ya sabía que era él. Le conocía desde hacía muchos años.

–¿Cristalería Zarzuela?

–¡Aquí el cristalero! –contestó el rey.