La Guardia Civil entrena en Qala i Naw a la Policía afgana

Cuestión de confianza

Un agente de la Benemérita recibe el saludo de un afgano en las calles de Qala i Naw, donde se han ganado el reconocimiento de la mayoría de la población por su entrega
Un agente de la Benemérita recibe el saludo de un afgano en las calles de Qala i Naw, donde se han ganado el reconocimiento de la mayoría de la población por su entrega

En la base «Ruy González de Clavijo» de Qala i Naw, al final de una empinada cuesta, uno se encuentra un edificio presidido por una bandera de España en la que se lee «Casa Cuartel de la Guardia Civil». Sí, el Instituto Armado también está presente en Afganistán. No van con tricornio ni gritan «¡Alto!». Van con chaleco antibalas, casco, un fusil de asalto HK, y su misión, aunque desconocida para muchos, es de vital importancia para el futuro del país. Son los que asesoran a los policías afganos para que puedan hacerse cargo de la seguridad de la ciudad, una tarea difícil y tediosa, pero que ya empieza a dar sus frutos. En Qala i Naw forman el Equipo de Asesoramiento de la Policía Afgana (PAT) y al mando está el comandante Clemente Castejón. Son 12 guardias civiles (acompañados de cuatro tiradores del Ejército de Tierra) que tienen que lidiar con las costumbres y manías de unos agentes tranquilos, con sus procedimientos y sus formas de hacer las cosas, algo que puede desesperar a más de uno. Pero ellos no se desanimaron y, a base de tacto y paciencia, han logrado que comiencen a planear y ejecutar operaciones por su cuenta.

La Guardia Civil comenzó su andadura en Afganistán en marzo de 2010 como mentores de los agentes afganos, con quienes trabajaban codo con codo, instruyéndolos, pero sobre todo ganándose su confianza. Como si fuesen niños, tenían hasta que premiarlos cada vez que hacían algo bien. Y no han cesado pese a que el 25 de agosto de ese año un policía afgano al que entrenaban acabó con la vida de dos de sus compañeros, el alférez Bravo y el capitán Galera. «Por ellos trabajamos», aseguran.

Desde 2012, vistos los resultados, se han situado en un segundo plano y ya sólo asesoran a los generales y altos mandos. Los afganos ejecutan sus misiones y los españoles los corrigen o aconsejan. Nada más. Ayer, durante una de esas visitas de control, LA RAZÓN se acercó con ellos hasta uno de los «check-points» que hay a la entrada de Qala i Naw y a una comisaría. Sus infraestructuras y medios son simples y arcaicos, inhabitables para muchos, pero es algo que no parece importarles, aunque cumplen con su misión y cada vez están más seguros de sí mismos. Hablan con ellos, les preguntan y tratan de ofrecerles toda la ayuda posible. La promesa de una simple batería para cargar sus instrumentos de transmisión logra sacar una sonrisa a unos hombres serios, que parecen no inmutarse. El equipo de la Guardia Civil ha conseguido reformar sus instalaciones para que sean más habitables, un gesto que también sirve para ganarse su confianza. Abandonamos la comisaría dejando en el patio a un agente afgano limpiando y engrasando la munición de su ametralladora bajo el sol, a 40 grados. El comandante Clemente y su equipo regresan a la base. En su mente, siempre, sus compañeros caídos, Bravo y Galera.